
«Yo soy partidario del cese, afirma categórico este político de otros tiempos, de la mayoría absoluta de los 202 escaños, cuando el que se movía no salía en la foto»
Vuelve a estar de moda don Alfonso Guerra. Qué mejor cosa para ello que ser entrevistado por Susanna Griso en su programa de Antena 3. El otrora mandamás del Partido Socialista y exvicepresidente del Gobierno tiene sin duda un aspecto saludable, apacible y casi venerable desde su sillón, que ya no es el temible escaño del banco azul.
Da gusto ver a don Alfonso Guerra, porque va vestido de señor y se ve que frecuenta la barbería. En sus tiempos más proletarios del clan de la tortilla se usaba más la pana en las chaquetas, los pantalones acampanados y las camisas desabrochadas. Tenían los jóvenes y futuros dirigentes de la izquierda alguna querencia por el pelo largo y la falta de aseo facial, asuntos que don Alfonso ha resuelto exitosamente como puede verse en las imágenes. Y uno se alegra porque a ciertas edades no se puede ir de cualquier manera y menos a un plató de la categoría de Espejo Público. Si yo mandase en España prohibiría el descorbatamiento en las Cortes y en la televisión. Y ya de paso en la radio, porque a un locutor, aunque el oyente no le vea puede intuir si viste como Dios manda, si fuma cigarrillos Camel o Ducados, si es adicto a la ducha o si usa tónicos para el olor de pies.
El gran cronista de don Alfonso Guerra fue sin duda Jaime Campmany, que se dedicó a ensalzar el largo vicemandato del sevillano desde el ABC y la revista Época. Así, ya en el temprano año 1982, I triunfal del socialismo, el periodista se atrevía a lanzar el siguiente diagnóstico: “Yo creo que lo que le pasa al señor Guerra es que es hombre de poco comer”. Y fuera o no cierto, la verdad es que el vicepresidente era un jovenzuelo lenguaraz y escuchimizado, circunstancia que probablemente (como también insinúa Campmany) le hacía criar “ingenio y mala uva”. Decía yo más arriba que don Alfonso tiene un aspecto saludable. No pasan por él los años y ha ganado algo de peso. Ha perdido, eso sí, el aguijón venenoso con que zahería a sus oponentes políticos de todo signo, y es una lástima porque nuestros días serían más emocionantes y entretenidos y los columnistas tendrían material gratis para meterse con él. Lo cierto es que a uno, viendo la moderación que ahora adorna al que fuera propagandista del tipógrafo Pablo Iglesias y sus palabras entradas en razón, a uno como digo le entran ganas de hacerse guerrista, aunque ello no pueda granjearnos las bagatelas y ventajas del sanchismo (que tendrían por contra otras servidumbres de alto coste para nuestra integridad de columnistas anárquicos).
“Yo soy partidario del cese”, afirma categórico este político de otros tiempos, de la mayoría absoluta de los 202 escaños, cuando el que se movía no salía en la foto. Por eso es llamativo (a la vejez viruelas) que el señor Guerra nos haya dejado estas perlas para la reflexión: “La democracia no es a ver quién aguanta más; esto no es tancredismo: usted quieto, quieto, quieto… viene el toro y usted quieto. No, mire: usted se mueve”. Lo dice un quietista que no se movió del escaño en treinta y ocho años, ganando buenas perras. Pero resulta que hoy como ayer los ministros no mueven un pelo del bigote por miedo a no salir en la foto.
Prometí en otra columna publicada en La Paseata (“Humor y política”) hablar de don Alfonso Guerra, y la citada entrevista del día 25 de abril ha salido a mi encuentro y en mi auxilio. Y por ella me deslizo. Nos habla también el señor Guerra del “fárrago”. Para Sánchez todo es fango (fango y Falcon); para don Alfonso sin embargo todo es fárrago (fárrago y Mystère), que es término más culto y más exacto. No es partidario de la dimisión el añorado vicepresidente del Gobierno, ya nos lo ha confesado contemplando a la Griso. Como tampoco lo es de este Gobierno centrifugador sometido a chantaje: “¿Cómo si no estaríamos con el Puigdemont este de los demonios?”.
Ahora que ya don Alfonso por fin se acerca al jacobino centralismo centrípeto y quisiera “topar” el abuso periférico, ha llegado quizá la hora de redactar el Manifiesto Guerrista, cuya firma estamparé gustoso como primer adherido, mientras oigo un disco de Mahler y repaso las obras completas de Lope de Vega, escritas por Jaime Campmany.
