Cargándole el muerto a la vida. Por José Antonio Marín Ayala

Cargándole el muerto a la vida.

«Algunos osados apuntan a la mano del hombre para la plaga bíblica que sufrimos y esta no duda en cargarle el muerto… a la caprichosa vida»

Decía el insigne Paco Umbral que «escribir (esa pasión interminable, como tan bien la define mi mentor intelectual) es la manera más sublime de leer la vida». Igualmente cierto es que todo lo que nos rodea en el mundo existe para acabar convirtiéndose en un libro, y más cuando del «Libro de la Vida» y de los seres que la pueblan se trata. Y si el libro consigue llegar al ánimo del paciente leyente, entonces se convierte en una suerte de milagro que eleva a muchos escribientes al placentero trono de la felicidad.

La vida en todas sus manifestaciones, en especial los virus, bacterias y nuestros pares, nos ponen a prueba una y mil veces, y ni aun los más capaces escapan a su influjo. Decía el emperador Adriano, el hombre más poderoso de la Tierra en su tiempo, que podía contar con los dedos de una mano los días que había sido realmente feliz durante su mandato. La riqueza material y el poder terrenal que son continuamente amenazados por intrigas palaciegas o por amenazas venidas del exterior no son las mejores señas de identidad que caracterizan una vida plena. El concepto antrópico de «felicidad en la vida», fruto de una reacción neuronal tan ajena a los principios biológicos en los que sus células se sustentan, es tan difícil de definir como pedirle a un delfín su opinión crítica sobre la «Eroica» de Beethoven. La vida por definición es insegura y por eso mismo los animales, que no nosotros, están siempre al acecho ante cualquier peligro, estado de alerta que desaparecería y sería su sentencia de muerte si permanecieran relajados y felices. Aun así, en términos humanos podríamos definir la felicidad como una suerte de bienestar, y con eso es más que suficiente por el momento.

Conseguir la felicidad no es fácil. Algunos interesados nos quieren hacer creer que nosotros solos podemos ser felices, sin que intervenga influencia externa alguna. Vamos, como si no contara en esta importante ecuación de la vida cosas tan fundamentales como tener la suerte de ejercer el trabajo que siempre has soñado y que además te gusta, el mismo que te proporciona un salario suficiente para vivir desahogado y te permite disponer de un utilitario por el que moverte por el mundo, y hasta de una vivienda en la que formar un hogar y resguardarte algo de las amenazas de nuestro mundo. Hay muchas cosas que escapan a nuestro control y que pueden echar por tierra nuestra felicidad, como los riesgos a los que estamos expuestos durante toda nuestra vida, tanto antrópicos como naturales, las enfermedades (hereditarias o adquiridas), los achuchones para la salud derivados del estrés de esta alocada civilización y la amenaza constante de aquellos especímenes humanos que hacen de la violencia y la rapacería su única y cómoda forma de vida. Por tanto, podríamos decir que hay muchos momentos en la vida que la tristeza y la infelicidad se hacen presentes y debemos convivir con ellas y asumir de la mejor manera posible que esto es así, y punto.

Sánchez Dragó acuña el término «happycracia» para definir un estado, propiciado por nuestra sociedad capitalista y de consumo, que consiste en buscar, y mantener, de manera obstinada y continuada la felicidad. Y los que la padecen, que no son pocos, son tildados ahora de «happycondríacos», que serían los opuestos a los hipocondríacos, aquellos que no ven más que pesimismo en la vida y viven en la creencia de que el mal les acecha por todos lados.

Hay toda una pléyade de tipos que se valen de la ingenuidad de muchas personas y que se aprestan a editar libros de autoayuda por un tubo. Hacen un negocio redondo metiéndoles en el coco la idea perversa y equivocada de que «si tú quieres, tú puedes ser feliz». Lo interesante del caso es que, al igual que la paradoja de Aquiles persiguiendo a una tortuga a la que nunca da alcance, ninguno de los que siguen esta corriente consigue la felicidad plena, pues para ellos siempre hay algo nuevo a lo que aspirar para alcanzar este insustancial objetivo. Lo patológico no es que uno asocie la felicidad con el buen vivir (por Dios, eso es una bendición), sino la búsqueda obsesiva de esta meta. Pero la dura realidad es que la persecución infructuosa y perenne de la felicidad, de la que, repito, estos tipos dicen que solo depende de nosotros, está detrás de las más de 10 personas que diariamente se suicidan en España.

