De Mecanos y otros juegos de ingeniería genética y armas biológicas. Por José Antonio Marín Ayala

 

Uno de los primeros mecanos, el juguete que inventó Frank Hornby

 

“El más grande de los mecanos, el mecano genético de los virus y bacterias no deja de ser un mero juego de niños frente a lo que es capaz de hacer con él el perverso…ser humano”

Soy, sociable leyente, un superviviente de la generación del «baby boom»; ya sabe usted, la de esa numerosa masa humana que el gobierno no sabe cómo torear para no dejarle su merecida pensión que, en mi caso particular, ronda ya las cuatro décadas de cotizaciones ininterrumpidas. Bien es cierto que el bicho chino este de marras la tiene en su punto de mira y esto le está viniendo como anillo al dedo al gobierno en esta necesaria para ellos tarea de limpieza social. Es, a diferencia de la «generación X o de la llave» a la que pertenecen los mayoría de los políticos que nos desgobiernan, la de aquella pléyade de niños fruto de las ganas locas de las parejas de antaño por repoblar con carne joven los hogares, muchos de los cuales habían quedado asolados por el baldío sacrifico de millones de jóvenes que marcharon al frente de la Segunda Guerra Mundial.

Mi infancia transcurrió feliz en el ambiente franquista de aquella época. A pesar de lo mucho que censuran ahora aquellos tiempos los que tienen mi edad, los niños de entonces éramos, en general, ajenos a lo que acontecía en aquella sociedad, eran más bien los adultos los que la sufrieron. Recuerdo que cuando llovía, algo especialmente relevante en el sur peninsular, la señorita Luci hacía un parón en nuestras actividades escolares y nos dábamos al ocio que nos brindaban unos juguetes que tenía para tal ocasión en un armario. Es posible que a los niños del norte les ocurriera algo parecido las pocas veces del año que hace bueno. El caso es que la buena de la señorita Luci extraía de una maleta una colección de piezas metálicas de colores que se unían mediante tuercas y tornillos, un entretenido juego infantil que sirve de inspiración a este artículo.

Frank Hornby, a la sazón inventor, político y hombre de negocios británico creó, en 1901, un artilugio recreativo que patentó con el nombre de «Meccano», palabra que deriva de la griega «mekhane» y que literalmente significa máquina. Los doctos representantes de la Real Academia de la Lengua Española no se calentaron mucho la cabeza con este extranjerismo, así que le quitaron una c y la incorporaron a nuestra idioma como «mecano», término que define a un juguete a base de piezas, generalmente metálicas y armables, con las que pueden componerse diversas construcciones. Palabras tan comunes en nuestra tecnificada sociedad como mecánica, mecanismo, mecanización o incluso mecanografía tienen el mismo origen etimológico, aunque nada tienen que ver estos términos con «los mecanos» (de nuevo le ruego, inteligente leyente, que no los confunda con el famoso grupo musical) que son los naturales de La Meca, la conocida ciudad de Arabia Saudí y lugar de nacimiento del profeta Mahoma, fundador del islam.

Pero aun cuando el bueno de Hornby patentara su invento a principios del siglo pasado, el ser humano se ha servido del mecano de las cosas que ha tenido a mano a lo largo de los tiempos. Se han hallado en Israel y Argelia una suerte de rudimentarios mecanos en forma de collares y brazaletes formados por cuentas de conchas marinas, con perforaciones que fueron llevadas a cabo con algún punzón, y que cuentan con una antigüedad que oscila entre los 90000 y 100000 años.

