
«El comunismo, a diferencia de su homónimo, el nazismo, es más pernicioso porque ha salido victorioso de la lucha a muerte»
Que el comunismo, como cualquier ideología radical, cuando cae en manos de desaprensivos manipuladores puede transformarse en el arma de destrucción masiva más letal que pueda sufrir el ser humano corriente y doliente, y que solo él puede provocar más muertos que una bomba atómica, ya no hay quien lo dude. El comunismo, a diferencia de su homónimo, el nazismo, es más pernicioso porque al haber salido victorioso de la lucha a muerte que se desató entre ambos, la comunidad internacional le otorgó un cierto estatus de impunidad que ha perdurado hasta nuestros días. Países como China, Cuba, Corea del Norte, Laos o Vietnam no son precisamente envidiables lugares en los que residir, ni en los que sus gentes se caractericen por vivir mejor que en los países democráticos.
De todos es sabido que uno de los credos del comunismo es el odio hasta la médula que le tiene a la realeza. Pero, curiosamente, el gobierno de Corea del Norte está en manos de la saga Kim, convertidos desde hace cincuenta años en una dinastía monárquica que pasa de padres a hijos. Tampoco es ningún descubrimiento decir que el comunismo abomina el teísmo. Sin embargo, el actual dirigente de Corea del Norte, Kim Jong-Un, un imberbe de apenas 37 años, a sus 28 primaveras fue ascendido oficialmente a la categoría de dios (debe de ser delirante leer en el particular BOE de aquel país el decreto que proclama semejante disparate). Pero no crea usted, indulgente leyente, que este hecho es una rareza; en este régimen comunista todos sus líderes alcanzan la categoría de dioses, a los que el pueblo debe no solo obediencia y sumisión absolutas, sino también adoración y amor eternos. El comunismo es una patología mental que tiene las mismas perniciosas connotaciones doctrinales que el nazismo. Este individuo norcoreano ostenta el título honorífico oficial de «Gran Camarada Líder Supremo». El nazismo también tenía su propio líder supremo, al que los alemanes aclamaban como su amado «Führer», y al que se le juraba lealtad hasta la muerte a su persona:
«Juro por Dios este sagrado juramento, que yo debo obediencia incondicional al líder del Imperio y pueblo alemán, Adolf Hitler, comandante supremo de la Wehrmacht, y que como un valiente soldado, estaré preparado en cada momento para defender este juramento con mi vida».
Las jóvenes parejas alemanas estaban obligadas a recibir como regalo de bodas del estado un ejemplar del pernicioso pensamiento de su líder, el «Mein Kampf», con lo que el individuo en cuestión, además de propagar sus nocivos genes intelectuales, recaudaba unos pingües beneficios en calidad de derechos de autor.
Los miembros del Partido Comunista Chino también tienen que hacer un solemne juramento cuando ingresan en su estructura, defendiendo sus principios doctrinarios con su propia vida:
«Tengo el deseo de unirme al Partido Comunista de China, defender el programa del Partido, observar las disposiciones de la Constitución del Partido, cumplir con los deberes de un miembro del Partido, cumplir las decisiones del Partido, observar estrictamente la disciplina del Partido, guardar los secretos del Partido, ser leal al Partido, trabajar duro, luchar por el comunismo a lo largo de mi vida, estar listo en todo momento para sacrificar todo por el Partido y el pueblo, y nunca traicionar al Partido». Similar juramento recibe de sus enfervorecidas masas el líder comunista norcoreano antes aludido.
Mientras que en la actualidad ningún país europeo occidental destina más de un 2% de su presupuesto a Defensa, en la comunista Corea del Norte este porcentaje se sitúa en el 30% de su PIB, una cifra muy similar a la que empleó en armamento la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial.
Al igual que ocurrió con el infausto «Holomodor», la hambruna desatada en Ucrania por culpa de la colectivización de la tierra emprendida por la comunista URSS, entre los años de 1932-1933, y que provocó millones de muertos, en Corea se estima que al menos un millón de personas murieron de hambre en la década de los 90 por la misma causa.
