Gobernar como Nerón, del BOE al escenario. Por Fernando M. Gracia 

Gobernar como Nerón.

«El deber de la ciudadanía democrática no es aplaudir al emperador, sino recordarle que gobernar sigue siendo una  responsabilidad, no autoafirmación» 

 En el vasto panteón de los emperadores romanos retratados por Suetonio, uno destaca no tanto por su crueldad como por su capacidad de anticipar los peores hábitos del poder moderno, Nerón. Gobernante narcisista, artista frustrado, gestor negligente, su figura encarna la mutación del poder político en espectáculo. Y es precisamente esa pulsión escénica, estética y emocional, más que institucional, la que reaparece con fuerza en la política española contemporánea, donde el ejercicio del gobierno ha comenzado a deslizarse peligrosamente desde la razón de Estado hacia la lógica del escenario. 

 

Nerón no gobernaba, actuaba. Transformó el liderazgo en un acto continuo de representación, donde las decisiones se subordinaban a la necesidad de ser admirado. Algo similar ocurre cuando el relato suplanta a la gestión, cuando los consejos de ministros se convierten en coreografías comunicativas, y cuando el BOE se usa más para enviar mensajes que para ordenar el Estado. La política española, como la del joven César, ha sustituido el contenido por la forma, la prudencia por el impacto, el análisis por la emotividad. Y lo hace, además, en un momento en que los incendios son más que simbólicos, inflación persistente, déficit estructural, polarización social, fragmentación territorial, colapso de servicios públicos. Todo chisporrotea, pero seguimos cantando. 

 

El arte de Nerón no se limitaba al canto, su gobierno fue una sistemática destrucción de los contrapesos. Despreció al Senado, marginó a los juristas, y se rodeó de aduladores. También en nuestro contexto asistimos a un vaciamiento de la tecnocracia y a una desconfianza creciente hacia los funcionarios de carrera, los expertos independientes o los organismos de control. Se prefiere la fidelidad a la competencia, el entusiasmo militante a la solvencia profesional. La administración se llena de fieles, el consejo, de ecos. La crítica interna es sospechosa. El pensamiento autónomo, un estorbo. 

 

En paralelo, la relación con la ciudadanía se degrada. Nerón calmaba al pueblo con juegos, pan y discursos. Hoy, se multiplican las ayudas anunciadas, los subsidios urgentes, los planes grandilocuentes que raramente se ejecutan. La política se convierte en propaganda de sí misma, lo importante no es si una medida funciona, sino que parezca que funciona. La rueda de prensa sustituye al debate parlamentario, el tuit, al informe. Y en ese marco, gobernar deja de ser un deber republicano para convertirse en una batalla de percepciones. 

 

El narcisismo imperial, que en Roma destruyó instituciones milenarias, hoy amenaza la calidad democrática. Porque el problema no es solo la imagen, que en política es legítima y necesaria, sino cuando la imagen es todo lo que queda. Y bajo el artificio, el Estado se va vaciando. Las leyes pierden coherencia. El gasto pierde control. La gestión pierde foco. Y el ciudadano, lentamente, pierde confianza. 

 

No, España no es Roma. Pero sí parece repetir un patrón, el del poder que, al perder el sentido del límite, se enamora de sí mismo. Nerón no incendió Roma con sus manos, pero dejó que ardiera mientras él cantaba. No lo hizo por maldad, sino por indiferencia, por exceso de ego, por confundir su espectáculo con el mundo real. Hoy, sin toga ni lira, pero con redes sociales, escenarios institucionales y estudios de comunicación, el riesgo es el mismo, convertir el gobierno en una ópera vacía, y el país en decorado. 

 

El deber de la ciudadanía democrática no es aplaudir al emperador, sino recordarle que el fuego, aunque maquillado, sigue siendo fuego. Y que gobernar, incluso en tiempos de relato, sigue siendo una forma de responsabilidad, no de autoafirmación. 

 

 

 

 

Fernando M. Gracia Climent

Porque pienso que la humanidad no se divide en gente de derechas y gente de izquierdas, hombres y mujeres,... se divide en buenas y malas personas, escribo desde el corazón pero siempre usando la cabeza. Músico, lector compulsivo, historiófilo, proyecto de escritor, cinéfilo impenitente y Alférez de España.

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