La Leyenda Negra Española (Cuarta parte): La libertad de expresión y los derechos humanos en el Imperio Español. Por José Antonio Marín Ayala

La Leyenda Negra Española. Las Leyes de Burgos
La Leyenda Negra Española. Las Leyes de Burgos también conocidas como las «Ordenanzas para el tratamiento de los Indios»

«Uno de los ingredientes de la Leyenda Negra forjada contra nosotros en ultramar fue que, sin comerlo ni beberlo, nos topamos de repente con un vasto territorio que no supimos administrar»

A pesar de la prosapia, demostrada a lo largo de los siglos, de nación tolerante e integradora de los territorios gobernados por ella, España ha tenido embajadores de mucho renombre que han bebido de las pútridas aguas ajenas y han alimentado la leyenda negra pergeñada por nuestros enemigos más contumaces. Ya hemos mencionado algunos especímenes, como el reconcomido Bartolomé de las Casas o el despreciable Antonio Pérez del Hierro. La historiadora Elvira Roca Barea es de la tesis de que «todos los imperios practican la autocrítica de manera más o menos inmisericorde. Los pueblos con el ego frágil no pueden permitirse exponerse de este modo. La autocrítica es una de las razones de que se mantenga abierta la meritocracia y razonablemente limpio un estado en proceso de crecimiento exponencial. Una parte sustantiva de la crítica de la que se alimenta la imperiofobia la producen los imperiales mismos». A ello habría que sumar nuestra condición de latinos, siempre bañados por un benefactor sol que aviva las emociones y los sentimientos. No en vano, los extranjeros que se atrevieron a emprender la conquista de esta bendita tierra se toparon a lo largo de los siglos con una férrea resistencia humana, de la que la numantina es solo la más conocida, que muestra a las claras el espíritu indómito del carácter español. Roca continúa ahondando en esta cuestión: «Los pueblos mediterráneos no educan a sus hijos para el silencio y la reserva, con todo lo bueno y lo malo que esto acarrea. Este poner las tripas al sol continuamente puede siempre ser aprovechado por los enemigos, pero ni siquiera esa posibilidad ha cambiado la costumbre milenaria». Podría afirmarse sin ambages que ya por aquellas lejanas fechas en el seno del Imperio Español había una práctica adelantada varios siglos a su tiempo: la libertad de expresión, atributo que hoy valoramos en extremo y que no existía ni por el forro en el resto de naciones.

Los dirigentes de las regiones más beneficiadas de un imperio son los más dados a criticarlo y a tratar de reescribir la Historia, debido sobre todo a que padecen un soberano complejo de inferioridad, y como consecuencia de ello emplean términos tan manidos como el «España nos roba», para intentar poner de relieve que solo ellos ejercen una verdadera transparencia en la gestión política; o eso del «derecho consuetudinario de los territorios históricos», como si cualquier región de España no tuviera derecho a tenerlo; o lo del «hecho diferencial»; o «la singularidad de ciertas nacionalidades», algunas de las cuales, por cierto, no han pasado en la Historia de ser un simple condado; o el chocante «derecho foral»; y así un largo etcétera de cuentos varios. Pero la realidad es que es justo lo contrario, pues suelen ser las regiones más favorecidas, de tal manera que esta crítica injustificada sirve también de señuelo para alejar hacia otro lado la atención sobre los verdaderos ladrones y felones que medran en esas zonas privilegiadas: a saber, con la exaltación del «seny» catalán se ejecutaban las mordidas del 3% por parte del Honorable President, por no hablar de la sospechosa fortuna que legó a sus deudos en herencia el abuelo Florenci; y si hablamos de la otra autonomía privilegiada por excelencia, la vasca, tampoco se libran sus dirigentes de la tentación de meter la mano en la saca de la pasta: se ha sabido recientemente de una trama organizada en torno al Gobierno vasco que se dedicaba a cobrar sustanciosas comisiones ilegales en la concesión de contratos públicos, motivo por el que han sido sentenciados varios altos cargos.

