TODAS LAS ENTRADAS DE:Guillermo Emperador

Español, bajito, republicano y alopécico. Profesor de la escuela del maestro Ciruela, boticario y bloguero en Libertad Digital con el espantoso nick de “chinito”. Ahora autoascendido a Emperador de la tierra de las Mil Naciones (España, obviamente). Tengo un blog, una coneja y muchos amigos. Nunca pensé en escribir pero la vida es un camino que lleva por derroteros extraños.

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España, tierra de conejos. Por Guillermo Emperador

Una de las hipótesis más aceptadas sobre el origen de la palabra España tiene que ver con los conejos. Los romanos la denominaron Hispania, un término que no es de origen latino, de ahí lo misterioso de la cosa. Parece ser que habrían transformado al latín un vocablo fenicio, i-španim o i-spn-ya, que significa “de damanes” o “isla (o costa) de damanes”. El damán o conejillo de roca es un pequeño mamífero peludo emparentado con los elefantes que habita en África y en algunos países árabes. Los fenicios no conocían los conejos pero sí estos damanes, que se les parecen aunque lejanamente. Así que llamaron damanes a los conejos —que aquí eran muy abundantes—, y se quedaron tan anchos.

El Rey Silo y otros reyes holgazanes prefirieron el buenismo, y la paz con los moros, a guerrear con ellos. Por Guillermo Emperador

Frecuentemente en los pueblos de España las tiendas y establecimientos de la localidad llevan el nombre del Patrón del lugar o el de un personaje histórico, de tal modo que desde la funeraria hasta el salón de señoritas, pasando por la confitería y el taller mecánico se llamen Santa Tenáclita, por ejemplo. Y precisamente hace unos cuantos veranos tuve ocasión de comprobar aquesto mientras caminaba por las calles de la asturiana ciudad de Pravia, pudiendo observar en muchas locales un nombre que casi ni recordaba, y que, desde luego, no conocen ni por asomo los de “la generación mejor preparada de la historia”.

Cataluña y La suerte del enano que se fue a cagar y se cagó en la mano. Por Guillermo Emperador

el bufón Calabacillas, de Velázquez.
El bufón Calabacillas, de Velázquez.

 

“Tienes la suerte del enano, que se fue a cagar y se cagó en la mano”

 

Los que ya peinamos canas, o no nos peinamos casi nada por aquello de la escasez capilar, hemos oído de pequeños antiguas y castizas expresiones, de las que hoy destacamos una: “Tienes la suerte del enano, que se fue a cagar y se cagó en la mano”. Mi madre y mi tía Rosa usaban una versión más drástica: “La suerte del enano, que se la pisó meando”. En ambos casos, retrata la mala fortuna con la que nos castiga reiteradas veces el caprichoso destino, que parece cebarse en las desgracias. No obstante, tendríamos que pensar si, en algunos casos, ese cúmulo de acontecimientos desgraciados nos los hemos buscado nosotros mismos con nuestras acciones previas.

El sabio refranero español que hoy no es políticamente correcto y quizás debamos cambiar. Así, cuando veamos a un progre o izquierdoso aquejado de una racha de mal fario deberemos corregir las palabras de nuestros mayores para no exaltar más su sensibilidad. De este modo, diremos: “Padeces unas circunstancias similares a la de los ciudadanos de muy baja estatura, que al ir a expeler las fecales materias, en completo y democrático uso de sus libertades físicas, pueden inadvertidamente excretar sobre la extremidad del cuerpo humano que comprende desde la muñeca hasta la punta de los dedos y que se encuentra unida al antebrazo”. No queda tan original, pero resulta muy apañado.

La suerte del enano parece aquejar en los últimos tiempos a los habitantes de la nueva Catalonia. Todo comenzó cuando el nefasto proyecto tripartito llegó al poder, auspiciado por los apoyos del Innombrable, ese gafe redomado. Primero se les hundió un barrio entero, luego se les colapsaron las autopistas, los trenes de cercanías, los aeropuertos, etc. Ahora, sus gobiernos separatistas no tienen dinero para pagar a las farmacias, la sanidad es manifiestamente mejorable y estarían en quiebra a no ser por los dineros que se les envía desde la pérfida España. Las desgracias parecen aquejar a esta región, antaño próspera y ahora sumida en un mar de problemas y perdiendo a marchas forzadas los puestos de cabeza de la economía española.
Sin embargo, muchos de sus habitantes no reaccionan y, en una especie de “sostenella y no enmendalla”, siguen votando las mismas opciones más o menos separatistas que durante treinta años han demostrado su ineptitud y que parecen preocuparse más por el espantajo de una supuesta independencia que por resolver los problemas de los ciudadanos. No tienen la suerte del enano, sino la que se han buscado.

Sus dizque políticos tienen una receta mágica, aunque ya vieja, para apartar de sí la responsabilidad de su pésima gestión y pasársela a otros. Es muy fácil echarle la culpa a “Madrit”, decir que España les roba y asegurar a la vez que todo se solucionaría si tuvieran la independencia y se produjera la puñetera desconexión. Y muchos habitantes de esa Matrix cataláunica se lo creen como corderitos, y vuelta a votarles.

Mientras tanto, numerosas empresas nacionales y multinacionales cambian, paulatina pero continuamente, sus sedes desde Barcelona a Madrid o a otros puntos de la geografía hispana en los que se presume una mayor estabilidad política y económica. Sería triste que, al final, se dé la vuelta a la tortilla y muchos catalanes tuvieran que emigrar a otras regiones en busca de una vida mejor, al igual que andaluces, extremeños y murcianos lo hicieron en su día para poder labrarse un porvenir.

No tienen la suerte de espaldas, le están dando la espalda a la suerte.