Mario. Por José Antonio Marín Ayala

Es domingo el día perfecto para el encuentro con la lectura en el que iniciamos la publicación de los relatos de José Antonio Marín Ayala, que dará vida semanalmente a una serie de historias que no os dejarán indiferentes. Vividas, sentidas y que no deben ser encerradas con llave en ese triste “cajón de lo que algún día saldrá”. También contaremos en cada una de ellas con la colaboración de Tano, él nos realizará la ilustración. Hoy, comenzamos con la primera. Se titula Mario.

Cuando uno se encuentra en el trance entre la vida y la muerte, los que por el han pasado retornaron con un recuerdo de luz: dicen que caminas por un túnel de pensamientos, donde ves a quien dejaste en el peor momento, y afirman que no es sumergirte en la pena, no es sufrir desaliento, es vivir de otra forma y la felicidad te inunda dentro.

Se puede amar tanto,

que el día solo exista, que la noche sea llanto

Se puede amar tanto,

que oportunidad en vida, quede en muerte esperando.

Se puede amar tanto,

que José Antonio nos lo cuenta, como solo sabe contarlo

y se ilustra con los ojos de nuestro querido Tano.

Una historia verdadera,

Es magistral, le damos paso…

MMB

Mario. Ilustración de Tano

Mario

I

—Siete por cinco treinta y cinco y me llevo tres…

Tras toda una mañana peleando con la maraña de números de aquel puñado de folios hizo una breve pausa en aquella odiosa contabilidad. Se quitó las gafas, se frotó sus doloridos párpados y se echó a reír para sus adentros. Le había venido a la cabeza el chiste que su amigo Laureano le había contado la tarde anterior, cuando charlaban amigablemente, como cada día, en uno de los bancos del jardín del barrio. La ocurrencia venía a propósito de un mediador que había ido a comprar varias decenas de ovejas a la finca de un ganadero. Cuando separó en el corral las que más eran de su agrado se dispuso a hacer la cuenta de lo que tenía que pagarle al honrado esclavo de los animales. Sacó de su bolsillo una hoja de papel y un BIC y comenzó diciendo: —Bueno, como me llevo 58 ovejas merinas y el precio que hemos convenido para cada una es de 80 euros, voy a calcular cuánto tengo que pagarle.

Y se dispuso a sacar la cuenta garabateando con el boli sobre el papel la multiplicación, a la vez que susurraba: —Ocho por ocho sesenta y cuatro y me llevo seis…

El ganadero, analfabeto para más señas y menos aún versado en dos de las cuatro reglas aritméticas fundamentales, cuando oyó aquello saltó como un resorte del tocón donde se hallaba sentado y lo interrumpió. —¿Quize que vacé osté? ¿Que se lleva seis? Y una mierda. D’eso ná.

Asiendo con su huesuda mano el lomo de una de las ovejas la levantó en alto y se la ofreció al sorprendido comprador, y extendiendo la palma abierta de la otra, le dijo: —Tome. Una oveja. Suelte ochenta «uros»…

Y solo así, mediante este antiguo e inequívoco método del trueque, accedió a vender su preciada mercancía.

Ese era el oficio de Mario, calcular y más calcular, revisar los libros contables de los clientes, analizar las ganancias y sus gastos, redactar informes sobre el estado financiero de sus clientes y determinar con guarismos, acá y acullá, las horas, facturas y compras de los negocios de las empresas que gestionaba.