La falacia, como virus maligno y altamente contagioso que es, no conoce fronteras. La Leyenda Negra Española, que con tanto esmero urdieron orangistas, luteranos, anglicanos, hugonotes y calvinistas durante el siglo XVI contra todo un pueblo, usando como molde el desatinado texto de Bartolomé de las Casas, de la pluma de gabachos como Montesquieu y Voltaire, de holandeses como el clérigo Cornelius de Pauw, del exjesuita Guillaume-Thomas Raynal y de otros Pericos de los Palotes surgidos durante la época de los nacionalismos y de la Ilustración del siglo XIX, atravesó con furia el inmenso charco Atlántico y puso en bandeja a aquellas gentes de ultramar venidas de la Pérfida Albión una perfecta tapadera para ocultar el exterminio masivo y sin piedad que hacían de los indios nativos durante su salvaje expansión hacia el Oeste americano impulsados por la fiebre del oro y su capitalismo desbocado.

Y esta situación ha perdurado hasta nuestros días, con la creencia por parte de algunos sandios de atribuir la actual ruina económica de Sudamérica al Imperio Español. ¡Y eso que han pasado ya más de dos siglos de su independencia! Pero claro, echar mano de un chivo expiatorio para ocultar la responsabilidad que tuvieron en este fracaso los que vinieron después es muy atractiva. Cuando el Imperio Español se disolvió y las gentes de allí se independizaron, sencillamente no supieron mantener lo adquirido y, con las oportunas zancadillas de los yanquis, se fueron al garete.

«La razón de que no hayamos hecho justicia a los exploradores españoles es sencillamente que hemos sido mal informados. Su historia no tiene paralelo… Amamos la valentía, y la exploración de las Américas por los españoles fue la más grande, la más larga, la más maravillosa serie de valientes proezas que registra la historia. (…) Es un hecho que los vikingos hicieron algunas expediciones a América del Norte mucho antes que Colón. Llegaron, e incluso acamparon en el Nuevo Mundo, antes del año 1000. Pero solo acamparon. El honor de dar América al mundo pertenece a España». Estas son algunas de las palabras extraídas del libro «Los exploradores españoles del siglo XVI: vindicación de la acción colonizadora española en América», obra escrita en inglés por Charles Fletcher Lummis, periodista, historiador, fotógrafo, poeta, hispanista, bibliotecario y activista estadounidense defensor de los derechos de los amerindios y que rinde un cierto honor a lo que hicieron allí nuestros antepasados. Porque hay que decir que uno de los ingredientes de la Leyenda Negra forjada contra nosotros en ultramar fue que, sin comerlo ni beberlo, nos topamos de repente con un vasto territorio que no supimos administrar. Bien es cierto que Colón se encontró ante sus narices en su camino hacia las Indias con una tierra hasta entonces desconocida por los europeos, pero de ahí a que tras tres siglos de permanecer allí no supiéramos de qué iba aquella película no se lo cree nadie en su sano juicio. Roca Barea afirma con claridad: «Trescientos años de administración ultramarina sin que hubiera en ellos grandes tropiezos deben de significar algo, porque no hubo ni conflictos importantes ni grandes convulsiones sociales, ni nada que pudiera compararse a la rebelión de los cipayos en el Imperio británico. La convivencia de las razas distintas fue en general bastante pacífica y hubo prosperidad».

Y esa bonanza fue posible gracias a una eficaz administración, que tuvo siempre a todo aquel vasto territorio como parte de la Corona Española, con sus mismos privilegios. Fue, salvando las distancias, una recreación de lo que había hecho quince siglos antes el Imperio Romano. Las tierras descubiertas se convertían en una provincia más del imperio, con el desarrollo urbanístico, económico y la implantación de instituciones, las cuales velaban por los deberes y derechos de los ciudadanos y que no diferían en nada a las que existían en la península ibérica. Un amerindio tenía los mismos derechos que un ciudadano que viviera en España, lo que no tuvo parangón en ningún sitio del mundo. El resto de potencias europeas tenían sometidas a sus tierras conquistadas en calidad de colonias, en unas condiciones muy desfavorables a las metrópolis europeas. Como bien reseña la historiadora Elvira Roca Barea: «Hasta entonces nadie se había planteado que los pueblos conquistados pudieran tener derechos o que los individuos de una civilización salvaje, considerada universalmente no cristiana e inferior, fuesen también seres humanos que merecían respeto».