El ser humano, desde su más tierna infancia en la Tierra, ha estado sirviéndose de los objetos que le rodean, no solo como trivial pasatiempo o talismán que simbolizaran su poder, riqueza o estatus, sino también, y sobre todo, como una provechosa forma de actividad productiva a la que hemos convenido en denominar tecnología, otro término de origen griego formado por las palabras «téchnē» (que bien podría ser traducida por destreza) y «logía» (el estudio de algo). De esta manera, sirviéndose de un trozo de resistente madera y de la adecuada piedra a su alcance, o también del robusto hueso de un gran animal, con que afilarlos y darles una forma apropiada, tras ensamblar estas piezas a modo de mecano ayudándose de una resistente liana, al primitivo cazador recolector el resultado debió suponerle un notable avance tecnológico para llevar a cabo tareas tan cotidianas y necesarias en su día a día como rebanar la carne de sus presas, o también para machacar los huesos que alojaban el comestible tuétano en su interior.

Esta etapa paleolítica duró casi tres millones de años, y ciertamente casi podríamos asegurar que transcurrió de forma apacible para los cazadores recolectores, justo hasta que nos visitó el temido… meteorito. Tras superar solo algunas formas de vida la durísima prueba que impuso la Madre Naturaleza a la Tierra durante esa última Edad de Hielo, acontecida hace 12000 años a consecuencia del enorme pedrusco que se precipitó del cosmos sobre su superficie, y en la que los enormes glaciares de los polos avanzaron tierra adentro cubriendo la mitad de América del Norte, Europa, América del Sur y muchas partes de Asia, no resulta nada descabellado aventurar que los astutos genes de algunas plantas y animales decidieran manipular, ahora que había entre los seres vivos un perfecto chivo expiatorio del que valerse, a los ingenuos humanos dejándose domesticar por ellos. La recompensa a este aparente sacrificio habría sido garantizarse una mayor protección frente a estos periódicos eventos catastróficos para así poder replicarse más fácilmente una y otra vez, pues, a fin de cuentas, eso y solo eso, es lo que persigue todo gen egoísta que conforma el cuerpo de cualquier ser viviente. Esta estratagema tendría la positiva contrapartida de hacerle creer al incauto manipulado que teniendo tan a mano algunos de los seres vivos tan necesarios para su manutención no tendría necesidad de salir a los ahora peligrosos caminos de Dios a esperar pacientemente durante horas a que una presa cayera en la trampa o en ir a buscar por todos los rincones las frutas, bayas y hortalizas silvestres que encontrara esturreadas por ahí. Las actividades al aire libre y sin fronteras del cazador recolector, pues, mutaron a una más sedentaria actividad agrícola y ganadera, que de agradable y placentera tenía bien poco. Esta nueva situación le obligó a abandonar los abrigos naturales que le brindaban las oquedades del terreno y servirse de nuevo del mecanismo de unir piedras y ramas para esta vez construir las primeras viviendas en asentamientos fijos, casi siempre cerca de ríos y de abundantes pastos donde poder saciar el apetito de sus nuevos dueños. Con el mecano de la construcción, usando materiales cada vez más resistentes, los seres humanos explotaron esta forma de guarecerse de las inclemencias meteorológicas mejorando su calidad de vida con viviendas más confortables y duraderas. Tuvieron tanto éxito en esta estática sociedad que con ello se dio nacimiento al prestigioso, y rentable, oficio de la arquitectura.

Esta nueva forma de vida fue un verdadero imán para trashumantes humanos amantes de lo ajeno, seres genéticamente poco o nada predispuestos para el trabajo, y que podían perfectamente sobrevivir beneficiándose del esfuerzo los demás, lo que daría inicialmente origen a correrías esporádicas en busca del pillaje, y más tarde a guerras perfectamente organizadas para arramblar con todo. Nuestros ancestros debieron pensar que estando unidos con otros esclavos atados a la tierra tendrían acaso más probabilidades de repeler a los ladrones que viviendo en solitario. Así nacieron las aldeas, y más tarde las ciudades, y para organizarlo todo se creó la civilización, con su jerarquía social, sus ritos y sus leyes. Y todo pueblo o ciudad que se preciara se valió de otras inmensas piezas de mecano, piedra sobre piedra unidas por argamasa, para construir férreas e ingeniosas defensas amuralladas que daría lugar a un conjunto de especialidades tecnológicas bajo el genérico nombre de ingeniería.

