Señales: Apuntes sobre las casualidades y el misterio de la muerte. Por José Félix Merladet

«La muerte de un familiar despierta una pregunta inquietante: ¿tenemos una edad interior distinta de la que marca el calendario? Entre coincidencias que parecen advertencias, personas que nos enseñan sin proponérselo y el misterio del sufrimiento, este ensayo se pregunta si existe una maduración espiritual que transforme nuestra forma de vivir y de afrontar la muerte.»
Señales

La decisión de mi primo

Hace pocos días murió un primo mío. Tenía setenta y pocos años, vivía en una residencia y sus facultades mentales se habían deteriorado mucho. Estaba bajo tutela.

Me han contado que, ante la sospecha de un linfoma, quisieron practicarle una biopsia, pero él se negó. Su situación complicó la decisión y la autorización judicial que se planteó no llegó a tiempo. Finalmente falleció por aquella enfermedad.

No tengo derecho a atribuirle una voluntad que desconozco. Hay muchas razones para rechazar una prueba, sobre todo cuando la lucidez está comprometida, y no hablo de suicidio. Pero su muerte ha despertado una pregunta que ya me rondaba: ¿y si a veces, cuando nos acercamos al final, algo muy profundo de nosotros mismos intuye que ha llegado el momento de partir?

Hablo de una hipótesis misteriosa: una disposición interior que tal vez no aflore a nuestra conciencia ordinaria, una inclinación nacida en nuestro fuero interno a despedirnos de este cuerpo quejumbroso y concluir esta etapa del viaje cósmico. Aceptar la muerte no equivale a provocarla.

Quizá sea únicamente una fantasía de quienes nos quedamos. Pero las preguntas que suscita merecen, al menos, ser formuladas.

Las señales que no queremos ver

Tirando de esta madeja, tal vez reconozcamos que hay cosas que nunca contamos, que no nos contamos ni a nosotros mismos. No porque sean vergonzosas, sino porque sabemos que, si las contásemos, probablemente nadie nos creería. O, peor todavía, nos escucharían con esa sonrisa comprensiva que reservamos para quienes han perdido el juicio.

Son cosas que nos han sucedido a lo largo de la vida y que nos han llevado a sospechar que el azar no es siempre tan azaroso como parece.

Muchos, quizás todos, hemos tenido alguna vez la inquietante impresión de que alguien —o algo— nos estaba enviando un mensaje. A veces una advertencia, otras una corrección y, en alguna ocasión, una reprimenda. Como si la vida, Dios, la Providencia o, para otros, esa misteriosa Inteligencia que acaso gobierna el universo hubiera decidido darnos un pequeño tirón de orejas.

Por supuesto, existe una explicación mucho más sencilla: las casualidades. Tendemos a encontrar significados donde solo hay acontecimientos fortuitos, y probablemente tienen razón quienes así explican la vida, al menos en muchas ocasiones.

Pero ¿y si no siempre fuera así? ¿Y si algunas casualidades fueran las señales que no sabemos interpretar? ¿O, más inquietante todavía, las que comprendemos, pero no queremos reconocer porque nos obligarían a cambiar?

No podemos demostrar que una determinada coincidencia sea una intervención particular de la Providencia. Tampoco que Dios sea un relojero ajeno por completo a nuestras cuitas. Pero podemos plantear una posibilidad más modesta y quizá más perturbadora: que la realidad tenga a veces algo que decirnos y nosotros hayamos perdido la capacidad de escucharla.

¿Nos habla la vida?

Aristóteles distinguía los acontecimientos que suceden por necesidad de los encuentros accidentales. Puedo salir a comprar pan y tropezar con alguien cuya conversación cambie mi vida. Ambos hemos llegado allí por causas perfectamente naturales. Pero una cosa es explicar cómo sucedió el encuentro y otra comprender lo que ha significado.

Boecio y santo Tomás pensaron que el azar podía coexistir con un orden providencial. Hume, en cambio, advertiría que una coincidencia conmovedora no demuestra que haya sido preparada para nosotros.

Carl Gustav Jung llamó sincronicidad a ciertas coincidencias significativas sin conexión causal conocida. Su interpretación no es una ley científica demostrada: vemos patrones donde quizá solo hay probabilidades y memoria selectiva. Pero hay algo que interesa rescatar.