«Tenemos nuestros contagiados comunistas que defienden las «virtudes» de dictaduras como la cubana o la chavista y aspiran a montar esa clase de régimen aberrante en nuestro país»
Ni siquiera nosotros estamos libres de esta demencia colectiva. También tenemos nuestros contagiados comunistas que defienden las «virtudes» de dictaduras como la cubana o la chavista y aspiran a montar esa clase de régimen aberrante en nuestro país. A diferencia del patógeno vírico que nos azota (nacido, por cierto, en la China comunista), que se transmite físicamente entre nosotros y del que se sabe más o menos cómo hacerle frente, la demencia colectiva llamada comunismo es mucho más difícil de erradicar; no hay vacuna posible porque se contagia a través de las ideas, dogmas que calan especialmente en la gente más joven, la más idealista, la más desconocedora de la Historia y, por ende, la más ingenua.
Hace unos meses tuve ocasión de saludar a mi amigo del alma, a la vez que mentor intelectual, durante nuestro deambular diario por la arteria natural donde resido, el Paseo Ribereño. Hace ya algunos años, su necesaria reforma estuvo boicoteada por los social comunistas de nuestro pueblo, que por entonces estaban en la oposición (se referían sarcásticamente a él como el «Paseo Ribehierro»). Para ser fieles a su doctrinario, a ninguno se les ocurrió dejarse ver por allí ni en pintura, ni tan siquiera estuvieron presentes cuando inauguraron los ediles de entonces los dos nuevos puentes de madera que conectan sus márgenes. Hoy que gobiernan ellos pasean por allí como todos los demás y se pavonean como si pareciera obra suya las mejoras habidas desde que dejaron de pisar la moqueta municipal la última vez. En aquella ocasión, mi amigo me presentó a su adorable nietecita que lo acompañaba, quien demostró ser digna portadora de sus genes intelectuales cuando le pidió que me dijera el significado de algunas palabras poco empleadas por el vulgo, una de las cuales fue «procrastinar». Así que me ha parecido interesante hacer una breve disertación acerca de las singulares consecuencias que puede tener poner en práctica tan curioso verbo.
Es este un término construido con las palabras latinas «pro»—adelante—y «crastinus»—mañana— y nacido para significar el hecho de postergar o posponer los deberes, cuando no el hábito de retrasar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolos por otros más irrelevantes o placenteros, casi siempre por puro temor o pereza a abordarlos. Supongo que, el que más y el que menos, todos hemos procrastinado alguna vez en la vida. Y aunque el fruto de esta inacción suele tener casi siempre resultados negativos, esta suerte de licenciosa irresponsabilidad puede en algunos casos resultar a la larga beneficiosa, de tal modo que aplazar para otro día la resolución de un asunto de obligado cumplimiento puede incluso ser un género de bendición para la humanidad. Permítame, paciente leyente, que le ponga unos pocos ejemplos.
«Se cuenta de Einstein que su procrastinación le nacía de niño, pues al parecer no consideró necesario articular palabra alguna antes de los tres años»
Un sorprendente procrastinador fue un alemán (¡quién lo iba a decir!), Albert Einstein, quizás el científico más grande que ha habido en la Historia, con el debido permiso de Isaac Newton. Se cuenta que su procrastinación le nacía de niño, pues al parecer no consideró necesario articular palabra alguna antes de los tres años (sus padres tenían serias sospechas de que fuera retrasado mental), momento en que soltó por su boca de comer una maldición en toda regla cuando se quemó los labios con la leche caliente que le había preparado su madre en el desayuno. Sorprendida por semejante irrupción lingüística, su progenitora le preguntó que por qué no se había soltado en el arte del parloteo mucho antes, a lo que él contestó que como hasta ese momento iba todo bien no había necesidad alguna.
