
«La vida va pasando y solo esperamos que sea agradable y libre de padecimientos. Solo eso, vivir en paz. ¿Qué más se puede pedir?»
Aún recuerdo los días en los que, despertar por las mañanas, era una alegría que podía ofrecernos lejanos horizontes. Estaba todo por hacer y había tiempo, al menos alguno, el esperado para poder cumplir los objetivos. En la juventud teníamos tiempo hasta para derrochar, el final de la vida estaba lejos, muy lejos y no era previsible que ésta, la existencia pudiera terminar en cualquier momento. Los amaneceres traían el relajante revuelo de aleteos y voces de las golondrinas. Salir al balcón del patio interior de la casa de mis padres era una fiesta para los sentidos. Había un gran espacio entre cuatro bloques de edificios que daban a un patio enorme con un aparcamiento de coches cubierto. Allí en aquel gran espacio, revoloteaban las golondrinas y sembraban el aire con sus voces y vuelos. Estaba claro que algún día del otoño volarían a lugares más cálidos. Era en principio lo que nosotros los jóvenes, dependientes aún de nuestros padres, deseábamos hacer algún día. Finalmente, cuando podíamos sustentar nuestros gastos por nosotros mismos, salimos de aquella circunstancia de la adolescencia y primera juventud.
Esto, vivido como una época de libertad, no era ni más ni menos que lo que estaba escrito en textos sagrados, fueras creyente o no, se cumplía lo dicho acerca de abandonar tu casa y formar una nueva familia. Y Sí, es así como cada uno llegó a formar su propio nido en otro lugar. Solo o con pareja, cada cuál supo que había llegado el momento de emigrar por los senderos que marcaban sus vidas.
Hoy día, todo aquello parece muy lejano y quienes somos abandonados por los hijos que ejercieron en el nido de golondrinas implumes, hoy nos van abandonando, para irse a otros lugares en donde formar sus nidos, es ley de vida. Es triste volver a la casa del principio, donde compartías tu vida con una hembra, llenaste de hijos y ahora se marchan. A veces el silencio es insoportable y solamente lo rompe mi perrita Abbey que viene a pedirme que la coja en brazos, mientras los dos reflexionamos y escribimos en el ordenador. En resumen la vida va pasando y solo esperamos que sea agradable y libre de padecimientos. Solo eso, vivir en paz. ¿Qué más se puede pedir?