La más estrecha y numerosa convivencia ahora entre seres humanos de distintas familias hizo más fácil la propagación de enfermedades infecto-contagiosas. Estos oportunistas seres microscópicos, cuyos genes persiguen también su réplica en otras máquinas de supervivencia, tenían a las poblaciones de humanos hacinadas en las grandes ciudades por una suerte de apetecible placa de Petri sobre la que propagarse fácil y rápidamente.

Las rocosas murallas y sus parapetos protegían a sus defensores bastante bien de los ataques con proyectiles mecánicos y asaltos armados, pero para que la acción a distancia de los asaltantes superara los límites impuestos por las leyes de la mecánica y de la gravedad la inventiva humana emulaba lo que la Madre Naturaleza, por puro azar, hacía cada cierto tiempo con el ser humano: desatar y propagar enfermedades. Muchos de estos virus y bacterias se transmitían fácilmente de persona a persona, por lo que el uso de flechas emponzoñadas en la punta, el envenenamiento de la comida y las aguas, o la introducción mediante catapultas de patógenos al otro lado de las murallas sirviéndose de cadáveres infectados fue el comienzo de la guerra biológica, tan antigua como la vida misma. El ataque más antiguo con este tipo de armamento está registrado en unos textos hititas de hace 3500 años, donde se relata que personas infectadas con la peste eran conducidas por delante del ejército invasor camino de tierras enemigas. Aníbal Barca, el general cartaginés que solo perdió una batalla contra Roma durante los 14 años de lucha que mantuvo contra este invencible enemigo, se sirvió de recipientes de arcilla con serpientes venenosas para lanzarlas a los barcos romanos durante las guerras que mantuvieron contra ellos, allá por el 184 a.C.

Se tiene constancia también de que los ejércitos romanos, a pesar de su superioridad numérica, táctica y tecnológica, emponzoñaban las fuentes de agua potable que abastecían a las ciudades con humores de enfermos de cólera, peste o lepra, con la innoble finalidad de provocar enfermedades en la población civil adversaria, como está documentado que hizo, allá por el 130 a. C., el comandante romano Manio Aquilio.

Esta delictiva actividad no decayó en modo alguno durante la larga Edad Media. En 1346, cadáveres de guerreros mongoles que murieron de peste fueron lanzados sobre las paredes de la ciudad de Kaffa, hoy Feodosia, una ciudad portuaria situada en la Península de Crimea, Ucrania, y se tiene serias sospechas de que esta acción pudo haber sido el detonante de la llegada de la peste negra a Europa. El último ataque conocido donde se usó cadáveres con peste como arma biológica data de 1710, cuando las fuerzas rusas atacaron a los suecos arrojando cadáveres infectados con peste sobre las paredes de la ciudad de Reval (Tallin).

Los conquistadores europeos llevaron a poblaciones de nativos de otros continentes, a veces forma intencionada y otras de modo inadvertido, la sífilis, la gripe, la viruela, el cólera y el tifus. Está documentado que durante el siglo XVIII fue usada esta arma biológica a base de viruela contra los nativos americanos por parte de los racistas ingleses. El 16 de julio de 1763, el comandante Jeffrey Amherst escribía una misiva a su subordinado, en cuya posdata decía:

«P.D. Hará bien en intentar inocular a los indios por medio de cobijas, así como intentar cualquier otro método que pueda servir para extirpar esa execrable raza. Debería yo estar muy orgulloso de que su esquema para cazarlos con perros surtiera efecto…».

Como era un recurso barato, amén de fácil de obtener y emplear, los propios norteamericanos se valieron de este método de exterminio para saldar sus propias cuentas durante su Guerra de Secesión Estadounidense.