Su carácter indómito y el cuestionar todo lo institucionalmente establecido hicieron que en la escuela no le fuera mejor que en casa. Se dice que, a pesar de la extraordinaria destreza que tenía para las matemáticas y la física, la extravagancia en resolver los deberes, sin la forma y el fondo que exigían sus profesores, fue la tónica escolar. Hay que decir en su favor que un genio como él debió ser un perfecto incomprendido por los rígidos enseñantes decimonónicos de aquellos tiempos. Lo cierto y verdad es que Einstein se matriculó brillantemente en la escuela y en la Universidad, aunque le fuera imposible obtener un digno puesto universitario como docente, más acorde a su capacidad intelectual. Como no conseguía rubricar su inmejorable expediente académico mediante la adecuada tesis que le permitiera ganarse la vida en lo que controlaba a la perfección, para salir del paso y por mediación del padre de un amigo suyo, dio en 1901 con un hastiado trabajo como empleado en la Oficina de Patentes de Berna. Allí se dedicaba a expedir las cédulas de los inventos que se depositaban en la institución, un aburrido oficio con bastante tiempo libre por delante, ya que no está la gente inventando cosas, ni dando fe de su autoría, a todas horas en la propiedad intelectual. Y fue esta relajación laboral, cuando no el declarado desprecio que profesaba por este vulgar oficio, así como la ausencia de autorictas científica alguna que lo importunara, lo que le permitió desatar sus neuronas y revolucionar el mundo de la física que tan bien atado había dejado Newton más de doscientos años antes. En la soledad de aquel detestado puesto de trabajo redactó varias tesis doctorales sobre física teórica que fueron nuevamente echadas para atrás por sus abúlicos profesores. En 1905 elaboró una tesis sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento, la que se conocería después como Teoría de la Relatividad Especial, trabajo que sufrió también el mismo ostracismo que las anteriores. Menos mal que se lo publicaron en una revista especializada y los científicos de otros países quedaron deslumbrados por el alcance de sus conjeturas. Luego vendría una Teoría de la Relatividad General y la brillante explicación del hasta entonces ignoto efecto fotoeléctrico, ensayo que le valdría el Premio Nobel de Física y daría nacimiento a la Mecánica Cuántica. Es evidente que con el renombre que adquirió ya no necesitó procrastinar en la oficina de patentes, ni aun esforzarse lo más mínimo en demostrar su valía ante sus antiguos profesores: a partir de entonces se hizo tan famoso que se lo rifaban las más prestigiosas universidades del mundo.
Como puede desprenderse de este notable ejemplo, espero que nadie caiga en la errónea creencia de que procrastinar, entendido como el acto reflejo de dejar para mañana lo que puedas hacer hoy, es en modo alguno la exclusiva seña de identidad de la idiosincrasia hispana, como torticeramente nos han hecho creer los que se consideran los antiprocrastinadores por excelencia, es decir, los alemanes, especialmente uno que el mundo tuvo que soportar el pasado siglo; tipo, por demás, que siempre lucía un bigotito ridículo como seña de identidad y que nos tenía una tirria que para qué decirle.
«Hitler merecería también el epíteto de procrastinador, aunque, en este caso, una de sus inacciones fue para provecho de la humanidad»
Y ahora que hablamos del ruin de Roma, por la puerta de la Historia su patita peluda de lobo feroz asoma. Nos referimos, naturalmente, al tan aclamado Führer por sus conciudadanos en vida, un trastornado mental que puso patas arriba al mundo arrastrándolo a una devastadora Segunda Guerra Mundial.
Tras una Gran Guerra no menos mortífera, en la que el personaje participó en calidad de cabo raso, en esta nueva aventura bélica el susodicho quería representar el papel de generalísimo sin, por supuesto, serlo en modo alguno. Albert Einstein, que residía en Alemania cuando este oscuro individuo ascendió al poder, supo hacer los deberes y no procrastinó lo más mínimo: hizo las maletas rumbo al Nuevo Mundo y se aprestó a nacionalizarse norteamericano.