El sello arquitectónico español impregnó también las nuevas villas surgidas allende los mares. Solo hay que darse hoy un garbeo por las ciudades americanas y contemplar su diseño, el que fuera ordenado en su día por los Reyes Católicos: calles anchas en las latitudes frías para que el sol las bañara de calor, y estrechas en aquellas donde la canícula pegaba de lo lindo. Todas estaban cortadas según el mismo patrón que había en España. En medio de la villa había un gran espacio diáfano de confluencia social, lugar que, a fuer de singular, tomó el nombre propio de Plaza de España, y frente a la que se ubicaba el consistorio, la iglesia o la catedral.

El Imperio tampoco descuidó la atención sanitaria, de tal manera que montó hospitales para atender tanto a los españoles como a los nativos, algo inédito en el mundo en su tiempo, regidos por licenciados de la medicina. La importancia de este asunto reafirma la opinión general de que España cuenta con una sanidad única en el mundo. (El hecho de que no hayan muerto más personas por esta pandemia del coronavirus se debe a nuestro sistema sanitario gratuito, del que buen partido sacan los colonos britanos cuando vienen a España, y al sacrificio de sus profesionales, hecho que no tiene igual en ningún sitio, y en modo alguno se debe a las medidas tomadas por ningún político. Los políticos, y más los que nos toca soportar en estos nefastos tiempos, son la fuente de todos nuestros graves problemas como nación, no lo olvidemos). Roca Barea afirma que «fueron los Reyes Católicos quienes separaron netamente el ejercicio de la profesión médica de la caridad religiosa y negaron validez a los grados médicos dados por la Iglesia (primer lugar de Europa donde esto sucedía) con el fin de orientar la salud y la gestión de los hospitales hacia la competencia del Estado. (…) Entre 1500 y 1550 se levantan en las Indias unos veinticinco hospitales grandes, al estilo de San Nicolás de Bari, y un número mucho mayor de hospitales pequeños con menos camas».

La enseñanza en América no quedaba a la zaga de la que se impartía en España. Roca Barea le pone cifras a estos logros: «Se fundaron en América más de veinte centros de educación superior. Hasta la independencia salieron de ellos aproximadamente 150000 licenciados de todos los colores, castas y mezclas. Ni portugueses ni holandeses abrieron una sola universidad en sus imperios. Hay que sumar la totalidad de las universidades creadas por Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia en la expansión colonial de los siglos XIX y XX para acercarse a la cifra de las universidades hispanoamericanas durante la época imperial española».

Y no piense, afable leyente, que la labor del Imperio Español se limitaba solo a esta estructura administrativa y social, también creaba las condiciones favorables para que cualquier ser humano tuviera unos derechos inalienables.

Las Leyes de Burgos, también conocidas como las «Ordenanzas para el tratamiento de los Indios», fueron las primeras disposiciones legales que la Monarquía Hispánica dictó para su aplicación en el Nuevo Mundo, en las que abolió la esclavitud indígena y organizó su conquista. Se llaman así porque fueron firmadas por el Rey Católico Fernando II el 27 de diciembre de 1512, en la ciudad de Burgos.

Pero esto no fue más que un esbozo de lo que culminarían las «Leyes de Indias», el primer memorándum conocido precursor de la declaración de los Derechos Humanos y del Derecho internacional. En esta vasta compilación de normas, formada por nueve tomos, podemos ver en el Libro VI derechos fundamentales que hoy nos resultan ineludibles, como la protección a los menores; la reglamentación de la duración del contrato de trabajo; el trato humano y justiciero en las relaciones obrero-patronales; la obligación de hacer los pagos puntualmente cada semana, con dinero y no en especie; y la libertad de trabajo, entre otros muchos preceptos.