Mario, de condición tranquila, gustaba saborear esas pequeñas cosas que nos regala la vida: la música culta, la lectura, los paseos y la conversación amena y reposada con sus amigos. Frisaba ya setenta primaveras y la ocupación de contable le había robado sus cuatro últimas décadas. Trabajada como empleado para una asesoría a jornada completa con un sueldo que le llegaba justo para vivir bien, sin lujos, en un pisito de cincuenta metros cuadrados en propiedad pegado al Mercado Central. El esquinazo sur del edificio renacentista le robaba los dorados efluvios del astro rey, deficiencia vitamínica solar que él recuperaba a eso del mediodía durante sus garbeos al aire libre, tras una frugal comida y una hora antes de picar de nuevo en la oficina. Mario era de complexión enjuta y de joven adornaba su cabeza una abundante cabellera que intentaba domar a su derecha vera valiéndose de un cepillo de púas que le dejaba la indeleble marca de una raya al otro lado. Pero de eso hacía ya tantos años que ahora ya no le quedaba vestigio alguno de pelambre. El verde iris con trazas color miel de sus ojos ciertamente resultaba atractivo, y era opinión generalizada de todo aquel que lo había tratado que su mirada denotaba un cierto embrujo; pero sobre todo tranquilidad y nobleza. Salvo la compañía que le procuraban Lulú, la gatita de Angora que había rescatado de las aguas del río cuando un malnacido la había tirado nada más nacer, y Pencho, el lorito parlanchín que había comprado en la tienda de mascotas que había frente a su casa, Mario vivía solo. Lucrecia y Noelia habían dejado un hondo vacío en su vida. De eso hacía ya cuarenta largos años.

Todas las tardes, tras el trabajo, Mario se encaminaba hacia el camposanto y se reunía con ellas. Allí se sentaba frente al pequeño nicho donde reposaban. Y como cada tarde les contaba la rutinaria jornada laboral de la gestión económica de las numerosas empresas que atendía. Como cada tarde piropeaba a su esposa, le decía lo guapa que estaba y le preguntaba cómo había pasado el día la niña. La imaginaba cada día con un vestidito nuevo tejido por las finas y blancas manos de Lucrecia, porque todos los que todavía yacían en los cajones del armario de su alcoba los había confeccionado ella antes del alumbramiento, siguiendo la tradición familiar que había mamado de su difunta madre, a la que siempre se la podía encontrar en casa haciendo ganchillo.

Mario seguía profundamente enamorado de su esposa. Cada catorce de febrero le llevaba un ramo con doce espléndidas rosas rojas; y otro cada veinte de julio por su cumpleaños; y todos los veintitrés de septiembre le ofrecía una rosita blanca a Noelia, flores que dejaba junto a la lápida cuando le obligaban a marcharse de allí. Esa tarde Mario le contaba con viva ilusión lo que había pensado hacer para cuando le dieran las vacaciones de verano. En un agreste rinconcito de la sierra, junto a un manso riachuelo, por recomendación de su amigo Laureano había descubierto un camping donde plantar durante unos días la tienda de campaña. Había visitado el lugar varias veces e incluso había dado un anticipo para reservar la parcela del camping. Allí podrían disfrutar de la naturaleza los tres juntos. No sin cierto sonrojo, Mario también le confesó a Lucrecia que su jefe había contratado a una atractiva administrativa. La chica era muy guapa y llevaba dos años separada; esa tarde se propuso tirarle los tejos a Mario cuando supo de su viudez, pero como el fiel amante que era le confesó a su amada que no había sucumbido a sus encantos. Como cada tarde, Mario se despidió de ellas cuando el guarda anunció por el altavoz el inmediato cierre de las puertas del cementerio.

II

Como todas las noches, después de la cena, Mario se encaminaba a tomarse unas copitas de vino acompañadas de cascaruja al bodegón de Marcelo, un antro a todas horas inundado del humo de los empedernidos fumadores que por allí se dejaban caer. A pesar de la zorrera que se formaba, Mario se sentía muy a su gusto, pues quedaba allí a diario con su amigo de la infancia, el Mengajo, con el que charlaba durante horas. Entre trago y trago, los efluvios etílicos arrastraban sus pastosas lenguas hacia los temas más actuales, acabando siempre su enriquecedor diálogo con el enaltecimiento de los valores y tradiciones del pasado. Luego, a eso de la medianoche, se dirigía de vuelta a casa deambulando por las viejas calles de la villa. Solía pensar en las generaciones de seres que habían pateado al igual que él los mismos adoquines de aquella milenaria ciudad. Se sentía seguro viviendo en ella y su avanzada edad le permitía conocer a casi todo el mundo.