Según estudios recientes, al parecer las manías del personaje en cuestión se las traía: aparte de las consabidas fobias judías, que las tenía por un tubo y que estarían justificadas, en parte, porque alguno de sus ancestros tenía estos orígenes, adolecía de importantes desequilibrios sexuales, trastornos que, de haberse sabido en su momento, habrían roto esa aparente entereza emocional que la propaganda goebbeliana transmitía a las masas y a los que le rodeaban y adulaban.
Este alemán merecería también el epíteto de procrastinador, aunque, en este caso, una de sus inacciones fue para provecho de la humanidad, en tanto que la otra fue para nuestra desdicha, ambas a partes iguales. Intentaré explicarme con los hechos.
Es de todos sabido que la permisividad que mostraron al principio los dirigentes mundiales ante las pretensiones de Alemania de ampliar su territorio vital, el archiconocido «lebensraum» de marras, tras la Primera Guerra Mundial, solo se justificaba reconociendo ellos mismos el desacertado Tratado de Versalles que habían impuesto a los derrotados germanos, lo que motivó el subsiguiente miedo de que se desatara una nueva contienda mundial si intentaban contrariar a un sonado con poder como Hitler. Así que le dejaron invadir Austria y apropiarse también de amplias zonas de Checoslovaquia. Solo cuando arrasaron, en septiembre de 1939, la pacífica Polonia la cosa cambió. Los aprovechados comunistas rusos en absoluto procrastinaban lo más mínimo. A pesar de la animadversión entre Hitler y Stalin, los muy astutos habían firmado un acuerdo secreto para repartirse entre ambos Europa, de tal manera que los pobres polacos sufrieron la embestida nazi por el oeste y la comunista por el este. Fue entonces cuando los anonadados líderes franceses e ingleses le vieron las orejas al lobo (nunca mejor dicho, pues el personaje en cuestión se hacía llamar a sí mismo Wolf o Herr Wolf) y le declararon formalmente la guerra a Alemania.
Los rusos siguieron haciendo sus deberes, y acto seguido invadieron los países bálticos y gran parte de la Europa del Este, forjando la que sería, para el mundo civilizado, perniciosa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la URSS.
Sin embargo, a pesar de todas estas flagrantes provocaciones, durante ocho generosos meses los aliados se quedaron viéndolas venir, tocándose literalmente la nona y no pegando ni un tiro al aire, periodo que fue conocido como la «drôle de guerre», la guerra de broma, pues las potencias aliadas no emprendieron acción alguna contra el agresor alemán. Hitler sabía de la falta de entendimiento entre franceses e ingleses y aprovechó su momento. Tras despachar a Polonia, el menda trasladó sus numerosas divisiones militares al sector occidental y, tras empastillar a sus soldados con metanfetamina para que no desfallecieran durante días, lanzó un furibundo y continuado ataque contra las defensas francesas al norte, por Bélgica, y al sur, por una zona boscosa de Luxemburgo, las Ardenas, rompiendo las líneas del ejército francés y atrapando en una bolsa a un número ingente de soldados en un movimiento de pinza. La derrota fue debido a una notoria falta de previsión de los galos y también a que reinaba entre ellos la apatía, un género de estado anímico que te hace caer fácilmente en la procrastinación, pues estaban convencidos, gracias a la nociva propaganda comunista francesa dictada desde el Kremlin, de que Inglaterra, desde su inexpugnable isla, los había arrastrado a una guerra no deseada. Un momento crucial de la invasión alemana de Francia fue el acorralamiento en Dunquerque de 338.000 soldados de las fuerzas aliadas que estaban en una atropellada retirada. Nunca antes estuvo Alemania tan cerca de conseguir la victoria total sobre sus enemigos en Europa y afianzar el recién parido Tercer Reich, que su Führer había pronosticado duraría 1000 años (aunque al final quedó en 12).