En 1865, el fraile agustino católico de origen austriaco Gregor Johann Mendel, entreteniéndose en su jardín, entre misa y misa, con el mecano biológico de cruzar semillas de guisantes de diversas formas y colores, enunció las leyes de la herencia genética, lo que permitió explicar cosas tan raras como que un miembro familiar exhibiera un espectacular color de ojos azules, coloración tan diferente a los demás que nadie en su genealogía recordara haberla poseído ninguno; aun cuando sean recesivos, estos genes se transmiten de generación en generación y al cabo de muchas de ellas aparece su fenotipo cuando menos lo espera nadie.

Con el método del ensayo-error de la selección de las especies, los humanos consiguieron mecanos vegetales más resistentes a los pulgones, frondosos y productivos. Igual sucedió con los animales, creando de inofensivos y domesticados perros verdaderos demonios emplumados.

Durante las dos guerras mundiales se realizaron numerosos experimentos con armas biológicas que se usaron para atacar a los soldados y a la población civil. América no solo fue una nación receptora de agentes infecciosos, también empezó a importar al mundo alguno de los más letales. Durante la Primera Guerra Mundial, Alemania se había dotado de un ambicioso programa de guerra biológica, aunque al final sería ella la que sufriría más que nadie en sus carnes la pandemia de uno de estos seres letales: la «gripe española», una afección tan terrible exportada por los soldados yanquis desde un cuartel de Kansas, que provocó en las filas germanas una mortandad tal que le obligó a pedir el armisticio incondicional. Los defensores escandinavos hacían también sus pinitos con los bichitos en esta guerra, colocando, en 1916, ampollas de ántrax en los establos de los caballos rusos.

Aunque con la firma del Protocolo de Ginebra de 1925 se prohibía definitivamente el uso de las armas químicas y biológicas, el pacto no decía nada acerca de su producción, compraventa o transferencia, por lo que las probaturas con estos microorganismos continuaron. El eufemístico Departamento de Prevención Epidémica y Purificación de Agua del Ejército de Kwantung, tristemente conocido como la «Unidad Japonesa 731», con base en Pingfan, en la China ocupada por Japón durante la Segunda Guerra Mundial, realizó experimentos con armas biológicas sirviéndose de prisioneros y usándolas posteriormente contra China. Entre 10000 y 40000 personas murieron en sus clínicas por la exposición a sus agentes biológicos, y entre 200000 y 400000 en el exterior de sus instalaciones. Este siniestro «Escuadrón 731» fue uno de los muchos destacamentos usados por las Fuerzas Armadas japonesas para la investigación sobre agentes biológicos para la guerra. En 1940, el Ejército Imperial Japonés bombardeó Ningbo con bombas de cerámica llenas de pulgas infectadas con la peste bubónica.

Finalizada la segunda de las contiendas mundiales, y en respuesta a la actitud experimental de Japón, los Estados Unidos, el Reino Unido, y Canadá iniciaron un programa de desarrollo de armas biológicas con base en la tularemia, el ántrax, la brucelosis y la toxina de botulismo. Hasta un millar de científicos llegaron a trabajar en la investigación de armas biológicas durante los años 50 en el Fuerte Detrick, una instalación del Comando Médico del Ejército de los Estados Unidos situada en el estado de Maryland.

China y Corea del Norte acusaron a Estados Unidos de pruebas a gran escala con armas biológicas durante la Guerra de Corea, acontecida entre 1950 y 1953. Cuba se sumó a las protestas acusando a los EE.UU. de esparcir enfermedades humanas y animales en la isla.

A pesar de que en 1972 se firmó la Convención de Armas Biológicas, que pretendía poner fin a tan infame práctica, la idea duró bien poco, pues solo un año más tarde, en 1973, los investigadores Stanley Cohen y Herben Boyer consiguieron trastocar el mecano genético de un ser vivo y transferir por vez primera genes ajenos al propio material genético de determinadas bacterias. Se abría paso con fuerza la ingeniería genética, sin más limitaciones para alterar los dientes de la cremallera del ADN de los organismos vivos que la escasa ética moral que mostraran sus siniestros practicantes. Las bacterias que desde entonces tienen gran interés militar en Fuerte Detrick son el ántrax, el botulismo, la brucelosis, la peste, el tifus y las esporas del tétanos, así como otras 20 toxinas procedentes de serpientes, setas, escorpiones y de las algas más peligrosas existentes. Allá por 1979, Rusia ya disponía de armas para desatar una guerra biológica a escala mundial. Se supo que estaba desarrollando armas biológicas en Sverdlovsk cuando, tras una explosión fortuita, 40 personas murieron de ántrax.