De una de las tortuosas y solitarias callejuelas que otrora formaba parte del barrio judío brotó un ruido ensordecedor precediendo a un endemoniado piloto que conducía temerariamente una motocicleta. El camuflado motorista casi afeitó al pobre Mario de no haber tenido la destreza de lanzarse a tiempo al zaguán de un portal entreabierto. Por unos momentos se quedó atónito ante tamaña manifestación de salvajismo urbano. El piloto debía estar poniendo a prueba su máquina porque de nuevo hizo acto de presencia, esta vez a mayor velocidad que antes, como si en un circuito de pruebas se hallara. Mario se echó a un lado y pudo grabar con su móvil al kamikaze que volaba ahora en dirección contraria. No había ni un alma por las calles a esas horas, pero pensó que de surgir alguien de alguna casa podía fácilmente resultar atropellado por ese irresponsable y costarle la vida. Mario entonces rescató uno de los valores de urbanidad que le habían enseñado de pequeño y que cualquier ser humano civilizado habría puesto en práctica: la denuncia de un hecho presuntamente delictivo contra la seguridad vial. Marcó el número de la policía y les contó lo que había. Esa noche había Champions y estos, que poca o ninguna gana tenían de salir de su confortable cobijo a patrullar en aquella fría noche, y menos aún por aquella zona de la ciudad, le dijeron que si podía grabar la matrícula del ciclomotor y mandarle el vídeo telemáticamente. Mario repasó el vídeo, pero allí no se apreciaba matrícula alguna debido a la velocidad de la moto. Aunque había desaparecido de su vista, el ruido de la máquina se oía a lo lejos. Siguió el rastro del sonido caminando hacia un callejón donde pudo localizar la moto funcionando a ralentí. Puso su móvil a grabar y recogió la imagen de un chaval joven enfundado en su casco vistiendo ropas propias de un profesional del motociclismo cabalgando todavía a lomos de la moto de baja cilindrada, aunque trucada y con un tubarro que sobresalía por encima de su asiento. Cuando se dio la vuelta para marcharse de allí le salió al paso un cejijunto de ojos salones y frente huidiza que le sacaba cabeza y media de altura, un tipo que debía ser pariente del piloto y que le exigió que le diera el móvil. Era un joven de unos veinticinco años que debía morar por allí. Ese rincón del pueblo

había sido tomado por unos inadaptados que le habían cogido el pulso a la sociedad que parasitaban. Se quejaban de cierto racismo hacia ellos, pero lo cierto y verdad es que guardaban celosamente sus costumbres: su propio dialecto, sus ritos y hasta sus propias leyes, la más tremenda de ellas la del ojo por ojo. Y daba igual que tropezar con ellos fuera algo fortuito y sin querer, se tomaban la justicia por su mano sin mediar palabra alguna. Muchos años de estériles esfuerzos sociales para hacerlos convivir con los demás, basados en gran medida en regalarles una vivienda y beneficiarse de todas las ayudas económicas que el resto no tenía acceso, no habían logrado persuadirlos de abandonar sus oscuros negocios con el tráfico de drogas, sus trapicheos y su sempiterna delincuencia. Tenían una decidida vocación nómada, reacios por naturaleza a integrarse en la vida civilizada. El analfabetismo y la baja escolarización eran las señas de identidad de sus vástagos. Habían arrancado de las casas que gratuitamente les había concedido la Sociedad del Bienestar todo lo que pudiera tener algo de valor y lo habían vendido al peso. Dentro de las modernas viviendas habitaban como antaño en las cuevas; junto a una fogata que hacían en medio del comedor convivían con perros, mulos y ovejas.

III

Aquel individuo siniestro de rostro cetrino le arrancó a Mario el móvil de las manos y ojeó los dos vídeos que había grabado.

—Miserable joputa—le escupió—, ¿A quién pensabas mandar esto?