Estas leyes fueron complementadas con las «Leyes Nuevas», promulgadas el 20 de noviembre de 1542. Algunas de ellas recogían el cuidado, la conservación, gobierno y buen trato de los indios; que no hubiera causa ni motivo alguno para hacer esclavos, ni por guerra, ni por rebeldía, ni por rescate, ni de otra manera alguna; también que los esclavos indios existentes fueran puestos en libertad, si no se mostraba el pleno derecho a mantenerlos en ese estado; o que se acabara la mala costumbre de hacer que los indios sirvieran de cargadores (tamemes), sin su propia voluntad y con la debida retribución.

Y por si acaso alguien echara en falta algo de contundencia en todas estas novedosas normas, Francisco Suárez de Toledo Vázquez de Utiel y González de la Torre, a la sazón jesuita y jurista español, recogía por escrito, en 1597, en su libro «Disputaciones metafísicas», la siguiente declaración: «Todos los hombres nacen libres por naturaleza, de forma que ninguno tiene poder político sobre el otro».

Así que resulta poco menos que patético que en fecha tan tardía como 1776, el eminente Thomas Jefferson, el tercer presidente de los Estados Unidos, se pusiera solemnemente, motu proprio, la medalla de la proclamación de los derechos humanos durante la pomposa «Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América».

Como puede ver, ecuánime leyente, no había precisamente lo que se dice originalidad en la famosa declaración de Jefferson, tras más de dos siglos de ver la luz las inauditas iniciativas españolas, artificiosa declaración que, por cierto, no impidió que una fracción importante de los territorios gobernados por los yanquis tuviera a la esclavitud como la cosa más natural del mundo y hasta justa y divina.

Así pues, qué decir de los yanquis, los actuales propietarios de los otrora territorios hispanos, ese nuevo imperio al que sí le vendría bien decir aquello de que «ha venido y nadie sabe cómo ha sido»; un país sin historia ni tradiciones propias que se ha aprovechado reiteradamente de nuestra generosidad española y nos ha dado pal pelo cuando le ha interesado, sin miramiento alguno.

El hispanófobo, como el sandio, no descansa, y a estas alturas de la película de la vida uno puede llegar sufrir el abuso de autoridad de un miserable polizonte de pacotilla uniformado (que igual es descendiente de españoles) y detenerte por hablar allí en español, como si no hubiesen tenido suficiente influencia hispana a lo largo de los siglos, con ciudades fundadas por españoles como San Diego, San Francisco, California, San Agustín (la ciudad más antigua del país), San José, El Paso, Memphis, Nueva Orleans, etcétera; y con festividades españolas diseminadas por doquier, siendo la más importante que aquellos veneran, el Día de Acción de Gracias, obra y gracia hispana; aunque aquí también tejieron el cuento, medio siglo después, de que los artífices de esta fiesta fueron los pilgrims ingleses.

Y también restaría mencionar la inestimable ayuda económica y militar que España brindó a los yanquis cuando se independizaron de la Pérfida Albión (país este al que habría que otorgarle un cum laude a la no honestidad, robando como cosacos a toda la peña, incluso a las gentes de su propio imperio; y en lo que toca a nosotros, cómo olvidar el mangoneo descarado que hicieron con Gibraltar). Para facilitar el transporte de las mercancías por América, el Imperio Español, al igual que las calzadas romanas, construyó enormes vías de comunicación, algunas de miles de kilómetros, que iban de norte a sur y de este a oeste. Una de estas calzadas, que corría de norte a sur por gran parte de Norteamérica, fue vital para el curso de la Historia (o al menos de la de los actuales estadounidenses), pues sirvió de eficaz línea de defensa a los unionistas para que los confederados no se hicieran con el control del oeste americano en la Guerra de Secesión (cualquier mentecato que gobierne hoy o en el futuro aquellas tierras no creo que reconozca jamás este hecho; bien al contrario, a diferencia del integrador Imperio Español, seguirá en sus trece de seguir poniendo palos en la rueda de la globalización con la construcción de muros en su territorio). Toda esta ayuda hispana a la causa norteamericana para que luego estos tipos se sacaran de la manga lo del ataque al acorazado Maine y, en clara desventaja bélica, nos arrebataran las últimas posesiones de América. El historiador norteamericano William S. Maltby afirma que nuestro desdichado Bartolomé de Las Casas ha tenido el don de reaparecer cada vez que hay un conflicto con España y que todavía, en 1898, se reimprimió en Nueva York una traducción bastante caprichosa para servir de munición emocional en esta guerra que nos enfrentó contra los yanquis.