Sin embargo, el 24 de mayo de 1940, desoyendo los informes de sus generales de avanzar a toda máquina y darles el golpe definitivo a los aliados, Hitler detuvo en seco al Grupo de Ejércitos A alemán, el que estaba más cerca de Dunkerque y que podía haber aniquilado a las tropas aliadas fácilmente. Durante 48 horas, el Wolff procrastinó lo suficiente como para que a los ingleses les diera tiempo de poner en marcha la Operación Dynamo, la evacuación en barcos de todo tipo y condición de su ejército de la Francia ocupada, a través del Canal de la Mancha, hacia la segura Albión. ¿Qué fue lo que le llevó al Wolff a cometer semejante dejadez de funciones? Nadie lo sabe. Los generales germanos no entendían esta sorprendente actitud de su líder, pero sabiendo por los estudios desvelados ahora que el Wolff recurría con frecuencia a la masturbación para aplacar sus reprimidos deseos sexuales, no es descabellado pensar que abrazara durante esas señaladas fechas tan placentera actividad en detrimento de los intereses militares alemanes. Cuando Hitler mandó reanudar las hostilidades, los aliados ya se habían hecho fuertes en Dunquerque y se había evacuado por mar a la casi totalidad de soldados atrincherados. Como puede deducir de este relato, amable leyente, la procrastinación de Hitler fue un regalo del cielo, pues tuvo en su mano la victoria absoluta sobre las fuerzas aliadas y podía haberles obligado a firmar un armisticio muy ventajoso para Alemania. Pero dejó pasar esta magnífica oportunidad y debemos dar hoy gracias al cielo por ello, especialmente en lo que a nosotros nos atañe, ya que la opinión que le merecían a este sujeto los españoles no era precisamente muy halagüeña, y ya se sabe el tratamiento especial que solía dar a los que tenía por «untermenschen», subhombres o subhumanos, en alemán.
Aun así, los franceses se apresuraron a firmar el armisticio con los alemanes por temor a que aniquilaran lo poco que les quedaba de su ejército, pues su máxima preocupación no era la derrota, sino no poder contar con tropas suficientes para reprimir en las calles a los comunistas franceses, que vieron una excelente ocasión para hacerse con el gobierno. Y aquí debemos hacer una nueva reseña histórica sobre la influencia comunista en el mundo.
«La perniciosa corriente bolchevique había llegado a Europa solo unas semanas después del asesinato de la familia real rusa Romanov»
Si execrable sin paliativos fue el régimen nazi, no menos lo fue el comunista, con una nefasta influencia mundial todavía mucho mayor. La perniciosa corriente bolchevique había llegado a Europa solo unas semanas después del asesinato de la familia real rusa Romanov (incluidos cinco niños), en la madrugada del 18 de julio de 1918, como broche de oro de la revolución bolchevique de finales de 1917, y tras claudicar Rusia ante Alemania durante la Primera Guerra Mundial, enfrentadas como estaban en esta ocasión.
España no quedó al margen de esta nefasta influencia doctrinaria. En contra de lo que nos han inculcado, en España había en 1917 «una monarquía parlamentaria que tuvo que enfrentarse a la ruptura que intentaban a la izquierda y a la derecha fuerzas que hoy creemos precursoras de esa democracia primigenia que en realidad no habría sido la de la II República. Porque en 1917 se coaligaron en nuestro país diferentes actores para derrocar el sistema de la Restauración, a la corona, y romper así una evolución democrática similar a la que tuvo lugar en Reino Unido o Bélgica». Estas palabras entrecomilladas son del historiador Roberto Villa García, que ha publicado recientemente el libro «1917. El estado catalán y el Soviet Español».