A los países que han firmado la Convención de Armas Biológicas se les permite la investigación y producción de determinadas cantidades de ellas con un fin estrictamente defensivo, concepto este que cada país interpreta y justifica a su manera cuando decide utilizarlas. A diferencia del armamento convencional, incluso del radiactivo, las armas biológicas se pueden preparar y almacenar en laboratorios pequeños que pasan desapercibidos a todo control, además de que son de fácil manejo: basta con diseminar pequeñas cantidades del agente biológico para que ocasione una epidemia; además, son de bajo coste de producción y desarrollo, ideales para los «agentes no estatales», eufemismo usado para referirse ahora a los terroristas. Por último, y no menos importante, el poder mortífero de este tipo de armas, y sobre todo los recursos sanitarios que se necesitan para hacer frente a los infectados, puede llegar a ser mucho mayor que el ocasionado por las armas tradicionales y nucleares.

Durante la Guerra Fría, objetores de conciencia de EE.UU. fueron usados como «sujetos de prueba voluntarios» (otra forma políticamente correcta de decir cobayas) para experimentar con agentes biológicos en un programa conocido como «Operación Batablanca».

Ya sabe usted que, a diferencia de los virus, las bacterias son susceptibles de eliminarse empleando ciertos antibióticos. Científicos rusos del centro de armas biológicas Biopreparat, que también juegan a esto del mecano de los genes bacterianos quitando uno aquí y poniendo otro allá, han conseguido que una cepa de Yersinia pestis, la causante de la peste negra, sea resistente a 16 antibióticos distintos.

Los americanos no se quedan a la zaga en cuanto a su contribución a perfilar la figura del Anticristo. La bacteria Clostridum botulinum, causante del botulismo y de la que se sabe que un gramo de su toxina puede matar a 10 millones de personas, tiene su talón de Aquiles en su condición anaeróbica, por lo que muere en presencia de oxígeno; pero los astutos yanquis han logrado transferir el gen que sintetiza su toxina a la bacteria Escherichia coli, abundante en nuestro intestino, la cual no le afecta para nada este gas tan abundante en la naturaleza.

Pero si acaso piensa usted que esto es a lo máximo que han llegado los ingeniosos ingenieros genéticos, trastocando parte del mecano del ADN, se equivoca de parte a parte. Su penúltimo macabro plan pasaría por servirse de una bacteria beneficiosa y abundante en nuestro organismo a la que primero se le introducirían genes inmunes a los antibióticos; seguidamente se podría elevar su resistencia a los ácidos gastrointestinales para conseguir su rápida proliferación en las tripas del infectado; también se le podrían introducir genes de otros microorganismos para que sintetizaran toxinas, o incluso un anticoagulante; y finalmente se le podría insertar un gen que la hiciera más invasiva y así pudiese pasar fácilmente del intestino a otros tejidos del organismo. Esta «bacteria recombinada» podría sortear todos los mecanismos de defensa del cuerpo y ser potencialmente mortal.

Puesto que los bichos se anclan a las células mediante ciertos receptores que crea el organismo, otro interesante campo en el que trabajan denodadamente estos muchachos, muchachas y «muchaches» es en descubrir en sujetos viejos y jóvenes, en las etnias humanas o en los grupos sanguíneos, los genes que predispongan al cuerpo a padecer su ataque, lo que conduciría a sintetizar armas biológicas a la medida de cada uno.