De pronto se despertó en ese animal un odio y una furia propios de un primigenio neandertal. Asió a Mario del cuello por atrás con la poderosa tijera de su diestra extremidad superior y lo levantó en peso. Al oír los gritos de auxilio, como si de una manada de canes sedientos de sangre se tratara, salieron de un portal ocho o diez lobeznos que comenzaron a golpearlo. «Mátalo, mátalo», decían los más pequeños, niños con aspecto andrajoso que no debían tener más de seis u ocho años. «Mátalo», le apremiaban. El cuerpo de Mario se revolvía infructuosamente en el aire mientras el ogro acosaba a su presa guillotinando con el radio de su antebrazo su tráquea.

Mientras su cuerpo se convulsionaba y su cara se transformaba en una horrible máscara, la mente de Mario recorría velozmente su vida. Como en un tren a toda velocidad, los flashes de sus vivencias pasaban endemoniados frente a su campo de visión. Lo primero que le angustió fue pensar en lo desamparados que habían quedado en casa Pencho y Lulú. Desde que saliera de allí a media tarde no les había dejado nada de comer. Luego le asaltó el agobio por la reserva que había hecho del camping la tarde anterior, el temor de quedar maltrecho por aquel orangután, el tener que anularla y perderse ese momento de comunión tan importante con Lucrecia y su niña Noelia.

Un nuevo pantallazo visual le rememoraba que la afición por esta forma vacacional le nacía a Lucrecia y a él de cuando niños formaban parte del grupo de Boys Scouts del pueblo. La límpida amistad forjada en aquellas deliciosas excursiones a lo largo y ancho de la geografía hispana se fue consolidando en algo mucho más serio y formal durante su adolescencia.

La oprimida carótida le cercenaba el paso de la sangre a la cabeza, lo que aceleraba las imágenes de su existencia, que saltaban del calendario de su pasado en pedazos. Fiel a las costumbres reinantes por aquellas lejanas fechas, Mario se veía ahora pidiendo al padre de Lucrecia la mano de su bella hija.

Le era prácticamente imposible respirar y una hoja más volvía a ser arrancada violentamente de su endeble almanaque vital, aquella en la que su inteligente novia, después de acabar sus estudios de filología y tras varias oposiciones, conseguía un puesto de interina en la facultad, y cinco años después una plaza fija en la universidad de otra ciudad.

Dos minutos llevaba ya Mario en absoluta apnea cuando la cinta fotográfica proyectaba ahora el momento en que él había acabado su carrera de ingeniería. Y acto seguido aparecía una nueva escena: cumpliendo el sagrado rito del matrimonio por la iglesia, como era también usual por entonces. Con sus veintiocho años recién cumplidos y con uno menos ella la suerte les sonreía. Él era un poco más alto que Lucrecia, ambos venían de buena familia y a ninguno se les tenía por problemáticos ciudadanos, todo en perfecto orden de cosas, como estaba mandado en aquellos tiempos que les tocó vivir. Para conciliar su vida familiar con Lucrecia en la misma ciudad donde ella había sido destinada decidió sacrificar su oficio de ingeniero por el más fácil de conseguir, aun cuando menos prestigioso, de contable.

Aunque su cuerpo se balanceada de un lado a otro, Mario ya no sentía dolor alguno, solo la placentera sensación de recrear de nuevo su existencia vital. Se presentó de nuevo otra imagen delante de su retina. Habían conseguido ya su estabilidad laboral y ahora se habían ilusionado con la idea de formar un hogar. A Lucrecia no le resultó difícil quedarse embarazada. Mario contemplaba cómo el embarazo había transcurrido bien durante los tres primeros meses, los que siempre suelen ser más delicados, hasta el día en que Lucrecia empezó a manchar. Era algo raro a esas alturas, pues le quedaba poco menos de dos meses para cumplir.