Una casualidad puede no habernos sido destinada y, sin embargo, convertirse en una auténtica ocasión de transformación. No sabemos si alguien nos ha enviado la advertencia. Pero sí que, después de escucharla, quizá ya no podamos seguir comportándonos como antes.

Para la fe cristiana, la Providencia no está reñida con las causas naturales. Pero acaso la pregunta relevante no sea quién colocó la señal, sino qué hacemos con ella. Y conviene añadir un criterio desde ahora: una señal que me hace sentir elegido y superior merece desconfianza; una que me exige comprender mejor, cuidar más y juzgar menos merece atención, aunque desconozca su origen.

Señales con rostro humano: maestros insoportables

El domingo siguiente a la muerte de mi primo asistí a una misa rogatoria por él. El padre Koldo, en su bello sermón, recordó las lecturas del día y con ellas los preceptos bíblicos de proteger a viudas, huérfanos y extranjeros, y el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo.

Añadió algo que hacía pensar: también tenemos que amar a las personas desagradables. No solo a nuestros amigos o a quienes despiertan simpatía, sino a esos individuos que son, sencillamente, un callo en el pie o algo peor.

Pensé entonces que, si las señales existen, algunas tienen rostro humano. ¿Y si esas personas insoportables fueran nuestros mejores maestros? El que nos contradice nos obliga a revisar nuestras certezas. El vanidoso que nos irrita puede estar mostrándonos nuestra propia vanidad. Quien agota nuestra paciencia nos hace descubrir cuánto nos falta de ella.

No digo que debamos tolerar abusos. A veces la lección consiste, precisamente, en aprender a poner límites. Pero me atrae pensar en esas personas como mensajeros involuntarios. Nuestros enemigos más acérrimos, incluso, podrían ser guías que transforman nuestra vida sin sospechar siquiera que están ejerciendo tal papel.

Quizá aprendamos tanto de quienes amamos como de aquellos a quienes odiamos.

¿Por qué un Padre permite el dolor?

Pero si todo puede ser lección, surge una pregunta todavía más difícil: la que plantea la desgracia y el sufrimiento. Es verdad que una enfermedad o una pérdida pueden hacernos más generosos, fortalecer nuestro carácter o cambiar nuestras prioridades. Pero también hay sufrimientos que destruyen.

Entonces surge una pregunta terrible: si Dios es Padre, ¿por qué permite un dolor que un padre humano que ama a sus hijos no querría para ellos?

No basta responder que el dolor nos educa. Que una persona encuentre algo valioso después de una desgracia no demuestra que esa desgracia fuera necesaria ni que alguien se la enviara con tal finalidad.

El libro de Job cuestiona la explicación del sufrimiento como castigo. Jesús rechaza que la ceguera de nacimiento de un hombre se deba a sus pecados o a los de sus padres (Juan 9, 1-3). Y, al recordar a las dieciocho personas muertas por el derrumbe de la torre de Siloé, niega que fueran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén (Lucas 13, 4-5). Dostoievski, en Los hermanos Karamázov, se rebela contra cualquier armonía universal que necesite el sufrimiento de los niños inocentes.

Aquí hace falta una distinción moral fundamental: puedo preguntarme qué me ha enseñado mi propio dolor; no tengo derecho a afirmar por qué tenía que sufrir otra persona.

Tal vez, en vez de decir «Dios me ha enviado esta desgracia», convenga decir: «Esta desgracia me ha obligado a escuchar algo que antes no quería oír». La primera frase presume conocer los designios de la Inteligencia Omnipotente; la segunda reconoce una experiencia humana. Para el cristiano, la cruz de Cristo muestra a Dios compartiendo nuestro sufrimiento, no contemplándolo desde lejos.

¿Tiene cada vida una edad interior?

Volvamos a la muerte. Solemos hablar del subconsciente, de fuerzas que actúan por debajo de nuestra razón. Pero podemos preguntarnos si no existirá algo que llamaría supraconciencia: no una facultad cuya existencia pueda demostrar, sino una dimensión de nosotros mismos que contemplaría nuestra vida con una perspectiva mucho más amplia que la conciencia cotidiana.