El autor afirma que los autores de este asalto al poder fueron «los nacionalistas catalanes, el PSOE y los sindicatos, pero también una parte del ejército, una derecha antimonárquica (…) España no era un país atrasado, ni caciquil, ni tirano en 1917, tal y como se ha querido enseñar desde siempre, tanto en la educación como en la propia historiografía (…) La España constitucional de 1876, la de la Restauración, era más democrática que la de la II República». Y continúa diciendo: «Todo comienza a resquebrajarse cuando estalla la huelga de 1917. El 27 de febrero, menos de dos semanas después de la fulminante debacle de los Romanov, los temores de Alfonso XIII se acrecientan después de la huelga general de diciembre del año anterior. Esa mañana, Madrid amaneció con un manifiesto que instaba a la huelga general indefinida, aunque no ponía fecha. Lo que más inquietaba al rey es que le ocurriera como a Nicolás II: que el ejército le abandonara, como de hecho ocurrió (…) Los socialistas revolucionarios no son los únicos agentes implicados, es un frente extensísimo—nacionalistas catalanes, ejército…—pero claro, esa idea está presente para derrocar a Alfonso XIII; el comunismo como tal no existe aún, pero ese ala izquierda de los partidos socialistas de toda Europa sí, que aprovechan la Primera Guerra Mundial para la revolución. Lo que es más sorprendente es que aquí todo el PSOE entero se mete de cabeza en la revolución, porque les da exactamente igual el proceso de democratización, ellos ni siquiera pelean por el sufragio universal».
Bien. Sigamos el relato. El otro acto de procrastinación hitleriano que hablábamos al principio se dio al año siguiente de la invasión de Francia, en 1941, tras asestarle una puñalada trapera de las que sientan cátedra a su socio de fechorías, la comunista Rusia. La Operación Barbarroja, la invasión de la Unión Soviética, fue emprendida sin previo aviso, con nocturnidad y alevosía por el ejército alemán el 22 de junio de 1941, y preveía el ataque a través de tres grandes ejes, Norte, Centro y Sur, cada uno de los cuales tendría asignado un Grupo de Ejércitos. Sus objetivos eran, respectivamente: Leningrado, Moscú y Kiev. En el proceso debían destruir al Ejército soviético y provocar el derrumbamiento del régimen comunista.
Ahora fue el sangriento dictador ruso Stalin el que procrastinó flagrantemente, al no responder inmediatamente al ataque alemán. Creía ingenuamente que era un fake urdido por los británicos (ay, ay, ay…cree el ladrón…). Mientras los alemanes destruían todas las divisiones rusas que encontraban a su paso sin oposición alguna, Stalin agotaba las medidas diplomáticas y pedía entrevistarse con el embajador alemán en Moscú. Cuando el diplomático alemán le comunicó que Alemania le había declarado la guerra, Stalin entró en shock.
Los hasta ahora abominados comunistas, a fuerza de las circunstancias, se vieron forzados a pedir la ayuda de los ingleses (hay que ver qué cosas tiene la guerra, señor). Los esbirros de Stalin, que antes habían ejercido de quintacolumnistas en Francia, comiéndoles el coco a los galos de la supuesta manipulación que había urdido Inglaterra para que entraran en guerra contra Alemania, ahora pedían con desesperación a los británicos su apoyo militar para luchar contra los alemanes. Nada más conocer la noticia, Churchill, viendo las barbas de su enemigo pelar, declaró: «He sido a lo largo de estos últimos veinticinco años el enemigo más determinado del comunismo, pero se trata de destruir a Hitler y el régimen nazi. El ataque contra Rusia es el preludio del ataque contra las islas británicas». Y no se equivocaba el Premier.
Las crónicas de la época relatan que los alemanes irrumpían con tanta rapidez en las ciudades que los tranvías todavía estaban en funcionamiento, sin percatarse de lo que pasaba. El historiador británico Antony Beevor, en su libro Stalingrado señala, refiriéndose a Stalin: «El líder más afamado por su despiadada astucia había caído en una trampa que en buena parte era producto de sus propias acciones». Hay historiadores que especulan que era Stalin el que tenía planes para atacar Alemania en el verano de 1941, y que simplemente Hitler se le adelantó. Eric Hobsbawm, historiador británico, afirma en su libro Historia del siglo XX: «Era una operación tan disparatada —ya que forzaba a Alemania a luchar en dos frentes— que Stalin no imaginaba que Hitler pudiera intentarlo». Hitler pensaba que para ser grande Alemania necesitaba ampliar su «lebensraum», y ese espacio vital se encontraba en el Este, que era hacia donde los alemanes habían estado mirando desde la Edad Media. Esto se unía a su desprecio a los eslavos, a los que consideraba también subhumanos, y al régimen comunista bolchevique, al que le encontraba raíces judías.