Ahora, como un torbellino borrascoso, entró en su campo de visión el inicio de la pesadilla, la noche que Lucrecia sufrió constantes dilataciones y no se notó al bebé. El día siguiente tampoco lo sintió y el sangrado fue a más. Dos días más tarde fue ingresada de urgencia en el hospital. Como cuando cae la última hoja del olmo centenario cuando toca a su fin el otoño, la imagen de Lucrecia desangrándose en la mesa de operaciones venía de nuevo al encuentro de Mario, como un cuervo negro aleteando en la noche oscura: un inusual acretismo placentario se llevó la vida de ambas. ¡Cuánto dolor en un solo instante! ¡Cuántas ilusiones derribadas por el implacable dictado del ominoso y fatal destino aquel veintitrés de septiembre!

Lo tenían todo preparado: la pequeña cunita de nogal que acogería a Noelia con el delicado mantito blanco y el rico bordado rosa hecho por su suegra; los juguetitos y sonajeros que les habían regalado sus amigos; los biberones y la leche en polvo también, listos por si la lactancia materna no resultaba eficaz; la pequeña bañera para lavar cada noche al bebé; los pañales, el humidificador y el carrito donde la pasearían cada día por las calles…

Mario se veía ahora llorando, roto de dolor por la pena de la pérdida. Al tiempo que se desvanecían las imágenes, su tren se adentraba en un oscuro y largo túnel, al final del cual resplandecía una lánguida luz. Como un pelele colgando del brazo del gigantón, el espíritu de Mario aceleraba la proyección del final de la película de su vida. Ahora le golpeaban la memoria esos eternos cuarenta años conversando cada tarde en la necrópolis con su esposa, fundiéndose su presente con su futuro y aferrándose a un pasado que la Providencia le había arrebatado.

El tiempo pasaba tan aprisa que el túnel se acabó rápido y la luz se hizo más brillante y omnipresente, casi lo inundaba todo. Por fin se vio emergiendo de la fría oscuridad; en aquella refulgente y árida explanada, a lo lejos, las divisó. Lucrecia llevaba en brazos a una criatura recién nacida que parecía como dormida, todavía con el cuerpo cubierto de restos de grasa y de sangre. Mario, exultante de alegría, agitó la mano y la llamó por su nombre. Le gritaba emocionado que era él, su querido esposo, que se había encontrado con ellas por fin, tras tantos años de dolorosa ausencia. Fue corriendo todo lo aprisa que podían moverse sus piernas, pero Lucrecia no reconoció a aquel forastero. Aterrorizada dio dos pasos atrás, protegiendo con su cuerpo al bebé. Sus ojos vacíos se fijaron en él. No era esa la cara que había conocido y amado con pasión antaño. Su amado no era ese calvo que se acercaba a ellas. Ese era…era un… anciano.

Ahora la intensa luz lo inundaba todo. Mario se detuvo a tres pasos de Lucrecia y ella, escrutándolo con la vista, por fin pudo reconocer en sus bellos ojos al joven del que se había enamorado perdidamente cuando vivía entre los mortales. La pálida y triste Lucrecia, luciendo el vestido blanco que creyeron más adecuado para la ocasión sus deudos cuando la amortajaron, se fundió con una sonrisa radiante con su amado y su hijita en un beso de amor y un abrazo eternos. El presente y el futuro del cuerpo de Mario quedaron abandonados en aquel sombrío pasadizo de la adormecida ciudad en calma, pero su alma se había reencontrado de nuevo con lo más querido de su pasado.

Jose Antonio Marin Ayala

Nací en Cieza (Murcia), en 1960. Escogí por profesión la bombería hace ya 37 años. Actualmente desempeño mi labor profesional como sargento jefe de bomberos en uno de los parques del Consorcio de Extinción de Incendios y Salvamento de la Región de Murcia. Cursé estudios de Química en la Universidad de Murcia, sin llegar a terminarlos. Soy autor del libro "De mayor quiero ser bombero", editado por Ediciones Rosetta. En colaboración con otros autores he escrito otros manuales, guías operativas y diversos artículos técnicos en revistas especializadas relacionadas con la seguridad y los bomberos. Participo también en actividades formativas para bomberos
como instructor.

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1 comentario

  1. Sin aliento.
    Increíble viaje de una triste vida.
    Magnífico relato.

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