Quizá no tengamos una sola edad, sino tres: la cronológica, que mide los años vividos; la biológica, que refleja el envejecimiento de nuestro organismo; y una tercera, mucho más misteriosa, que podríamos llamar espiritual. ¿Y si cada existencia poseyera su propio tiempo de maduración, un reloj interior que no siempre marcha al mismo ritmo que el calendario? Varias personas me han contado casos de familiares y amigos que, encontrándose aparentemente sanos, anunciaron con sorprendente precisión la proximidad de su propia muerte. ¿Se trató de simples coincidencias, de una percepción inconsciente de cambios en su organismo o de alguna forma de intuición todavía desconocida? No tenemos una explicación demostrada, pero estos testimonios invitan a formular una pregunta crucial: ¿puede alguien haber dejado de aferrarse a la vida sin por ello haber dejado de temer la muerte?

Marco Aurelio imaginó la muerte serena como una aceituna madura que cae del árbol y agradece a la tierra y a la rama que la sostuvieron. La imagen es hermosísima, aunque no todas las muertes se parecen a la caída de un fruto maduro. Hay vidas prematuramente truncadas que nadie tiene derecho a llamar «cumplidas».

En La muerte de Iván Ilich, Tolstói mostró cómo un hombre, enfrentado a su final, descubre que gran parte de su existencia transcurrió lejos de lo esencial y termina por superar el terror a morir. Y en Guerra y paz, el príncipe Andréi sueña que intenta mantener cerrada una puerta tras la cual se encuentra la muerte. Cuando finalmente se abre, descubre que morir es despertar.

Shakespeare lo expresa quizá mejor que nadie. Antes del duelo fatal, Hamlet tiene un mal presentimiento y Horacio le propone aplazarlo. Hamlet rechaza los augurios, pero reconoce una providencia especial incluso en la caída de un gorrión. La imagen recuerda el Evangelio (Mateo 10, 29). Y concluye: «Estar preparado lo es todo». No llega a decir  que quien está preparado vaya a morir, ni que la muerte llegue cuando la llamamos. Dice algo aún más hondo: no conocemos el momento, pero podemos aprender a estar ante él.

Una cosa es desear la muerte; otra, no exigir a esta vida que dure indefinidamente. Quizá la preparación para morir sea, paradójicamente, una de las formas más libres de amar la vida.

La última señal

Vuelvo, finalmente, a mi primo. Quizá su negativa a la biopsia no tuviera ningún significado secreto. Quizá lo que más revela no sea su deseo de partir, sino mi necesidad de imaginar que en la muerte existe algún consentimiento interior.

Me impresiona reconocerlo. Tal vez buscamos sentido porque nos resulta insoportable aceptar que algunas cosas suceden sin consultarnos y sin ofrecernos explicación.

Sin embargo, aquella misa, aquella oración por mi primo y las palabras sobre las personas difíciles produjeron en mí una transformación real. No sé si fue una señal providencial o una coincidencia. Sí sé que me hicieron pensar en los vulnerables, en quienes han perdido lucidez, en los que nos incomodan y en la facilidad con que interpretamos desde fuera una vida ajena.

Tal vez mi primo no me dejó una señal acerca de su muerte, sino una pregunta sobre mi manera de mirar a los vivos.

Ahí encuentro una respuesta, la misma que apuntaba al principio: importa menos quién envía la señal que si me vuelve más atento y menos dado a juzgar.

No podemos demostrar que cada acontecimiento sea una lección expresamente dispuesta para nosotros. Pero sí sabemos que el dolor puede transformarnos sin volverse por ello deseable; que incluso una persona insoportable puede enseñarnos a amar; y que aceptar nuestra finitud no obliga a renunciar a la alegría de vivir.

Quizá las señales más importantes no sean las que nos revelan cuándo llegará la muerte, sino las que nos recuerdan, mientras estamos aquí, cómo merece la pena vivir.

Las que no sabemos ver. O, lo que quizá sea más inquietante, las que no queremos ver.

Jose Felix Merladet

Escritor. Antiguo funcionario del servicio exterior de la Comisión Europea, estuvo destinado como diplomático europeo en Uruguay, India y Mozambique. Ha sido profesor de las universidades de Navarra y de Deusto sobre cooperación internacional al desarrollo y sobre la India. Fue también Vicesecretario general del Partido Demócrata Europeo.

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