Como decía al principio, el resto del reino animal no goza, al menos que sepamos hasta ahora, de ningún estado emocional denominado felicidad. Aunque los numerosos humanos que habitamos este maravilloso mundo ocupamos todos los nichos ecológicos, los insectos y los microorganismos son mayoría. Y muchas de estas especies vivientes tienen durante su corta existencia la misión exclusiva de reproducirse continuamente, aunque sea en el cuerpo de otros seres vivos como nosotros; otras, en cambio, transitan por este mundo viviendo colectivamente y sirviendo a la que corta el bacalao, sin rechistar lo más mínimo, como es el caso de las hormigas o las abejas. Podríamos decir, parafraseando al gran biólogo británico Richard Dawkins, que son los genes egoístas que los seres vivos transportan en sus cuerpos los que buscan con ahínco perpetuarse en el tiempo.

Con independencia de la ideología que usted abrace, nosotros los humanos, como buenos egoístas que somos, exigimos a la vida una cuota cada vez mayor de energía para vivir más y mejor, y en consecuencia ser más felices, lo que inevitablemente nos arrastra a una situación que deja serias cicatrices en el planeta (por muy sostenibles que se pongan algunos en la tribuna de oradores); y aunque antaño las guerras, las hambrunas y las epidemias, como la que ahora nos azota, nivelaban algo la balanza de la superpoblación humana, el pacifismo (bendito sea, una y mil veces), fruto de un armamento nuclear que garantiza nuestra aniquilación mutua si a alguno de los chiflados que nos desgobierna le diera por pulsar el botón rojo, los fertilizantes (danos el pan nuestro de cada día, Señor, y perdona a aquellos que los demonizan por conducirse por el agua hasta nuestro Mar Menor cuando se desatan las gotas frías), esas sustancias químicas que se sintetizan en humeantes fábricas y que nos garantizan productivas cosechas mermando bastante el hambre en el mundo, y la teoría germinal del gran Pasteur (con la gloria de Dios en el cielo repose su bendita alma), que nos permite entender por qué enfermamos y ponerle remedio, como digo, estos tres elementos han dado al traste con cualquier control demográfico convencional humano. Por tanto, tenemos unos cuantos grandes problemas que parece que alguien se ha propuesto resolver por la vía rápida: la superpoblación humana, la limitación de los recursos energéticos y el siempre obsesivo dominio mundial.

Pero volvamos con lo que significa para muchos la felicidad. Hay personas en nuestra Sociedad del Bienestar, igual usted se encuentra entre ellas o quizá conozca a alguna, para las que el concepto de felicidad se basa en el trabajo diario y sin mesura, sacando incluso tiempo para horas extras hasta de debajo de las piedras. Los que basan su vida en esta actividad se pierden otras muchas pequeñas cosas que a otros los hacen felices, como pasear, leer, meditar, jugar con sus hijos, etcétera. E incluso hay quienes ponderan su felicidad en viajar, especialmente en el número de lugares visitados a lo largo y ancho de este mundo. Hay otros que habitan en otros lares y con otro tipo de civilizaciones, que ni siquiera tienen para llevarse un trozo de pan a la boca, y la felicidad para ellos cada día es conseguirlo. Y en otros rincones del orbe hay quienes no tienen más alternativa que someterse al trabajo continuado, y a bajo precio, impuesto por un estado opresor.

Todo el mundo sabe que hay dirigentes autoritarios que basan su gobierno en ideologías obsoletas y perniciosas para la felicidad que, paradójicamente, tienen una cierta base biológica. Algunos de estos regímenes han emulado la vida en colectividad de los insectos, y mientras haya humanos (si es que acaso fuera propio otorgarles este sublime calificativo) de los que valerse y cuya única meta en sus vidas sea trabajar para su empresa doce horas diarias, seis días a la semana, y así durante años hasta desfallecer y llegar a morir, los que vivimos a este lado de occidente y amamos la buena vida tenemos un serio problema. Como dice el poeta: «Entre esos tipos y yo hay algo personal».

Pero lo paradójico de este asunto es que muchos de ellos están entre nosotros, y son los que nos sacan de un apuro un domingo por la mañana, cuando en la ciudad todo está chapado y la parienta necesita el detergente de marras para poner su media docena de lavadoras; o cuando vas a morir a ellos para que te vendan un móvil a bajo precio con una calidad equiparable (o al menos eso te hacen creer) al caro cacharro de la manzanita de marras; o cuando entras en uno de sus oscuros locales para saborear uno de sus exóticos platos (porque a veces preferimos estos oscuros guisos a nuestros más sanos menús de nuestra mundialmente reconocida comida mediterránea), platos que vete tú a saber de qué están hechos y que igual sales de allí con una cagalera de mil demonios, o algo peor; o la de tantos miles y miles de productos que esos laboriosos seres producen, al igual que hacen las abejas obreras en una colmena con el polen, y que luego exportan al mundo. Materias que Occidente necesita, y de las que nos hemos hecho tan dependientes de ellos por sus bajos precios, que ahora mismo están provocando un serio problema de abastecimiento mundial de cualquier cosa de tipo tecnológico que a usted se le ocurra; y todo esto lo hacen para que sus empresarios se enriquezcan y, por ende, su Estado (que se define nada menos que comunista y capitalista a la vez-¿habrá acaso mayor perversión ideológica?) se convierta en la primera potencia económica mundial.