Y no se contentaron solo con eso; durante la Primera Guerra Mundial exportaron miles de soldados al Viejo Continente infestados con un tipo de virus similar al que nos azota en estos tiempos pero que, curiosamente, mataba preferentemente a los más jóvenes y fuertes. Esto ocurrió en el invierno de 1917, en plena ofensiva alemana, tras la capitulación del Imperio Ruso, lo que tuvo el efecto de cargarse a 30 millones de personas, de los cuales casi un millón eran soldados germanos; tragedia de la que también nos pusieron el sambenito llamándola «gripe española». A lo que parece, las pandemias víricas dan mucho de sí en lo que al equilibrio de poder entre potencias se refiere. La I Guerra Mundial, y si afinamos mucho, la gripe española, que fue a fin de cuentas la que puso fin a la contienda, dio al traste con cuatro imperios: el alemán, el austrohúngaro, el otomano y el ruso. El imperio inglés también desaparecería, pero sería tras la segunda contienda mundial, sin interferencia vírica alguna que hasta ahora se sepa.

Del mismo modo que pueden destruirlos, las pandemias tienen la virtud de crear imperios de la nada. Napoleón tuvo que salir por patas de América en 1800 y malvender Luisiana a los yanquis, en 1803, a causa de los casi 60000 muertos que produjo un virus que se propagó como la pólvora entre sus tropas, con lo que los incipientes Estados Unidos doblaron de golpe su territorio. Solo cabe especular que o bien los americanos tenían una inmunidad natural de rebaño (que nosotros todavía no hemos conseguido con este puto virus) contra aquella plaga o que acaso poseían ya por entonces una vacuna contra la fiebre amarilla, y que muy acertadamente fue llamada la «plaga americana».

El lúcido escritor irlandés Oscar Wilde, al que los yanquis no dejaron títere con cabeza cuando durante una visita a aquellas tierras, en 1881, supieron de su homosexualidad (¡horror, quién lo iba a decir, en una sociedad tan tolerante!), se desahogó a gusto con ellos cuando dijo: «Estados Unidos es el único imperio que ha pasado de la barbarie a la decadencia sin atravesar la civilización».

La que se enorgullece de ser la mayor democracia del mundo tuvo también su pérfida influencia, y no poca, en la dividida e irreconciliable España nacida de nuestra Guerra Civil, manteniendo en el poder al dictador Franco durante 40 años (el tiempo que vivió, porque si no todavía estaríamos igual), para que le sirviera de paraguas contra el comunismo soviético que amenazaba sus fronteras (aunque bastante tienen ya con Cuba).

La hispanofobia, cabal leyente, está de rabiosa actualidad. Y para muestra, un solo botón. En la 61° Asamblea General de Naciones Unidas, celebrada en 1986, los que nos quieren tanto, y algunos de los que dicen ser socios europeos nuestros, decidieron eliminar de la agenda la Celebración del V Centenario del Descubrimiento de América. Si este hecho histórico sin precedentes lo hubieran llevado a cabo los galos, los alemanes o los britanos ahora estarían todos ellos dando palmas con las orejas de alegría y los fastos por esa gesta habrían durado lo que un triunfo… en la antigua Roma

Jose Antonio Marin Ayala

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos como instructor.

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