El chino que nos tosió. Por Vicky Bautista Vidal

El chino que nos tosió. Fotografía de Fred Herzog
El chino que nos tosió. Fotografía de Fred Herzog

“No sé si fue un místico o un filósofo quien dijo eso de Todos somos uno y empiezo a sentir cierta empatía por mi amigo desconocido: el chino que nos tosió” 

Salgo yo muy en mi papel, es decir, de la misma forma que si fuera a atracar un banco: careta, gafas y una cinta ancha de punto ocultando el pelo. Camino por algunas calles de mi ciudad, ahora casi desiertas, y llego al super sin mayor contratiempo.
La mirada se dirige ávida, a mi pesar, hacia la zona donde se encuentran el alcohol, los guantes de goma y los desinfectantes. Son las secuelas residuales de las primeras retenciones. Aquellas donde el personal se lanzó a las tiendas a proveerse principalmente de papel higiénico en primer lugar, después de comida.
Al meditar sobre la anecdótica reacción es fácil concluir que, el pueblo español, padecía un síndrome por simpatía: El síndrome “Venezuela ya no se puede limpiar bien el trasero”. Tantas escenas vimos en la televisión cuando aún se veían escenas sobre la escasez venezolana, donde las personas se dolían de que ni los productos más básicos, como eran el papel higiénico, el jabón y otros, que quedó grabada la necesidad en nuestros cerebros sin darnos cuenta, y por ello, a la primera amenaza de escasez, la multitud española se lanzó a hacer ricos a los fabricantes de papel.
Una vez compradas las cuatro cosas que necesitaba recuerdo que anoche quemé un cazo que utilizo mucho, así que se me ocurre visitar al chino que se asienta a dos pasos del super.
Entro en el local y me encuentro de manos a boca con el chino propietario, sin mascarilla, estornudando como si no hubiera un mañana. Entre escandalosos estornudos sin control me indica donde están las cacerolas y huyo de la húmeda dispersión de coronavirus hacia el pasillo de los utensilios de cocina. Desde donde estoy lo escucho y me asombro de que no pare.
Contamina el hombre sin contemplaciones. Estornuda a su mujer, a su hija, a los clientes, y deja en la atmosfera de la tienda una nube de miasmas sospechosos que aterrorizan a cualquiera.
De repente caigo en la cuenta de lo que sucede y pienso que aún tengo que pasar por la caja donde el obstinado chino desenmascarillado continúa con el concierto siniestro estornudando y lanzando gotículas de un lado a otro.
Me siento como Europa, como América, como cualquier país… Y dudo. ¿Qué hago? ¿Suelto el cazo y huyo como conejo? Tendría que pagar el utensilio al chino antes de salir pies en polvorosa. Imagino el intercambio de dinero con él y se me abren las carnes. Pero como la sorpresa no me ha permitido reaccionar, la tarjeta cumple su función de evitar más contaminación y salgo disparada del antro oriental hacia mi casa.
Toda la ropa a la lavadora, ducha inmediata, cepillado de dientes, gárgaras, bastoncitos con alcohol en nariz y oídos… y la esperanza de que fuera tan solo una alergia repentina el mal que atacó al chino contaminador.
Al igual que el país, ya no tengo ninguna noticia acerca de la China y sus chinos contaminadores primigenios. Ni casi de ninguna parte, salvo la historia del Capitolio (A mí, todo el que caiga mal a la izquierda española me cae bien. Por lo tanto, miro a Trump con mucha tolerancia; los nuevos, especialmente Pelosi, me ponen los pelos como escarpias). Continúan además los aspavientos de todas las cadenas que nos dan la brasa día y noche sobre el monotema “nevada de Madrid” y la subida de contagios en todo el país, especialmente en Baleares: Recuerdo al chino y lo entiendo.
Casi nada sobre el fantasmal presidente que tenemos, la camarilla política y sus tópicas tonterías obsoletas y dañinas. Imposible no pensar en si España se habrá dado cuenta de que ahora es un país comunista en pleno retroceso ridículo hacia caducas tragedias antiguas.
Una vez escamondada no tengo por menos que reírme un poco de mi misma y del mundo que nunca pensé vivir.
Imagino, para entretenerme, en una posible película de Ciencia Ficción y visualizo a fuerzas policiales deteniendo gente que estornude. Me da la tos, esa que me ha quedado como secuela de lo que he tenido durante casi dos meses y que dio negativo en un confuso PCR. Esto, ayuda para que me avergüence un poco por excluirme del grupo de posibles contaminadores de riesgo y sentirme agredida, cuando yo, he ido tosiendo raro durante un tiempo indeterminado. Eso sí, desde detrás del bozal… ¡Perdón! De la mascarilla.
No sé si fue un místico o un filósofo quien dijo: “Todos somos uno” y empiezo a sentir cierta empatía por mi amigo desconocido: el chino vecino del super y sus mocos.
–El que se crea libre de culpa que tire la primera mascarilla.–
¡He dicho! Y me quedo como estaba.

Vicky Bautista Vidal

Nací en Madrid. Y como a casi todos los madrileños, todo el mundo me parece cercano y de casa: es el carácter de la ciudad. Esto me ha ayudado después para congeniar con toda clase de personas en los diferentes sitios donde viví. Soy curiosa, inquieta, autodidacta y un pelín dispersa, precisamente por que me siento atraída por muchísimas cosas, escribir es una de ellas. Lo hago al golpe de víscera, según el momento y me faltan algunas vidas para alcanzar a Cervantes o alguno de los inmortales.
Soy la primera sorprendida por que observo como últimamente me meto en berenjenales de opinión acerca de asuntos políticos, cuando en realidad, la Política, me importó un bledo toda la vida.
Puede ser sentido común herido o un amor recién descubierto por España y su unidad. No milite, milito o militare en nada. Pero estoy de parte de la razón y el sentido común.
Defenderé a cualquier gobierno que me facilite la vida y reprochare sin pausa a quienes me la incomoden.
La Libertad es para mi la única joya a lucir, la lógica una herramienta y creo que sin pasión por algo, poco se puede conseguir.

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