Según los expertos, las toxinas recombinadas genéticamente, resultado de aislar los genes de microorganismos patógenos, de cortarlos y de hacer combinaciones distintas para encontrar cepas más eficaces, acelerando así la propia evolución de la bacteria, el summun del juego del mecano genético, son las armas biológicas que más posibilidades tienen de ser empleadas, puesto que su aplicación y sus métodos de producción mediante la ingeniería genética son de fácil aplicación y de bajo coste.

Los científicos militares han demostrado que los aerosoles son la forma más sencilla de dispersar el agente biológico entre la población, de tal manera que cada vez que se logra controlar un brote se puede de nuevo depositar en otro lugar cepas modificadas genéticamente más virulentas dispersándolas desde el aire, (hay que recordar que la gripe estacional la diseminan por el mundo cada temporada las aves migratorias) o también mandarlas adheridas a los numerosos productos de consumo que pedimos por internet y nos llegan directamente a casa casi sin intermediario alguno.

Paradójicamente, uno de los grandes problemas que presenta este tipo de armas es el desconocimiento que los propios científicos tienen de los resultados de la aplicación de la ingeniería genética en este campo. Es como un doctor Frankenstein ensamblando, mediante un mecano de órganos, un monstruoso Adam que en cualquier mínimo descuido se le puede escapar de las manos tomando vida propia.

Las armas biológicas tienen una clara ventaja con respecto a las nucleares convencionales, y es que pueden destruir a las personas dejando intactas las infraestructuras, aun cuando la contaminación microbiológica pueda permanecer latente durante décadas (la bomba de neutrones es la única que podría competir con ellas en este sentido). Sería una forma limpia de hacer desaparecer el género humano de la faz de la Tierra y dejar este mundo en manos de otros seres vivientes menos interesados, rencorosos y estúpidos.

Con todo lo dicho hasta ahora, si usted todavía no se ha caído (con perdón) de la burra sobre el quid de todo este asunto, ya va siendo hora de que lo haga. Cuando los japoneses fueron derrotados en la Segunda Guerra Mundial y desalojados de China, sus nutridos laboratorios de armas biológicas quedaron a buen recaudo en manos de los chinos, los cuales debieron sacarle buen provecho. China, desde entonces, ha trabajado por dejar de ser la cenicienta de los países que lideran el mundo, gobernada durante su reciente historia por ingleses, rusos y japoneses.

La doctora Li-Meng Yan, viróloga que trabajó en la Escuela de Salud Pública de Hong Kong, define al SARS-CoV-2, virus que provoca la pandemia conocida como Covid-19, como «un arma biológica sin restricciones». Li-Meng Yan y su equipo refutaron la posibilidad de que el SARS-CoV-2 fuera fruto de la evolución natural y defendieron que es el resultado de una modificación genética llevada a cabo en un laboratorio. Tras analizar en profundidad los datos disponibles y la literatura existente, la doctora Meng Yan dice que se puede demostrar que estos «nuevos coronavirus animales no existen en la naturaleza y sus secuencias han sido fabricadas […] Es un producto modificado en un laboratorio que se puede crear en aproximadamente seis meses utilizando un virus modelo propiedad del Ejército Popular de Liberación chino […] Por lo tanto, consideramos el SARS-CoV-2 como un arma biológica no restringida, y la pandemia actual es el resultado de una guerra biológica. Además, sugerimos que se lleven a cabo investigaciones sobre el gobierno y las personas sospechosas, y que los responsables rindan cuentas de este brutal ataque contra la comunidad mundial», concluye.

Aunque muchos bienintencionados «ecologistas de salón» piensen que la pandemia que estamos padeciendo está ocasionada por la ciega mano de la Madre Naturaleza, erudita donde las haya, la triste realidad es que en sus manos la alteración del más grande de los mecanos, el mecano genético de los virus y bacterias no deja de ser un mero juego de niños frente a lo que es capaz de hacer con él el perverso…ser humano.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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