El error Uclés. Por Diego Pardos 

El error Uclés.

«Hemos de verle en más saraos (¿los premios Goya?) antes de que su fugaz llama se extinga, sus luces se apaguen, ya convertidas en ceniza y pavesas renegridas»

 El historiador del arte Manuel Ruiz Zamora, en un artículo publicado ayer en The Objective habla de “esa figura a ratos grotesca y a ratos irritante que es el escritor David Uclés”. Cuya obra “es algo que, para cualquiera que disponga de una mínima seriedad para apreciar la gran literatura universal, resulta irrelevante a todos los efectos”. Por tanto la crítica se centra en el personaje y en lo que significa todo el circo -calculado- que se ha levantado en torno a su polémica salida a escena. Como Ruiz Zamora, no pienso perder un minuto en leer a tan siniestro “intelectual”. Alguien con mando en plaza se ha empeñado en aupar a David Uklés hasta el vértice de un tribunal guerracivilista, última actualización de las checas del pensamiento, más en consonancia con las Brigadas Internacionales que con el supuesto realismo mágico que preconiza. (Uno es más partidario, por otra parte, del realismo majico.) Y con el suficiente audacia como para cargarse unas jornadas de pensamiento y debate en Sevilla. Organizadas por Pérez-Reverte, fueron revertidas por él mismo a la nada ante las amenazas peligrosísimas de un ente indeterminado y vaporoso llamado “extrema izquierda”. 

 

El detonante es conocido: uno de los invitados -Uclés Vílchez- oportunamente cancela su augusto compromiso con Reverte si se mantiene el del expresidente Aznar y el de Espinosa de los Monteros. (Celebro ahora haber sido lector de un solo libro del famoso académico, “La sombra del águila”, pues me sirvió de repelente para no repetir.) Tuve entre mis manos, en una librería y hace ya tantos meses que sospecho pudo ser la primera edición, “La península de las casas vacías” y sólo pasé de un hojeo superficial, donde ya noté alguna cosa rara y dejé el tocho en la bien situada mesa, como corresponde a una buena promoción editorial. No iba yo a imaginar que ese pesado libro sirviera a su autor para blandir la pluma de la mala leche de manera tan descarada y tan notoria, pues el asunto Uclés es un fenómeno tan inexplicable como explicado. Que servirá, por otro lado, para darnos la turra con la reciente obra, premio Nadal a la sazón. 

 

Aunque yo me pregunto si este fenómeno llega ya forzado, si llega ya tarde para dividir las dos Españas, como la brecha proyectada para la explanada del Valle de los Caídos y no va a servir sobre todo para que unos ponderen al iluminado y otros lo denigren. ¿Se va agrandando la lista de los segundos o es cosa mía? Por mi parte, vencida mi inicial tentación de escribir sobre el joven David, he decidido sumarme a la barbaridad de reacciones, columnas y comentarios que por todos los medios circulan. Y como según dicen los lectores (menos Joaquín Sabina, su paisano) la obra del Deivid Hucles este es infumable hay que aplaudir que al menos nos divirtamos hablando del humilde barbón. 

 

Le hemos visto cantar en público, colorear bocetos del pintor Rafael Zabaleta, borrarse de una tertulia, recibir cuantiosos premios, encasquetarse gorras de campo y boinas parisinas chafando su abundoso y crespo cabello, o quejarse de que sus millonarias regalías no le daban para comprarse un pisito en Malasaña o dos en Jaén (y ya vamos teniendo una edad). Con las ventas del Nadal quizá pueda incluso mudarse a Chamberí y ser vecino de doña Isabel Díaz Ayuso. Y hemos de verle en más saraos (¿los premios Goya?) antes de que su fugaz llama se extinga, sus luces se apaguen, ya convertidas en ceniza y pavesas renegridas. Vamos, que David es el artista total, pues al parecer también toca el arpa como su tocayo Azagra toca el piano. 

 

Pero a ver, Uclés: hay cosas que te definen, actitudes imperdonables. El estilo no se compra, la elegancia no se imposta. Cualquier hombre de campo y de mesta, alguna vez, ha llevado con dignidad sujetos los pantalones con una cuerda negra de las de atar alpacas. Chico, lo que tú nos muestras es un cordel de envolver las empanadas de Pastelerías Mallorca. Y no me extraña. ¿De qué le serviría frecuentar Savile Row a quien no se viste por los pies? 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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