Quim Torra, genio político. Por Roberto Granda

 

Quim Torra, genio político. Ilustración de Linda Galmor
Quim Torra, genio político. Ilustración de Linda Galmor

«Siempre habrá un público ideal para el Torra de turno. Se necesitan y se complementan. Y saben inmolarse a tiempo y venderse antes como mártires que como villanos»

Ahí donde lo ven, Quim Torra, con ese aspecto de cabestro y esa asombrosa y oronda cabeza adornada con unos ojillos mongoloides, es un genio de la política. Realmente, podía haber ejercido su puesto de forma eficaz en cualquier rincón del planeta donde se estuviera produciendo el albor de un nacionalismo étnico-linguístico. Pocos hay mejores para esos menesteres.

Conecta perfectamente, en su cerrilismo ceporro y su integrismo de fanático de admirable obstinación, con ese cateto regionalista que siempre espera escuchar las muchas bondades que florecerían en su tierra liberada de opresiones. Engancha con éxito con el zopenco apasionado de los destinos universales de su patria.

Es el timonel perfecto para una pasaje mareado de supremacismo, es un capitán Ahab convenciendo al resto de la tripulación que merece la pena ir tras la ballena blanca aunque arrastre a todos con él en su demencia destructiva.

Siempre habrá un público ideal para el Torra de turno. Se necesitan y se complementan. Y saben inmolarse a tiempo y venderse antes como mártires que como villanos. Así, el ufano president se muestra antes los suyos como una víctima del maldito estado represor, ajusticiado por su heroica rebeldía.

Las esencias identitarias tienen distinto color pero todas huelen igual en cualquier lugar del mapa: esa rancia pestilencia de la involución y la intolerancia.

Torra no tuvo suerte en la belleza de nacimiento pero fue dotado con los dones de la intuición de gran líder. Cuando tienes esa cara y ese intelecto, lo mejor es una huida hacia adelante y convertirte en un racista. Sobre todo en una Comunidad donde históricamente han tenido buena cosecha de ellos. El ególatra demente de Jordi Pujol despreciaba a los andaluces, Oriol Junqueras quiso ser genéticamente francés y Torra amplío el arco de la inquina y le metió el apelativo de bestia con forma humana a todo castellanoparlante. En el tema del odio, siempre conviene ser ambicioso.

El de Blanes, prodigio entre su gremio, llevó por los pasillos enmoquetados de sus aposentos a un solícito y sonriente Pedro Sánchez, pues supo leer bien la jugada el catalán, y advirtió que allí en la Moncloa, dispuesto a defender su sillón, había un tipo de aún más baja catadura moral, sin límites éticos, portador de un cinismo sin escrúpulos y unas legendarias tragaderas, capaz de mentir a su madre y llevarla engañada a vender su alma en la subasta misma del infierno, si eso le garantizara diez minutos más de poder.

Los disturbios que se producen en Barcelona (incluso en tiempos pandémicos) cada vez que algo agita el redil deberían ser suficiente aviso contra el dogmatismo y la barbarie. Es decir, un aviso sobre el buen hacer de Joaquim.

Los buenos gestores, y Quim lo es, rentabilizan la burricie y la violencia atávica como otros sacan partido a habilidades más loables. El inhabilitado presidente es de lo que consigue que sean otros los que se partan la cara en las calles y realicen el juego sucio del vandalismo mientras él jalea desde el despacho del palacio gótico del Parlament, a salvo de sus propias huestes. Anima a las masas vociferantes a seguir apretando y a exponerse al golpe redentor del caucho en la cabeza, ya que el visionario estadista usa la carne de cañón de los precoces exaltados para las brasas de su propia barbacoa, aunque no sepan que la guerra ha terminado y sigan portando el estandarte del que no ha comprendido aún los límites de su ensoñación.

Por supuesto, todos los podemitas y mequetrefes de esa ralea han salido en defensa del genio Torra, el Gandhi de nuestros días, pues nada excita más a un nacionalpopulista que los totalitarismos periféricos, porque aunque sean xenófobos y aldeanos son en esencia antiespañoles, y eso es lo que más revoluciona las hormonas de Errejones y Garzones, que nunca pierden oportunidad de mostrar su indecencia política.

Aunque quieran representar a la izquierda patinete, al final se suman entusiastas a todo movimiento reaccionario que tenga como horizonte socavar y violar el Estado de derecho, y por eso se les puede ver correteando por las herriko tabernas, suspirando por cálidos vientos venezolanos, simpatizando con todo lo que acabe con la ciudadanía común para ensalzar lo tribal y lo retrógrado o llamando salsa de tomate a la sangre derramada en los guetos abertzales.

Da igual que en Cataluña el ideario de Torra represente la derecha más cavernaria y abiertamente iliberal, la que ataca con saña los derechos de todos los españoles e impone una especie de apartheid lingüístico. El caladero de Podemos y sus satélites está siempre en las aguas del despotismo hispanófobo. España como cárcel de pueblos pero también España plurinacional. Y así se afanan sagaces en dinamitar la convivencia. Porque donde hay consenso, su auge populista de confrontación y perpetuación del poder no tendría cabida. Es cierto que hacen una política para minusválidos mentales. Y que serían patéticos si no fueran tan peligrosos.

Roberto Granda

Roberto Granda

Desde muy pequeño interesado en la escritura y el cine, soy periodista y guionista pero me hice miembro de El Club de los Viernes que en la actualidad presido y de la Plataforma Contra la Cooficialidad del Bable por un compromiso ineludible con los derechos civiles, la libertad lingüística y la democracia liberal. Colaboro, además de en La Paseata, en Intereconomía, La Nueva España, Periodista Digital y allí donde me llamen para dar mi punto de vista en estos interesantes y peligrosos tiempos convulsos.

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