La balada del hombre contaminado. Por Rodolfo Arévalo

La balada del hombre contaminado

“Salvo la tecnología todo lo demás ha quedado estancado, por eso he titulado este escrito La balada del hombre contaminado, ya que la contaminación a la que me refiero lo inunda todo”

Podríamos titular este escrito la balada del hombre contaminado ya que la contaminación a la que me refiero lo inunda todo, cielos, mares y tierra. Antes hace ya por lo menos un par de siglos, la comunicación era lenta, probablemente de contenido meditado por esa languidez del tiempo y reflexionada en más o menos sesudas conversaciones o escritos. Y sino era así en todas las clases sociales, si lo eran con bases de realidad, por ejemplo el clima o cómo venía el tiempo, cuando se trataba de agricultura y otros temas más pegados a la dura realidad de las gentes.

Cierto es que entre el pueblo llano las noticias próximas fluían pero de un modo más pausado, porque ir de un centro urbano a otro llevaba como mínimo un día y eso, siempre que se estuviera cerca. Están los humanos actuales rodeados de rémoras, que en vez de limpiar sus mentes y cuerpos, cuál insistentes pececillos, solo contribuyen a prostituirlo, con ideas que dispersan, por intereses espurios, algunos otros humanos más inteligentes que detentan casi un poder omnímodo.

Para tener ese poder basta con poseer el dinero necesario, vamos los millones que cuesta montar una infraestructura de comunicación. Es por esa razón, por la que los políticos, sabedores del tema desperdigan dinero acá o acullá entre los “mass media” más influyentes. Pero el problema real por encima de tener ese capital para invertir en las ideas, con las cuales influir en las gentes, es tener qué comunicar y la mayor parte de los humanos a estas alturas del siglo XXI no tiene nada que comunicar, como no sean obviedades, chistes, recetas de o historias familiares de andar por casa.

No es que esto sea así ahora, recuerdo que en mi juventud tratar de encontrar buenos interlocutores para poder hablar de temas interesantes era exactamente igual de difícil que en la actualidad. Qué tienen los temas trascendente como el sentido de la vida, la necesidad del amor, la existencia de un ser divino y eterno o no, el infinito, el conocimiento en general que tanto rechazo genera entre casi todos los humanos. Si tratas de arrancar un tema como estos, lo mínimo que te pueden decir es: No me comas el coco, que no estoy para trascendencias. Y realmente, para lo único que estamos aquí. Lo sepamos o no, es para algo trascendente, transmitir nuestro código genético a otras generaciones.

Hace años incluso entre gente medianamente preparada narrar historias alrededor del fuego, unía a familiares y a amigos, lo que hacía que los lazos interhumanos se estrecharan y viéramos a los demás como individuos importantes, por su propio bagaje cultural y anecdótico. Pero hoy en día la tecnología, sobre todo la de la información, pone al alcance de todos cualquier tema y desde el misterio de la preparación de una tortilla a la pregunta de qué es el ser, no hay problema, puedes encontrar información abrumadora en tu terminal telefónico. Eso sí, desprovisto de toda emoción y calor humano.

Si paseas por un parque, vas a la consulta de un médico o a la seguridad social, a cualquier lugar incluso en momentos en teatro y cines puedes ver caras alumbradas por la luz de ese aparato diabólico que son los móviles. Ese aparato que puede hacer que cualquier imbécil sin reflexionar nada de nada pueda contestar con éxito a cualquier pregunta, solo con deslizar un dedo por una pantalla. Luego si deseas profundizar en el tema, vuelve a surgir el vacío más absoluto entre los individuos que te rodean o entre las páginas de información a las que acceder que tienen parcelado los temas en reductos pequeños.

Este siglo no es de los humanistas, es imposible serlo. Saber de todo aunque sea un poco es imposible. Los seres humanos hemos llegado al gigantismo de la información y todavía no hemos conseguido la absoluta perfección en ello, aunque está ya a la vuelta de la esquina con las lentillas de realidad aumentada. Llegará el momento en que la capacidad de asombro se haga infinitamente pequeña y es entonces cuando los seres humanos, como lo que son, han sido y serán, no podrán soportarlo. Acabarán tratando de no saber nada de nada para volver a un mundo perdido de inocencia en el que teníamos todo por saber y las ganas movían el mundo. Hoy la desidia se irá apoderando de nuestra civilización, porque salvo la tecnología todo lo demás ha quedado estancado, por eso he titulado este escrito La balada del hombre contaminado, ya que la contaminación a la que me refiero lo inunda todo, cielos, mares y tierra y dentro de nada nuestras mentes.

Rodolfo Arévalo

Nací en Marsella ( Francia ) en 1954. Viví en diversos países debido a los destinos que tuvo mi padre ( diplomático ). Estudié en colegios franceses hasta la edad de 12 años. Estudié bachillerato y COU en el colegio Nuestra Señora del Pilar de Madrid. Estudié música en el Real conservatorio de música de Madrid, formé parte y pertenecí a varios grupos musicales entre ellos “ Los Lobos “. Creé varios grupos musicales de Pop Rock. Toco el bajo y compongo canciones, música y letra. Estudié Fotografía general y publicitaria, diplomatura (dos años) de cinematografía e Imagen y sonido equivalente a Técnico Superior de Imagen y Sonido. Soy socio Numerario de la SGAE desde el 1978. Pertenezco a la Academia de Televisión. Soy un gran lector de libros de ensayo, divulgación y de vez en cuando novela. En el año 1985 Ingresé por concurso oposición a TVE. Fui ayudante de realización y realizador. En el año 2009 me pre jubilaron muy a mi pesar. En la actualidad estudio programas de tratamiento de imagen. He escrito varios guiones de cortometraje y realizado el que se llamó “ Incomunicado “, tengo otros en proyecto. Soy muy crítico conmigo mismo y con lo que me rodea. Soy autor de las novelas “El Bosque de Euxido” y "Esclavo Siglo XXI publicadas en Ediciones Atlantis. También me gusta escribir prosa poética. Me he propuesto seguir escribiendo novela.

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