Divide y vencerás. Por Gusarapo

Divide y vencerás

«El pique entre ellos acabaría beneficiándo al amo al obtener más rendimiento, si es que era posible, y al debilitar su posición frente a él. Divide y vencerás»

Jacinto y Demetrio eran hermanos. Se habían criado trabajando junto a su padre en las tareas del campo, con ovejas y cabras, y tras el fallecimiento de éste, animados por lo que unos y otros les decían, decidieron probar suerte como asalariados en una explotación láctea propiedad de un rico hacendado.

Eran muy buenos trabajadores, pero de caracter muy diferente, pues así como Demetrio era muy lanzado, Jacinto era más asentado.

En aquella explotación había vacas y ovejas de ordeño. Ellos preferían andar con las ovejas, les habían salido los dientes entre ellas, pero allí había que hacer turnos y rotar, y aunque las vacas no les disgutaban, tener que estar sujetos a horarios y órdenes no les iba mucho.

Compartían el trabajo con un buen número de compañeros, y desde el primer día aprendieron que una cosa era lo que se decía y otra lo que se hacía, algo totalmente contrario a lo que habían vivido hasta entonces, respetar la palabra dada y no meterse en vidas ajenas.

Pasaron así unos cuantos años, tiempo en el que la propiedad cambió de manos, de encargados y de parte del personal.

La finca estaba próxima a varios pueblos, vivían en una de las casas que en ella había, y los domingos por la tarde, si libraban, acudían a esas localidades a pasar el rato, echar un baile o  enredarse en conversaciones con alguna moza de las que en ellas moraban, y así acabaron casándose con dos muchachas del pueblo más cercano.

Las dos jóvenes no eran de familia rica, pero necesidades no pasaban y disponían de casa propia. En aquellos tiempos con pocas hectáreas se mantenía bien a una familia, y entre la ayuda prestada por los muchachos a sus suegros, que era bien agradecida y correspondida, y sus sueldos, llevaban buena vida, pero no les satisfacía, querían libertad y no ser mandados.

Por entonces se daba mucha importancia a la fortaleza física, a la diligencia en el trabajo y a la formalidad.

A no mucha distancia del pueblo, en otra de las fincas que hay en la zona, un importante empresario decidió despedir a los empleados que tenía, pues le daban muchos problemas y poco beneficio, y ofrecer la explotación de sus ganados y tierras en aparcería. Enterado de la valía y buen hacer de los hermanos, contactó con ellos, negociaron, y acordaron trabajar de «a medias». El amo de la finca ponía tierras, ganado, vivienda y maquinaria, y los nuevos aparceros, el trabajo, pero con la condición de poder ir acrecentando el número de cabezas existentes. Cincuenta por ciento de las ganancias y del exceso de ganado, para la propiedad, cincuenta por ciento para los hermanos. Se inició así una relación que duraría unos cuantos años.

El amo era perro viejo, tenía vista de lince y un administrador bien curtido en las maturrangas del contar y restar. Los aparceros tontos no eran y de sus costillas salía la ganancia. Y así, tentandose unos y otros, la labor fue saliendo adelante.

La finca tenía secano y regadío, y monte. Cultivaban patatas, remolacha, cereal y alfalfa. Criaban ovejas y vacas. Las cuentas se hacían una vez al año en fecha pactada, pero los sábados en la tarde, el amo gustaba de despachar con los dos hermanos para ir viendo la evolución de los trabajos. Ni una sola vez en los años que colaboraron, dejaron de reprocharse algo mutuamente, pero todos estuvieron convenidos.

Había costumbre de llevar a vender el ganado a ferias y mercados. Vendían corderos y compraban churros, terneros mamones, que metían a mamar de las vacas cuyos terneros habían sido ya destetados. Así obtenían doble cría de cada vaca.

Vendían terneros pasteros, recién vedados, destetados, para cebar, cuando el pienso andaba caro y no les compensaba engordarlos, y compraban vacas u ovejas.

Al iniciarse la siega del cereal, se compraban ovejas vacías para engordarlas con el espigadero y preñarlas, y pasar a venderlas empezada la sementera. Del cuidado de estas ovejas solían encargarse los chiquillos, si los había en la casa, y era el caso de Jacinto, que no de Demetrio, y por eso, por no estar compensados, acordaron ocuparse sólo ellos aunque tuvieran que trabajar más, y no emplear a los hijos. Además, ya había interés en que los hijos estudiasen y no se quedasen en el campo.

Y ciertamente estudiaron, y bien se colocaron al terminar los estudios, y dejaron de prestar atención a sembrados y ganados, pera esa es otra historia.

Al cabo de unos años, la hacienda era mayor que al inicio del contrato, al menos en un cincuenta por ciento, y eso además de haber repartido beneficios cada anualidad. El amo estaba satisfecho, pero quería más. Como sabía que Demetrio era hombre ambicioso y muy decidido, empezó a tentarle con la posibilidad de deshacerse de su hermano, de Jacinto, que era más tranquilo y menos arriesgado, y así, de semana en semana, fue sembrando en su mente la semilla de la discordia. ¿Por qué hacía esto? Pues porque consideraba que el pique entre ellos acabaría beneficiándole al obtener más rendimiento, si es que era posible, y al debilitar su posición frente a él. Divide y vencerás.