«Jrushchov daba claramente a entender que Stalin cayó en la inacción, o sea, procrastinó, durante más de una semana: entre el 21 y el 29 de junio»
Sobrepasado mentalmente por la situación, Stalin se retiró el 29 de junio, sin dar más explicaciones a nadie, a su dacha, en Blízhniaia. Nikita Jrushchov, el sucesor de Stalin, diría en 1956: «Tras el primer desastre y la primera derrota graves sufridos en el frente, Stalin pensó que había llegado el fin. En uno de los discursos que pronunció en aquel tiempo, aseguró: «¡Hemos perdido para siempre cuanto creó Lenin!». Después de aquello, estuvo un tiempo sin hacer nada en absoluto». Jrushchov daba claramente a entender que Stalin cayó en la inacción, o sea, procrastinó, durante más de una semana: entre el 21 y el 29 de junio.
Tras permanecer absolutamente desaparecido del mundo durante más de 24 horas, un grupo de acólitos del dictador, liderado por Molotov, decidió ir a buscarle para tratar de que regresase al Kremlin a dirigir la guerra, aunque el dictador pensó que venían a por él para despacharlo al otro mundo, como había hecho él en numerosas ocasiones con sus colaboradores.
Como el incauto Stalin no se esperaba esta traición germana, en cinco semanas, el ejército soviético perdió aproximadamente un millón de soldados entre el Bug y Smolensk; y en solo un par de meses el ejército alemán estaba ya a unos pocos cientos de kilómetros de Moscú.
Muchos soviéticos que no sabían nada cómo se las gastaban los nazis recibían a las tropas alemanas en calidad de «libertadores». En Ucrania, una mujer declaró años después: «Las niñas ofrecían flores a los soldados y la gente les daba pan. Estábamos muy contentos de verlos. Iban a salvarnos de los comunistas, que nos lo habían quitado todo y habían dejado que nos muriéramos de hambre». Sin embargo, la realidad sería muy distinta. En la retaguardia operaban los infames grupos de las SS, los «einsatzgruppen», cuya diabólica misión era aniquilar cualquier enemigo del Reich que pudieran encontrar en su camino, lo que incluía a judíos, gitanos, funcionarios bolcheviques o cualquiera que fuese considerado un elemento subversivo. Los alemanes querían convertir Rusia en una colonia alemana, donde los rusos, en el mejor de los casos, ostentarían el papel de siervos.
«Nunca una nación había estado más cerca de acabar con la tiranía comunista soviética»
Y ahora viene la segunda gran procrastinación del tipo del bigotito. Cuando las tropas alemanas estaban a escasos 400 kilómetros de Moscú, y la capital había sido ya abandonada a su suerte, Hitler decidió frenar el avance del Grupo de Ejércitos Centro y desviar parte de sus tropas al Grupo de Ejércitos del Norte, para que apoyasen la ofensiva sobre Leningrado, y otra parte al sur, para que participasen en la conquista de Kiev y de la cuenca del Donets, con sus abundantes recursos petrolíferos.
Nuevamente cabe preguntarse, sin tener que recurrir al obligado y morboso motivo expuesto anteriormente, qué llevó a este tipo a cambiar drásticamente sobre el terreno los planes militares iniciales de invasión. Nunca una nación había estado más cerca de acabar con la tiranía comunista soviética. Pero el caso fue que esta importante demora alemana para tomar un Moscú rendido le dio un tiempo de oro a la URSS para reponer sus maltrechas divisiones y dar la bienvenida al General Invierno, con lo que se esfumó el sueño de acabar con la lacra comunista.
