Cartagena de Indias no está en Murcia pero el futuro, para muchos adolescentes, está escrito en una cebolla

Museo Naval (Madrid)
Museo Naval (Madrid)

“De estas perlas que refiero a modo de presentación doy fe, puesto que fui testigo durante una visita mañanera al Museo Naval (Madrid)”

Tras más de dos centurias viviendo en el mayor de los engaños, los españoles deberíamos saber que el blanco es uno de los colores de nuestra bandera nacional, que la capital de Filipinas es Manila -’gracias’ al mutismo de tres adolescentes nacidos allende el charco y que al ser interpelados por su silencio respondieron con más silencio-; que Cartagena de Indias está ubicada en Colombia -para sorpresa de casi todos los pibes presentes que no rechistaron cuando un adulto con mala leche gritó ¡Murcia!-, o que los conquistadores españoles se dedicaron en exclusiva a rapiñar los tesoros americanos, fornicar como posesos y dar vivas a Franco, según la vehemente opinión que al respecto mostró el profesor que acompañaba a la veintena de alumnos de entre quince y dieciséis años: los futuros hijos de la Patria; pilares sobre los que se apoyará el devenir de España -a todas luces- más que oscuro. A lo peor, tengo que culpar de mi desánimo al Maine y el adiós de Cuba, Puerto Rico y Filipinas -1898 aún pesa en estos tiempos binarios-.

De estas perlas que refiero a modo de presentación doy fe, puesto que fui testigo durante una visita mañanera al Museo Naval (Madrid) que se presentaba interesante y que ¡voto a Dios! lo fue en grado sumo y en dos sentidos bien distintos.

En el primero, por el contenido que alberga este museo, -cuya visita recomiendo- que va más allá de la mera enumeración de gestas y sus pufos -que las mal dadas también conforman el devenir nacional- que jalonan -ahí es nada- seiscientos años de historia naval hispana. En tal sentido, me permito una licencia para señalar que tal vez sea la ‘mala’ costumbre española de dejar constancia de las desgracias propias (o airearlas en plan Rosa de los vientos) una de las causas del vicio de creer (y asumir) a pie juntillas la ignorancia ajena -María Elvira Roca Barea trata el asunto de forma magistral en Imperiofobia y leyenda negra (Siruela, 2017) , y a la que tan aficionados son los anglosajones -también los italianos, holandeses o franceses-, pero ese es otro asunto.

Y por otro lado, ocurrió algo que no imaginaba ni en la ‘mejor’ de mis pesadillas cuando me encontraba junto al grupo de adolescentes -con su derecho al voto a la vuelta de la esquina- que me precedieron en el control de seguridad del edificio, sito en el Paseo del Prado, y se convirtieron en los responsables de proporcionarme uno de los momentos más bochornosos vividos hasta ahora… Y que estoy convencido, no será el último.

Seré breve. Veamos.

Tras soltar las amarras, nuestra nave inició la singladura y los pasajeros fueron convocados en la cubierta principal, allí nuestra guía señaló que la travesía consistiría en recorrer 24 puertos (salas). Ni que decir tiene que fue oír la noticia, y los rostros de la mayoría de la marinería (alumnos) sufrió algún que otro cambio de color, si bien nunca pude imaginar lo que estaba por venir.

Un pasito adelante y con las primeras explicaciones empezaron a descolgarse varios grumetes que, móvil en ristre, se perdieron entre mensajes de ida y vuelta, otros corrían en busca de un sillón y algunos intentaron aposentar su culo en el suelo, mas para su desgracia, ese privilegio está reservado para los visitantes más pequeños.

Y llegaron la explicaciones de los primeros viajes colombinos, del papel fundamental de los Reyes Católicos y algunos gestos de incredulidad salvados por un alumno (¡el alumno!), ese chaval aplicado que se destapó cual tarro de datos: él tenía todas las respuestas (hasta alcanzar cierto estado de niño repelente) mientras que sus compañeros atesoraban todos los silencios.

Y la guía que nos tocó en suerte -excelente su trabajo- comenzó a sudar por el comportamiento poco educado de algunos alumnos que terminaron contagiando a otros, ante la absoluta falta de autoridad del profesor acompañante, aún no recuperado del susto que se llevó al comprobar que colonia e imperio no son sinónimos, a pesar de que en las asambleas del comité correspondiente se asegure todo lo contrario desde tiempos de Cisneros (!), que como todo el mundo bien informado sabe, fue la punta de lanza de algún movimiento revolucionario…

De sala en sala y sin recuperarme del pasmo anterior, surgía otra sacudida que a punto estuvo de enviarme al servicio de urgencias más próximo, y no porque esculpieran un disparate en el primer frontispicio cercano, es que demostraron no tener ni idea de la historia de su nación; ni siquiera por aproximación. Al fin y al cabo, España (según los oráculos transversales) es un concepto, que más que discutido o discutible, está resultando prescindible. Acaso una distopía Ibérica, presuntamente.

Dos horas más tarde, terminada la visita y mientras algunos de los asistentes nos sacudíamos el bochorno por la experiencia vivida, aún resonaban los ecos de veinte adolescentes a quienes el futuro (incluido el suyo) importa tanto como el presente escrito en una cebolla.

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Miguel Angel Contreras Betancor

Miguel Angel Contreras Betancor

Podría afirmar que nací en Las Palmas de Gran Canaria y no me equivocaría, incluso, si fuera menester, no me importaría aseverar que en el oficio de escribidor -variantes: plumilla y creador de historias- llevo dando el coñazo varias décadas. Tanto es el cariño que siento por el arte de casar vocales y consonantes, que un día me ofrecieron dirigir la revista https://solonovelanegra.com -género negrocriminal y policial-. Y ahí estoy, con el alma llena de balazos y los ojos a rebosar de enigmas y medias verdades. Casi, como la vida misma.

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