
«Los niños, ajenos a todo, juegan sobre los lugares de horror pasado, Han quedado heridas profundas en la tierra»
Las siete de la mañana son, he sacado a pasear a mi perrita. Caminamos ajenos, ella y yo, a los temores en tierra lejana. Es un nuevo y grato día, es el alba y está todo por venir. Las rutinas diarias vuelven seguras y certeras, calmadas.
Lejos, otros hombres, hallaron muertas todas las flores. Aquellas que cubiertas de rocío, en otros tiempos brillaban. Daban de beber nostalgias a los caminantes sedientos. Sus pétalos, ahora, arropaban los cuerpos de los muertos. Bebieron la espesa sangre los campos ahora agostados. Esos surcos que no existen porque nadie habrá labrado.
Y sí, florecerán las cosechas de cereales mal alineados, Estarán los trigos ahítos de exuberantes amapolas viejas. Pasaran los minutos, las horas, los días, y tras años usados. Volverán las inocentes ilusiones a cubrir las verdes praderas.
Siempre la misma historia, las mismas risas, que la guerra mata. Y que tras las penas ponen las lágrimas en los nuevos corazones. Y luego, el lento y eterno retorno a la inocencia, nos hace olvidar.
Los niños, ajenos a todo, juegan sobre los lugares de horror pasado, Han quedado heridas profundas en la tierra. “Mitsuko”, mi perrita, digo. Ella me mira, imagino que dice: “Es la vida amo” y sigue caminando. ¿Qué espero por respuesta de un corazón leal, cariñoso y sincero? Nada… Esas cosas, tan humanas, para ella no existen, es solo un perro.