Jacinto era constante en el trabajo pero no se mataba, aunque para los ojos actuales sería precisamente lo contrario, pues se empezaba la tarea antes de que la luz rayara el alba y se terminaba cuando la oscuridad no permitía ver nada. Demetrio se tomaba la forma de ser de su hermano como una afrenta, y siempre procuraba superarle en cada tarea, así, si aquel cargaba cuatro remolques de paja, él cargaba cinco. Y así con todo.

Precisamente el número de remolques de paja diarios, en un excesivamente caluroso verano, fue el motivo de una gran discusión. En la finca se contrataba a personal eventual cuando las circunstancias del trabajo lo requerían, recolección, sementera, riego… Un verano, uno entre muchos, contrataron a un muchacho de un pueblo vecino. Un trabajador excelente pero joven e inexperto. Los dos hermanos se turnaban en las noches para empacar la paja, y en la mañana, mientras el que había estado empacando se iba a dormir, el otro se iba con el empleado a cargar los paquetes y a meterlos en la nave.

Se empaca por la noche para que la paja se comprima mejor y los paquetes pesen más. El peso varía hasta en doce kilos según el tipo de paja, la empacadora y la hora en la que se haya efectuado la labor. Unos treinta kilos.

Jacinto y el mozo cargaban cuatro y metían tres, dejando uno a la puerta de la nave para su descarga en la mañana siguiente. Y el mozo reventado.

Demetrio y el mozo cargaban cinco y descargaban cuatro. Y el mozo acababa templado, cansado, pero no reventado.Y la tormenta estalló entre ellos. Se reconciliaron, pero ya nada volvió a ser igual.

Fuera del trabajo, Demetrio se comportaba con su hermano y su familia como siempre, con cariño y ternura, pero Jacinto no era capaz de actuar de la misma forma, y de día en día el rencor hacia su hermano fue aumentando y enturbiado la relación.

Acabaron por trabajar distanciados el mayor tiempo posible, y cuando se reunían con el amo ya no hacían frente común a la hora de negociar o valorar opciones. Probablemente hubieran terminado deshaciendo la sociedad de no ser porque el amo enfermó y su familia decidió vender la propiedad.

La compró otro hombre rico, y los hermanos siguieron el acuerdo con él por algunos años más, pero nada fue igual. Además, aquel nuevo amo había adquirido la propiedad por mero interés especulativo, y en cuanto se incrementó el valor de la tierra, volvió a ponerla en venta.

Se la ofreció en primer lugar a ellos, y hubieran podido comprarla entre los dos y seguir explotandola conjuntamente, como hasta entonces, pero la relación era tan mala que lo único que querían era tirar cada uno por su lado.

Por separado, el monto y el riesgo eran muy grandes, y acabaron comprando cada uno una sexta parte, además de la maquinaria necesaria para la labor. Y así se independizaron y vivieron una vida aún más esforzada que la que habían estado llevando hasta entonces.

Y además, los problemas no quedaron atrás, al contrario, pues desde entonces fueron vecinos de linde en cada una de las parcelas, y cuando no se había sobrepasado uno, con el arado, de la linde, el otro, al regar la alfalfa, había mojado los baraños de paja que esperaban ser empacados, del otro.

Siguieron siendo hermanos, pero fueron más que extraños.

Ayer estuve conversando con Demetrio. Ya ha brincado los ochenta y las fuerzas no son las mismas que tenía cuando le conocí por vez primera. Aún sigue sembrando el huerto y manejando la azada como jamás llegué a usarla yo. Sigue criando algunos cochinos y un buen número de pollos. Los pollos los cría por placer y gusto. Mete huevos a incubar a gallinas enanas y disfruta viendo nacer a los pollitos. Y cuando ya están emplumados, se los regala a vecinos y amigos.Al pasar cerca de su huerto le vi trajinando y me acerqué a saludarle. Me hizo sentarme en una silla de cocina rota, sin respaldo, y él se sentó en un taburete de madera con cerca de un centímetro de capas de pintura. El mismo taburete en el que se estuvo sentando cada mañana y cada tarde durante muchos años para ordeñar a las vacas suizas que compró al ponerse por su cuenta.

Varios gatos jugaban y se sentaban a nuestro alrededor. Una pareja de golondrinas entraban y salían de la nave a través de una ventana bastante alta. El viento soplaba fuerte y frío.

Vimos pasar a su hermano a cierta distancia, más abajo de donde nosotros estábamos, y una vez más surgió la conversación y una vez más me relató como habían ido sus vidas. Y como cada vez que me la ha contado, se arremangó los brazos cuando me habló de los ordeños, y se caló la gorra o se la quitó cuando me contó los diferentes pasajes de sus quehaceres con el ganado, y se le iluminaron los ojos o se le apagaron cuando recordó cada triunfo o cada fracaso. Y las lágrimas le enturbiaron la mirada cuando llegó al momento de narrar su equivocación al haber prestado oídos al antiguo amo. 

Gusarapo

Soy más de campo que las amapolas, y como pueden ver por mi fotografía, también soy rojo como ellas. Vivo en, por, para, dentro y del campo. Ayudo a satisfacer las necesidades alimenticias de la gente. Soy lo que ahora llaman un enemigo del planeta Tierra. Soy un loco de la naturaleza y de la vida.

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