Se vacunan y sobrenadan como gatos panza arriba sobre el charquito de muertos. Por Vicky Bautista Vidal

Se vacunan y sobrenadan como gatos panza arriba sobre el charquito de muertos
Se vacunan y sobrenadan como gatos panza arriba sobre el charquito de muertos

«Se han abalanzado sobre las vacunas sin justificación alguna para ser pinchados antes que nadie y sobrenadan como gatos panza arriba sobre el charquito de muertos y enfermos graves»

Acudo a la farmacia a comprar el nuevo complemento de vestuario imprescindible ahora para salir a la calle: la mascarilla. Me enseñan unos cientos de “cuqui máscaras” con florecitas, bodoques y puntos pelota, todas de tela. Finalmente, me inclino por una FFP2 que dicen que es lo más efectivo dentro de la ineficacia para protegerse de “la Covid”: Así lo llaman algunos feminizando al virus; aunque yo siempre lo he entendido como él Coronavirus, que, la “gente”, tenemos el pequeño privilegio democrático de llamar a las cosas como nos dicte el intelecto ovárico o testicular.
Como no estoy para floripondios ni coqueterías de bozal elijo, como he dicho antes, una FFP2 negra para variar de color. Llega el momento de estrenar la máscara e intento colocármela antes de salir a la calle. Me sorprende el objeto con un tremendo olor a petróleo, poliuretano… en definitiva, a un material o fibra sintética extraída de algo muy malote que me echa para atrás; huele muy mal y siento que emite también vapores especiales que ayudarán a mi alergia, incluso si no la tuviera, a acabar conmigo mucho antes de lo establecido. O sea, que si no me mata el virus puede muy bien hacerlo la temible mascarilla.
Nos miramos mi perra y yo, inquieta ella porque me conoce, creo, y sabe de mi insistencia por aprovechar cosas que no usaré regalándolas al primero que se me ponga delante. La virtud cuestionable, está en que, al menos, siempre explico detalladamente la causa por la que yo no voy a usar lo que sea e intento creer que igual hay alguien fuerte y aguerrido que acepte el objeto: estas mascarillas, por ejemplo, y, a lo mejor, lo quiera aprovechar.
Mas aliviada la veo cuando observa como tiro el producto a la papelera. Este veneno no lo puede respirar nadie más. La mascarilla no es lavable, con lo cual, no se podría intentar quitarle el tóxico sobrante de efluvios malignos.
Algún billete cae a la basura simbolizado en esa caja llena de intoxicación que he intercambiado por dinero en una farmacia de mi zona. Busco una mascarilla corriente y me voy a la calle a seguir asfixiándome con el inútil papelucho.
Lo único que agradezco al artilugio es el que me tape la cara, por lo que no se advierte ni mi cutis, ni mis arrugas ni mi gesto avinagrado de tanto ver en la tele siempre lo mismo y ser testigo de la sumisión insana de 47 millones de españoles, perdón, 46.999.999.
Y ya que sin querer me he detenido en el monotema del momento, siento como se me va el pensamiento al fondo a la derecha, donde se encuentra el asunto vacunas. Todos hemos sido testigos de la cantidad de prebostes, soplagaitas y aprovechados que se han abalanzado sobre las vacunas sin justificación alguna para ser pinchados antes que nadie y sobrenadan como gatos panza arriba sobre el charquito de muertos y enfermos graves.
Pese al “amargamiento” que comparto con el resto de españolitos de a pie, el poco humor que me queda asoma pidiendo su ración y le permito comer. Porque, ya sabemos todos que la confianza en las vacunas fabricadas a toda velocidad por diversos laboratorios del mundo causa una gran inquietud. Y es natural, que, al fin y al cabo, el proceso de una vacuna lleva unos diez años mientras la estudian, la prueban, la contrastan… Para salir después al mercado. En este caso los cobayas son los mismos vacunados.
Imagine si tiene ganas, que ocurriría con la clase política de nuestro país que ya está toda vacunada si, hipotéticamente, los efectos adversos existieran y decidieran aflorar en esos cuerpitos y cuerpotes abusones que creyeron asegurarse la panacea y se llenaran de granos, pústulas y efectos desconocidos; terminando, Dios no lo quiera: aunque, si lo quiere no somos nadie nosotros para llevarle la contraria; acabando, decía, con la valiosa vida de los personajazos políticos de esta nuestra patria y de otras patrias dentro de ella.
Mira que si, a la postre, son nuestras hordas políticas quienes nos salvan de desconocidos efectos secundarios convirtiéndose en conejillos de indias y mártires para nuestro bien. Que, el que sea voluntario o no ya tendría su propio mérito o demérito, pero que, por una vez, una, harían un servicio extraordinario al pueblo que les da de comer a ellos y su ejército de inmigrantes turistas en Canarias; Esos que disfrutan de vacaciones pagadas en hoteles de lujo en las islas a las que muchos españoles no pueden acceder porque no les llega el Ere, el paro, o las limosnas que han empezado a pedir por las calles.
Yo, es que no sé si me parto y me mondo o me mondo y me parto; ya lo pensaré.
Vicky Bautista Vidal

Vicky Bautista Vidal

Nací en Madrid. Y como a casi todos los madrileños, todo el mundo me parece cercano y de casa: es el carácter de la ciudad. Esto me ha ayudado después para congeniar con toda clase de personas en los diferentes sitios donde viví. Soy curiosa, inquieta, autodidacta y un pelín dispersa, precisamente por que me siento atraída por muchísimas cosas, escribir es una de ellas. Lo hago al golpe de víscera, según el momento y me faltan algunas vidas para alcanzar a Cervantes o alguno de los inmortales. Soy la primera sorprendida por que observo como últimamente me meto en berenjenales de opinión acerca de asuntos políticos, cuando en realidad, la Política, me importó un bledo toda la vida. Puede ser sentido común herido o un amor recién descubierto por España y su unidad. No milite, milito o militare en nada. Pero estoy de parte de la razón y el sentido común. Defenderé a cualquier gobierno que me facilite la vida y reprochare sin pausa a quienes me la incomoden. La Libertad es para mi la única joya a lucir, la lógica una herramienta y creo que sin pasión por algo, poco se puede conseguir.

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