Españoles enfáticos. Por Amando de Miguel

Españoles enfáticos.

«Digo enfáticos, por no calificarlos de campanudos o pedantes; muchos de ellos, especialmente, los que asoman a la vida pública»

Digo “enfáticos”, por no calificarlos de campanudos o pedantes; muchos de ellos, especialmente, los que asoman a la vida pública. No digamos, si se añade una posición social con algún tipo de mando, algo tan deseado.

El énfasis innecesario se coloca para producir un efecto de distinción. Por ejemplo, el reiterado uso de multidiversidad. No basta con decir “diversidad” (el abstracto para un conjunto de elementos diferentes o variados). Con “multidiversidad”, se remacha que son muchos más de los previstos. Se supone que tal circunstancia sea cosa buena. Es el caso de que convivan personas de distintas etnias, lenguas o culturas.

El tono contundente del habla se manifiesta con algunas reiteraciones, como “nunca jamás”, “única y exclusivamente”, “pero sin embargo”, “de una vez por todas” o “no tengo ni la más mínima duda”.

Otra forma enfática consiste en alterar un poco el sentido tradicional de algunas voces. Es el supuesto de entonces. Normalmente, se refiere a un preciso momento, a una circunstancia temporal conocida. Pero, en el discurso de la gente culta, funciona, más bien, como una ilación para sugerir una consecuencia lógica del anterior aserto. Sirve para mantener en vilo la atención del interlocutor.

Una parecida muletilla es el abuso del “yo diría” como anticipo de una declaración o un enunciado que sigue. Es claro que se trata de un préstamo del inglés. A los angloparlantes les horroriza ser terminantes, taxativos. El “yo diría” les permite cultivar una especie de cautelosa y estudiada humildad. Es una virtud ajena a la cultura española, pero, por imitación inconsciente, el “yo diría” ha sido acogido con complacencia. Bien es verdad que, en el español castizo, existe el “diría yo” o el “digo yo”, que es algo diferente. Se trata de una afirmación irónica.

En el habla culta de los españoles actuales, no todo es refinamiento y exquisitez. Véase, por ejemplo, el uso coloquial generalizado de “marrón”. Procede de la jerga delincuente y, por contagio, policial, como un ñoñismo para no tener que mencionar los excrementos humanos, es decir, la mierda. Es, pues, un vulgarismo, pero, aceptado en los círculos instruidos. En la práctica, alude a un obstáculo o impedimento, una obligación impuesta. Se afina con la versión, aún más popular, de “marronazo”.

En la clase política o en sus aledaños, funciona un cultismo para no tener que mencionar los impuestos o tributos, tan desagradables. Se recurre al adjetivo “fiscal”. Por ejemplo, la “armonización fiscal”, dicha por el Gobierno, significa una subida de los impuestos. Nótese que el “fisco” es, propiamente, el cestillo que se pasa en la iglesia para que los parroquianos depositen su óbolo. Luego, se hizo el equivalente distinguido del erario o tesoro público.

Un eufemismo característico de los analistas de las encuestas electorales es el “empate técnico”. Se refiere a que dos opciones políticas se manifiestan con parecidos porcentajes de la opinión investigada. En este caso, lo “técnico” quiere decir “aproximado”; curiosa equivalencia.

El carácter enfático o disimulado llega a alterar el uso de ciertos adjetivos. Por ejemplo, en el lenguaje oral, se suele confundir “vergonzoso” (causa vergüenza) con “vergonzante” (siente vergüenza). Parece que esa segunda opción es más lucida. Algo parecido ocurre con la sustitución de “alimenticio” (sirve para nutrir, tiene propiedades nutritivas) con “alimentario” (referido a los alimentos).

Amando de Miguel para Actualidad Almanzora

Amando de Miguel

Este que ves aquí, tan circunspecto, es Amando de Miguel, español, octogenario, sociólogo y escritor, aproximadamente en ese orden. He publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. He dado cientos de conferencias. He profesado en varias universidades españolas y norteamericanas. He colaborado en todo tipo de medios de comunicación. Y me considero ideológicamente independiente, y así me va. Mis gustos: escribir y leer, música clásica, chocolate con churros. Mis rechazos: la ideología de género, los grafitis, los nacionalismos, la música como ruidos y gritos (hoy prevalente).

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