Cuando pase esta pandemia que nos azota y podamos viajarse sin restricciones (limitación a la movilidad que es una manera de cercenar la libertad de uno y, por tanto, su felicidad), le sugiero, amable leyente, que visite Venecia. Amén de que no hay ciudad en el mundo que se le pueda comparar en belleza y singularidad podrá contemplar con sus propios ojos quiénes son los que copan casi todos los viajes sobre las góndolas que navegan por sus canales (y le advierto ya de antemano que la tournée no es nada barata; para que un gondolero cantarín te sople cien pavos no tiene que esforzar mucho sus cuerdas vocales).

Como decía el genial Marcos Mundstock, orador y fundador de Les Luthiers, fallecido un 22 de abril del aciago «Horribilis Anno I de la Pandemia», «lo importante es el dinero, la salud va y viene». Y el dinero está detrás de los muchos tipos que deambulan por la vida, especialmente esos que carecen de escrúpulos y que son capaces de todo por amasarlo en suculentos fajos y, por su mediación, controlar a los demás. Muchos conspiranoicos se preguntan exaltados: «¿Acaso nos es desconocida la guerra comercial (que así se le llama ahora a la moderna contienda mundial) que los yanquis libran desde hace años con el heredero de Mao Zedong a cuenta de la delantera que les llevan con el puto 5G de marras, esa tecnología que promete revolucionar el Internet de las cosas; o qué decir de los otros campos tecnológicos, como la inteligencia artificial, la nanotecnología, la ingeniería genética, la carrera hacia la supremacía cuántica, la teletransportación, los misiles hipersónicos, la fusión nuclear, o la madre que los parió? ¿O es que los «expertos» financieros no nos venían advirtiendo desde hace tiempo que se avecinaba una nueva crisis, con los países europeos hechos unos zorros estancados en su economía, cuando no en clara recesión?».

Hay quienes al principio de toda esta historia se columpiaron generosamente afirmando que eran las antenas repetidoras del 5G las que estaban detrás del surgimiento del coronavirus chino, como si las ondas electromagnéticas pudieran crear de la nada un bicho de esta naturaleza, del que no se conoce cuántas mutaciones, a cuál más perniciosa, nos tiene reservadas (Los físicos pueden crear átomos de la radiación, sí, pero un bicho de estos tiene muchos miles de millones de átomos bien ordenados y se necesita una descomunal energía, y muchas carambolas cuánticas, para que se forme algo así).

Algunos especulan que quizá haya una explicación más simple a esta cuestión. Guillermo de Ockham, un fraile franciscano inglés que floreció en el siglo XIV, se devanaba los sesos intentando discernir cuánto de verdad había en los testimonios de los penitentes que se confesaban ante él. Y para no verse como el pobre asno de Buridan ante distintas soluciones a una misma confesión llegó a la inevitable conclusión de que «en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable». Y lo que dicen abiertamente algunos en ciertos foros internacionales es que hay una intención firme y clara de resetear el orden mundial, y hacerlo dependiente de la rica potencia emergente. Y para que no tengamos que preocuparnos por nuestra salud emocional, dicen que con estos nuevos amos, aunque seremos más pobres y apenas podremos viajar, en cambio vamos a ser…más felices.

Los más escépticos con la situación actual no se cortan un pelo afirmando: «Ahora resulta que, por nuestra mala cabeza, la vida es tan cruel con los humanos que nos condena a una nueva pandemia desatada por un murciélago infectado que se embauló un ciudadano asiático… «Y hemos de creer que, al igual que en pretéritos tiempos, este diminuto microorganismo, hasta hace poco inofensivo, ha sufrido una mutación genética y ha abandonado su hábitat natural para propagarse y multiplicarse entre los siempre apetecibles humanos. ¡Venga ya, hombre! A otro hueso con ese perro ¿Pero qué mierda de cuento chino es este?

De todo lo cual se colige que algunos osados apuntan a que tras el origen de esta plaga bíblica que sufrimos está la interesada mano del hombre; pero eso sí, como de pasada y con todos los honores, la susodicha no duda en cargarle el muerto… a la caprichosa vida.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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