El resto es historia conocida: la estupidez del socio japonés de atacar Pearl Harbour invitó a los EEUU a entrar en la guerra, y con el nuevo frente occidental abierto por los aliados y los inmensos suministros americanos entregados a los rusos, se facilitó enormemente que la URSS venciera a los alemanes.
Tras acabar la guerra, y en pago a sus inestimables servicios (estas son las paradojas de las asociaciones contra natura), los rusos se convertirían en los enemigos declarados de los americanos durante la tensa Guerra Fría (fíate tú de estos…).
«Las autoridades europeas encargadas de dar estabilidad a Europa, y al mundo, han sido unos procrastinadores sistemáticos durante 75 años»
Las autoridades europeas encargadas de dar estabilidad a Europa, y al mundo, han procrastinado sistemáticamente durante 75 años, desde que acabó la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días. Del mismo modo que Europa condenó el nazismo nada más finalizar la contienda mundial, debió haber hecho lo propio con el comunismo, la otra gran lacra doctrinal. Pero no fue así, y debido a esta dejación de funciones la humanidad ha sufrido esta perniciosa corriente política y social, pues no ha sido hasta hace poco más de un año que nuestros mandamases europeos se han atrevido a censurar el comunismo mediante la «Resolución del Parlamento Europeo, de 19 de septiembre de 2019, sobre la importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa».
Pero de poco ha servido hasta ahora. Los rusos, junto a iraníes y otros elementos desestabilizadores, están detrás de los hackers que hacen estragos en la soberanía de los estados, metiendo sus sucias narices en nuestros asuntos y alterando los resultados electorales de los países democráticos europeos.
Y por si faltara algún procrastinador más añadamos algunos de nuestros políticos españoles de ahora, que durante gran parte de la larga pandemia que estamos sufriendo no han aparecido por el Parlamento, cobran la nómina al completo y se dedican a ver series de Netflix por un tubo, sin que les sea de aplicación ERTE alguno por su improductividad laboral.
¡Pero qué digo, insensato de mí! ¿Cómo habré osado yo acusar de procrastinadores a nuestros ilustres gobernantes? ¡Válgame la nona! Se me había quedado en el tintero la gran proeza que han llevado a cabo hace solo unas semanas. Ahora sí que podemos decir que hemos alcanzado la felicidad absoluta. Por fin ha tenido que venir un gobierno de los de verdad, socialista, comunista, pogresista y feminista para conseguir escalar un importante y vital peldaño en el bienestar social. Por fin han aprobado la eutanasia oficial. Ahora ya puedo morirme de felicidad por tanta dicha.
Dejando bromas aparte, el historiador Roberto Villa García lanza una seria advertencia sobre nuestra actual situación política: «Es uno de los paralelismos claros de ahora con 1917: antes de cualquier otra ideología, los políticos catalanes eran independentistas y lo siguen siendo ahora; el otro es el de las fuerzas de la izquierda; entonces atosigaron a la corona al igual que hacen ahora (…) Básicamente, en 1917 se juntan todas las fuerzas antidemocráticas y antiliberales, todos juntos antes de tomar caminos diferentes a lo largo de los siguientes años: la extrema izquierda y la extrema derecha pactando para acabar con la monarquía parlamentaria. Fascismo o Democracia o Comunismo o Libertad. Es la historia de España, la misma que intentan azuzar ahora los políticos actuales, el frentismo a tumba abierta, cuando se había superado».
Ojo a todo esto que está sucediendo hoy en España, porque quien olvida su pasado, ya se sabe…, está condenado a repetirlo.
No está de más recordar de vez en cuando nuestro pasado para no volver a caer en sus errores, pues, como dice el comentarista político, actor y podcaster estadounidense Dan Carlin, «la Historia se repite porque en grupo actuamos… como borregos».

