Imaginemos un nuevo orden mundial. Por Amando de Miguel

Imaginemos un nuevo orden mundial.

«No estaría mal que en el nuevo orden mundial se cuidara la constitución de una especie de Ejército común de intervención rápida»

Hace poco más de un siglo, se ensayó un nuevo orden mundial con la Sociedad de Naciones, con sede en Ginebra. Fue un fracaso, al basarse en la represalia contra Alemania de los Estados vencedores de la I Guerra Mundial (de momento, Guerra Europea). Paradójicamente, esa fórmula constituyó un estímulo para precipitar el nacionalismo alemán con el Partido Nazi. El cual desató la II Guerra Mundial, una vergüenza para la humanidad.

La historia se repitió, acrecentada, con el nuevo ensayo de la Organización de las Naciones Unidas, con la sede fundacional en San Francisco y, luego, en Nueva York. Todavía, era más nítido que se trató, de momento, de una alianza de los vencedores de la II Guerra Mundial. Aunque, estaba más clara la hegemonía de los Estados Unidos de América. El sistema de la ONU alentó la Guerra Fría que, todavía dura, como se puede ver con la invasión de Ucrania. Se basa en una impresionante burocracia de organismos internacionales, manifiestamente, estériles.

Vistos los anteriores errores, a la tercera va la vencida. Se impone un nuevo orden mundial, basado en el refuerzo de los Estado miembros, una estructura muy consolidada. Se debe buscar la cooperación entre los Estados para luchar contra el terrorismo, las migraciones clandestinas, el narcotráfico, el contrabando y los “paraísos fiscales”, entre otros difíciles objetivos. Todas esas excrecencias existen porque las apoyan ciertos Estados y poderosas “mafias”.

Pongamos un caso llamativo en estos días de la canícula. España y Portugal deberían coordinar los medios cuasi militares para extinguir los incendios en sus respectivos territorios continentales. No solo se halla descoordinada tal acción, sino que, en España, esa tarea corresponde a las autoridades regionales (“autonómicas”). Lo cual más parece un dislate, visto que los incendios cruzan, bonitamente, las rayas administrativas.

El nuevo orden mundial impediría, por ejemplo, que no fuera hacedero el hecho liminar de que un Estado invadiera a otro. El suceso actual de la devastación de Ucrania por las tropas rusas pasaría a ser prepóstero. Para lo cual, se requiere una Cámara de Estados, en la que no hubiera derecho de veto por parte de ningún Estado miembro. En la época de las comunicaciones reticulares instantáneas, no hace falta que se erija una imponente sede de la tal Cámara, o como se llamara el organismo de coordinación entre los Estados. Bien podría variar su localización según aconsejaran las circunstancias.

Preciso es reconocer que los dos centenares de Estados que hay en el mundo no son iguales en ningún sentido. Es decir, en los distintos capítulos de la política, la economía y la cultura, destacan unos pocos Estados hegemónicos y otros muchos dependientes. El nuevo orden mundial debe coordinar las acciones para recortar la excesiva influencia de unos contados países, de tamaño continental, y, al tiempo, impulsar la debilidad de la mayoría. No estaría mal que se cuidara la constitución de una especie de Ejército común de intervención rápida para contener los posibles casos de manifiesta supremacía, y consiguiente violencia, de unos Estados sobre otros.

Una de las principales tareas de la Cámara de los Estados (o como se fuera a llamar) sería la de formar un continuo flujo de estudiantes universitarios en los centros de enseñanza e investigación mejor dotados del mundo. Se procuraría que algunos de los nuevos centros se instalaran en las regiones con pocos recursos nacionales.

Naturalmente, una propuesta como la que, aquí, se avanza, sería tachada, fácilmente, de utópica, en su peor sentido. Solo, que la alternativa de seguir como estamos es la menos aconsejable. Ha llegado la hora de reconocer que el esquema de la ONU y los organismos internacionales vigentes ha sido una torpeza de alcance internacional (o, si se quiere, “global”). Su coste es elefantiásico.

Para ser realistas, habrá que convenir en que toca a su fin la hegemonía de los Estados Unidos de América, reforzada tras las dos guerras mundiales y la mal llamada “guerra fría”. El centro de influencia se ha trasladado, ahora, a la zona asiática. Es una inesperada oscilación histórica y geográfica. Digamos que la civilización más destacada ha dejado de ser, primordialmente, “occidental”.

Amando de Miguel para La Gaceta de la Iberosfera.

Amando de Miguel

Este que ves aquí, tan circunspecto, es Amando de Miguel, español, octogenario, sociólogo y escritor, aproximadamente en ese orden. He publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. He dado cientos de conferencias. He profesado en varias universidades españolas y norteamericanas. He colaborado en todo tipo de medios de comunicación. Y me considero ideológicamente independiente, y así me va. Mis gustos: escribir y leer, música clásica, chocolate con churros. Mis rechazos: la ideología de género, los grafitis, los nacionalismos, la música como ruidos y gritos (hoy prevalente).

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