El día que me arrancaron algo del alma: In memoriam del general Garrido asesinado por ETA. Por José crespo

El gran soldado llamado Rafael Garrido Gil junto a su familia
El gran soldado llamado Rafael Garrido Gil junto a su familia

“Como cada otoño viene su recuerdo a mi memoria. Unas sentidas líneas que dediqué a un gran soldado llamado Rafael Garrido Gil . In memoriam allá donde está”

Hace ya siete años escribí unas líneas dedicadas a un querido profesor y como cada otoño viene su recuerdo a mi memoria. Unas sentidas líneas que dediqué a un gran soldado llamado Rafael Garrido Gil “allá donde está”:

Recuerdo cuando contaba poco más de 16 años con mi COU recién acabado y, lleno de ilusión, había comenzado mi carrera militar. Por las tardes nos enseñabas de forma práctica la técnica de cómo caminar en montaña, “andar como un viejo para llegar como un joven”, y nos transmitías la pasión por la Naturaleza, el amor por la montaña y la vida al aire libre, algo que se notaba habías infundido a tu hijo Fernando, quien luego coronaría el Aconcagua en solitario.

Nos hiciste anhelar las jornadas que pasaríamos en primavera en Batiellas, cerca de Jaca, en las que todas las estaciones pasaron en quince días: sol abrasador, viento, granizo, tanta lluvia, ventisca, nieve y más sol abrasador, todo enmarcado en uno de los paisajes más bellos de España. Y digo tanta lluvia como que un día al llegar al campamento “todo” se lo había llevado el agua unos quinientos metros ladera abajo. Empapados en sudor y agua tuvimos que rehacer el campamento, y en ningún momento nos faltó tu voz calmada, tus palabras de ánimo y tu amplia sonrisa. En tus palabras se veía la oración dando gracias al Creador por aquel espectáculo que estábamos contemplando, ajenos al sudor, las ampollas y al agotamiento después de haber dado una vuelta al horizonte.

La Selva de Irati
La Selva de Irati

“Han pasado muchos años desde aquel angustioso sábado 25 de octubre en el que podríamos habernos encontrado en cualquier bosque caducifolio de Navarra”

Recuerdo que nunca marcabas distancias. Después del trabajo te gustaba charlar con la gente y jamás, jamás faltaba una sonrisa tuya para rematar cualquier lección. Y aunque fueras un Montaigne reencarnado eso no quiere decir que, dada la carrera para la que nos preparábamos, no faltaran los momentos de dureza y estrés propios de la misma. Tanto y tal fue tu ejemplo que muchos decidimos seguir tus pasos, y a los pocos años nos vimos en aquel mismo lugar transmitiendo nuestros conocimientos, pero también enseñando a amar la montaña.

Ciertamente dejamos en el Pirineo los mejores momentos de nuestra vida profesional. Años más tarde mis padres, que deambulaban por el Camino de Santiago alemán después de recorrerse andando toda la costa de Noruega, se encontraron contigo. Tal como te describieron no habías cambiado y seguías transmitiendo pasión por la montaña. Querido profesor: han pasado muchos años desde aquel angustioso sábado 25 de octubre en el que podríamos habernos encontrado en cualquier bosque caducifolio de Navarra, pues a todos tus alumnos nos dijiste en aquella primavera de los 70, y lo recuerdo de forma indeleble, ‘que deberíamos volver en otoño al Pirineo’, y en concreto a la selva de Irati, pues si aquellos atardeceres eran espectaculares deberíamos contemplar el fuego del otoño reflejado en la gama de colores del bosque de hayas, el más meridional de esa especie en Europa.

El Diario Vasco, 26 de octubre 1986
El Diario Vasco, 26 de octubre 1986

“Cuando aquel sábado 25 de octubre oí la noticia, mi vista se nubló, mi mente recordó el olor acre del ambiente tras una explosión y mi boca sólo sabía a sangre”

Cuando aquel sábado 25 de octubre oí la noticia, mi vista se nubló, mi mente recordó el olor acre del ambiente tras una explosión y mi boca sólo sabía a sangre. No podía ni quería imaginar ese brutal momento en que esos seres peores que animales que jamás sabrían ni sabrán lo que es el amor a Dios, a la gente, y a la Naturaleza, tres cosas que tú amabas profundamente, te arrancaron la vida, junto a tu esposa y tu hijo menor. Los que te conocíamos, cuando oímos la noticia sabíamos dónde te dirigías aquel sábado 25 de octubre: ibas a contemplar la luz de otoño del bosque de hayas de Navarra.

Al menos a los creyentes nos queda el consuelo, si hay consuelo posible para una pérdida tan tremenda, de que Dios os acogió y contemplasteis la luz, más bella que la de cualquier “indian summer”. No voy a hacer recuerdo de tu impecable y brillante hoja de servicios, sólo del ser humano tan maravilloso que me enseñó, en la línea de mis padres, a amar a Dios a través de la Naturaleza, a enamorarme de sus colores, de sus estaciones… Cuando cada otoño vuelvo por las tierras de Roncal, Ochagavía e Isaba, ya sea a buscar setas o arañones para hacer mi pacharán casero, me gusta pararme un rato en el collado de Laza y mirar abajo hacia el embalse de Irabia, dedicarte una oración y hablarle a mis hijos para que se llenen de esa luz, de esos colores amarillos, pardos y rojizos en todas sus tonalidades que todo lo invaden. Mi general, un fuerte abrazo. Gracias por tu sonrisa allá dónde estás.

(José Antonio Crespo-Francés, coronel de Infantería, 18/01/2011).

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José Crespo

José Crespo

José Crespo. Si Vis Pacem Para Bellum, enamorado de Aranjuez la ciudad donde vivo, Soldado en la reserva, colaborador en radio y publicaciones electrónicas, autor de trabajos históricos dedicados al Servicio Militar y Valores, y a personajes en concreto como Juan de Oñate, Blas de Lezo o Pedro Menéndez de Avilés y en general a Españoles Olvidados en Norteamérica. Rechazo la denominación de experto, prefiero las de "enamorado de" o "apasionado por".

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