
«Un país abandonado a su suerte. Una vez más. Desde el primer momento tuve la sensación de que nadie iba a hacer nada para evitar lo inevitable»
Andaban Juan y su suegro en una fría mañana, por este tiempo, podando las viñas y seleccionando unos bacillos para plantarlos, cuando oyeron voces, y levantando la vista hacia lo alto del cortado vieron venir corriendo al chico de Pascual, muy alborotado.
¡Vienen gentes de guerra! Gritó varias veces.
Quienes en las viñas y Olivares estaban, agarraron calabozos, zachos y horcas, y salieron corriendo hacia arriba, hacia el pueblo, por estrechos senderos entre paredes de piedra.
Al llegar a las casas ya estaban allí los soldados. Eran pocos.
Venían huyendo del ejército libertador. Estaban hambrientos, en el más amplio sentido de la palabra. Estaban sucios. Les apuntaron.
Otras gentes les atacaron por detrás, a los soldados, y todos a una, les dieron muerte.
Enseguida se apoderó de ellos la zozobra. Dos años antes, cuatro mil hombres vestidos con el mismo uniforme que aquellos, asolaron un pueblo no muy lejano, degollando, acuchillando, fusilando, violando, quemando, robando. Su general les ordenó escarmentar a la población, acabar con su rebeldía, sin miramientos, sin respetar nada.
La suerte estaba echada.
Aquella noche, Juan y su esposa se amaron entre besos, caricias y muchas lágrimas.
Al amanecer, con una manta y un costal con dos mudas, jamón, queso y pan, salió de la casa y delante de la puerta se despidió de los críos revolviendo sus cabellos con manos fuertes y ásperas. Dura despedida entre sollozos infantiles.Jamás regresó.
Otros corrieron mejor suerte.
Dijeron éstos, quienes volvieron, que tanto él como los otros que faltaron, hicieron un gran quebranto entre las tropas enemigas.
No retornaron a sus casas, pero cumplieron. Al año siguiente todo acabó.
Se llamaba Juan y era pariente de una de mis tatarabuelas.
Murió defendiendo lo suyo y lo de los demás, como tantos otros en tantas guerras.
Esto me lo contaba mi bisabuela cuando yo era chico, y también la angustia que sentía ella cada día que sus hijos estuvieron en el frente y en Madrid durante otra guerra. Una guerra quizá mucho más cruel que aquella, sangrienta y dolorosa como todas.
Viuda de militar asumió, al casarse, la suerte que podía correr su marido, pero no conseguía sobreponerse a la fatalidad que podía arrebatarle a sus hijos. Éstos, sus hijos, mis tíos abuelos, no gustaban de hablar de aquello.
Únicamente en algún momento de despiste o profunda melancolía, dejaban escapar algunos breves recuerdos.A un muchacho aficionado a las películas de guerra y del Oeste americano, con muchos disparos y aventuras, le costaba entender aquellos silencios, pero con el tiempo comprendió que revivir el haber sido fusilado delante del muro de un cementerio y haber salvado la vida por un verdadero milagro, no es cosa que todo el mundo sea capaz de soportar.
Anoche, al regresar a casa, algo más temprano de lo habitual, al pasar por delante de la librería que me surte del material de distracciones y sueños, me dio por entrar a saludar al librero. Había poca gente, era tarde. Una cliente estaba comprando un libro sobre Rusia y Ucrania.
Al leer el título y mientras la señora esperaba a que le cobrasen, entablé con ella y el dependiente una breve conversación. Hay quien tiene interés por conocer qué es lo que está sucediendo a tres mil setecientos kilómetros de aquí y los motivos. Las ventas se han disparado en los últimos días.
Ese libro fue puesto a la venta ayer. Las oportunidades se aprovechan o el pájaro vuela.
Durante semanas hemos visto a uno de los ejércitos más poderosos del planeta preparándose para iniciar una invasión. Una actividad encaminada a acabar con un gobierno legítimo y con quienes lo apoyan.
Un país abandonado a su suerte. Una vez más.
Desde el primer momento tuve la sensación de que nadie iba a hacer nada para evitar lo inevitable. ¿Era inevitable? Una hormiga contra un elefante no tiene muchas opciones, pero un elefante contra otro, sí.
Me pareció que los gobiernos occidentales habían decidido que el ucraniano debía dejarse arrebatar una parte importante de su territorio. Al fin y al cabo qué más da. Qué importan las gentes, las industrias, las fronteras, las leyes.Occidente está enfermo, está podrido.
Rusia está gobernada por un hombre despiadado, sin escrúpulos, cruel, sanguinario, capaz de matar a su propia familia, como cualquiera de los agentes del antiguo Komitet gosudárstvennoy bezopásnosti, el Comité para la Seguridad del Estado, la antigua KGB soviética.
Pero el mundo libre parece haber olvidado cómo eran y actuaban aquellos agentes. Quienes no lo han olvidado son quienes vivieron bajo la bota soviética.
Con un asesino no se puede dialogar, negociar. Lleva la muerte en la sangre. Se le «fabricó» para eso, exactamente igual que a los terroristas islámicos o a cualquier otro asesino ideológico o religioso. Y aquí no lo comprendemos.Vivimos instalados en el Happy Flower, en un mundo de color verde y rosa, en el «todo el mundo es bueno«. Miles de millones de euros dedicados a analizar y diseñar estrategias energéticas, industriales y ecológicas que se caen a la primera de cambio.
¡No a la guerra! Como si la guerra desapareciera por arte de magia. Negamos la realidad.
Se ha perdido la conciencia de la realidad.
No nos importa la muerte de inocentes. Están muy lejos. Y al fin y al cabo aquí tenemos leyes que permiten otro tipo de muerte de también inocentes. Qué más da si exterminan a miles a miles de kilómetros. Si nos molestan las imágenes apagamos la televisión y santas pascuas, o cambiamos de canal y vemos cualquier porquería de las muchas que televisan.
El Mundo le ha dado la espalda a una nación.
Reuniones, llamadas, videoconferencias, miles de páginas relatando lo que sucede en tiempo real, para nada, para dejar morir a personas que tenían hijos, padres, parejas, y que vivían exactamente igual que nosotros, preocupados por tener trabajo y ser felices.
No tenemos perdón. Pagaremos por ello. Es cuestión de tiempo. Llegará. Nos tocará a nosotros. Nadie hará nada.

