«La tierra que habitamos es un error, una incompetente parodia. Los espejos y la paternidad son abominables porque la multiplican y afirman.»
Jorge Luis Borges, “El tintorero enmascarado Hákim de Merv”, Historia universal de la infamia

«Los azarosos acontecimientos pretenden, literalmente, expulsarnos al abismo en un desencuentro con la esencia que nos habita»
Tuvo que ser el escritor ciego el mejor conocedor de los secretos, de los laberintos que conducen a los senderos que se bifurcan, el que percibiese el dorado resplandor —el color amarillo, (su color favorito, una de las pocas tonalidades que podía reconocer antes de perder la visión)[1]—. Él solo —y no los dueños de los cinco sentidos que conservaban sus capacidades intactas—. En cuántas ocasiones hemos leído acerca de ellos, de sus dones, de sus desgracias. Ahora mismo, nuestros recuerdos estarán habitados por el rey Edipo o por los personajes del Informe sobre ciegos de Ernesto Sábato, que se ven involucrados en sucesos inalcanzables para la mayoría, no exentos de dolor e incertidumbre: «La soledad absoluta, la imposibilidad de distinguir los límites de la caverna en que me hallaba… Me creí solo en el mundo y atravesó mi espíritu como un relámpago, la idea de que había descendido hasta sus orígenes. Me sentí grandioso e insignificante»[2]. Es muy probable que nunca haya cobrado tanta fuerza esa sensación angustiosa que ocupa nuestros pensamientos, que impide expresarlos en palabras para no herir o preocupar, que mantenemos en nuestro interior a salvo de miradas escrutadoras, o de comentarios incómodos. La palpable realidad se nos antoja de una desagradable viscosidad. La rechazamos. Huimos de ella para adentrarnos en territorios humanizados. Buscamos relieves conocidos, pendientes suaves que alivien la carga soportada por el bombardeo de ruindades acumuladas en nuestras espaldas. La realidad, la confortable realidad ¿Dónde se esconde?
Nos torturan con diversas maquinaciones, con métodos sorprendentes que pilla desprevenido al ejército mayoritario que constituye esa España que madruga, que se levanta sonámbula y digna, consciente acaso de la escasez de fórmulas mágicas para salvarse: «Tuve que explicarle que la única forma de mantener la paz entre los seres humanos era mediante la ignorancia recíproca y el desconocimiento, únicas condiciones en que estos bichos son relativamente bondadosos y justicieros, ya que todos somos bastante ecuánimes en relación a las cosas que no nos interesan».[3]
La suma de despropósitos es inabarcable y no parece que la mirada halle una superficie que no esté manchada sobre la que posarse. Los proyectos albergan sorpresas que mancillan su apariencia de bondad. Siempre aparece el truco del mago, la trampa tendida en el rincón menos visible. Pero también la certeza de que la escapatoria se encuentra al alcance, oculta entre el montón de las nadas de relumbrón al servicio de los que las idearon. Nos tratan como esclavos de creadores de opinión que batallan entre ellos —torpes, inmodestos, gesticulantes histriones—, o eso creen que somos. Puede haber sorpresas. Bien pudiera ser que su cinismo juegue en su contra y las cartas marcadas asomen de la manga. La ciega confianza en una aplastante victoria suele cambiar de destino. Dios escribe recto con renglones torcidos. Ni siquiera la cercanía o la pertenencia al Club Bilderberg garantiza estar a salvo, o la aceptación de sus propuestas. El tablero de ajedrez mueve sus piezas a conveniencia. Blancas o negras, ignoran en qué lado ocupan sus posiciones. Al igual que le sucede a Fernando Vidal —uno de los personajes del Informe de Sábato—, el daño sobrevendrá de la mano de su mismo impulso destructor, de la ausencia de un sentido creador que lo ennoblezca y lo salve: «Fernando vive la crisis desencadenada por este concepto materialista de la vida, pero como gran rebelde metafísico no busca la consolación, sino se enfrenta plenamente con el problema, imponiéndose una búsqueda que lo llevará a una revelación terrible sobre el destino del hombre. En su peregrinaje Fernando descubrirá solo la maldad y la muerte».[4]

Los azarosos acontecimientos pretenden, literalmente, expulsarnos al abismo en un desencuentro con la esencia que nos habita. Oponerse sin más armas que la confianza y la fortaleza en lo que está bien, lo que debe ser —y no el deseo impuesto para nosotros— significa el mayor de los actos heroicos que podemos regalarnos. Ceder significa conceder, condescender, apearse de la singladura para la que fuimos botados, cada uno en su individualidad. Hay que romper las reglas diseñadas con torpeza y no dejarse fagocitar por el monstruo al acecho.
¡Oh, dioses de la noche!
¡Oh, dioses de las tinieblas, del incesto y del crimen,
de la melancolía y el suicidio!
¡Oh dioses de las ratas y de las cavernas,
de los murciélagos, de las cucarachas!
¡Oh, violentos, inescrutables dioses del sueño y de la muerte![5]
NOTAS_____________
[1] https://www.clarin.com/cultura/borges-ceguera-ultimo-escribio-perder-vista-_0_MIa3UwWNk.html
[3] Gálvez Acero M. (1975). Algunos elementos surrealistas del «Informe sobre ciegos», de E. Sábato. Anales de Literatura Hispanoamericana, 4, 295. https://revistas.ucm.es/index.
[4] https://revista-iberoamericana.pitt.edu/ojs/Iberoamericana/article/view/2824/3007
[5] Gálvez Acero M. (1975). Algunos elementos surrealistas del «Informe sobre ciegos», de E. Sábato. Anales de Literatura Hispanoamericana, 4, 303-304. https://revistas.ucm.es/index.
