El pantalón corto. Por Diego Pardos 

El pantalón corto.

«No está bien que un hombre hecho y derecho vaya luciendo los calcetines y los pelos de las piernas de cualquier manera»

Como cada año, ha llegado el calor sofocante para alegrarnos la vida. Parece que no ha querido respetar el final de la primavera y ya andamos por los cuarenta grados tirando de sombrero (menos Uclés, que lleva boina), de gorra de campo, de abanico, de paipay, de paraguas, de parasol. De horrendas botellas de agua plastificadas y lacradas con el dichoso eurotaponcito, que no usan las miembras de la Comisión Europea porque ellas beben Solán de Cabras en vidrio azul o Evian con gas en fino cristal. Como toda referencia a la tradición y sabiduría popular se ha perdido no se ven ya botijos de barro que guardan en su interior el agua fresca, que no fría, adornada en ocasiones con un chorrito de anís. Igual que tampoco se estila la ecológica bota de vino, que viene muy bien para ver los toros sin tener que sufrir la ordinariez de las latas de cerveza, cobradas, eso sí, a precio de oporto. 

 

Con estas temperaturas no hay quien pare. Los maestros se niegan a dar clase, los diputados ya preparan sus vacaciones, los autobuses se pegan fuego, pero los albañiles -qué remedio- y los obreros que parchean el asfalto se cuecen de manera inmisericorde bajo el sol de nuestra Españita. El ciudadano común ha de buscar el frío industrial en El Corte Inglés o en la pescadería porque ya no llega el salario para poner el aire acondicionado en casa, suponiendo que funcione, ni para arreglar el aparato en caso de que surja la temida avería. Los adelantos tecnológicos son ese gran engaño para el pobre que sólo los ricos disfrutan enteramente. Y si no que se lo digan al señor Martínez-Almeida, que sigue jorobando al sufrido contribuyente de Getafe, que ha de conducir hasta Madrid con su vehículo de segunda mano extracontaminante. 

 

En esta situación estamos cuando analizo las prendas que he de vestir para afrontar la situación, y pienso sobre todo en el pantalón corto masculino. Tengo una colección de ellos y me avergüenza confesarlo, pues a determinadas edades su uso tendría que estar prohibido (salvando, acaso, a las señoras) y excepcionalmente tolerado para algún paseo por las afueras, el bar exterior del club de tenis o la intimidad del jardín doméstico. No está bien que un hombre hecho y derecho vaya luciendo los calcetines y los pelos de las piernas de cualquier manera. 

 

Esta reflexión que comparto con ustedes se la tengo que agradecer al que fuera vicepresidente del Gobierno (aunque parezca mentira) don Pablo Iglesias. Pues he visto su imagen inconfundible en un vídeo donde muestra sus buenos deseos político-militares de siempre para los adversarios de la derecha. Allí, sentado con las patas cruzadas, se dirige a un público que ha de verlo en camiseta y pantalón corto. Al selecto auditorio sospecho que no le importará ese detalle y yo mismo muestro mi indulgencia pues don Pablo, seguramente, venía de la piscina de su casa en Galapagar, sin tiempo para cambiarse. Pero el espectáculo de sus garrillas ha sido para mí tan desagradable como la foto que a propósito de este hecho vuelve a circular por X. Me refiero al señor Iglesias disfrazado con traje republicano de fútbol y de nuevo luciendo las extremidades inferiores. 

 

De modo que incitado por el bochorno ajeno me he probado los pantalones cortos. Hay alguno que se salva, hay alguno que puede colar para ciertas situaciones, no digo que no. Otros no tienen un pase, lo mismo que esas otras ropas que compramos porque quedan divinamente en el cuerpo atlético de un modelo de catálogo. Me he probado los pantalones y sometido al veredicto del espejo, comprobando así mi flaca y triste figura. Ahora que sus señorías se descorbatan por el agobio climático y que las Cortes parecen una sauna y que en ellas -al tiempo- se verán individuos en bermudas, yo voy a intentar vestir con dignidad en pantalón largo e invito a hacer lo propio a mis lectores de Vallecas, de Cabra o Calatayud, en el caso de que los tenga. No vaya a ser que nos confundan con el egregio tabernero de Lavapiés. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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