
“Aunque tú no lo sepas, me he inventado tu nombre. Me drogué con promesas, y he dormido en los coches. Aunque tú no lo entiendas, nunca escribo el remite en el sobre, por no dejar mis huellas”. (Quique González).
No sé si ustedes, a lo largo de su vida, o afortunadamente en este momento, habrán estado o estarán enamorados. El amor es algo tan subjetivo, tan ambiguo y tan etéreo que, muchas veces, no es fácil llegar a tal conclusión o hacer tal afirmación. Salvo en el caso, claro está, de que ciertamente estén o hayan estado de verdad enamorados. Solo en este caso, tendrán la absoluta certeza.
Yo, que me considero un hombre afortunado, si lo estoy. Estoy enamorado. Y no me importa reconocerlo. Sé que parece cursi, tal afirmación, pero en mi caso, es una aseveración. No tengo lugar a ninguna duda de que amo a mi compañera, a mi mujer.
Esto, por si esta reflexión le puede servir a alguien, no quiere decir que viva en un mundo de ensoñación, ni que cuando la miro caigan pétalos de rosa. El amor, como las pasiones, se va atemperando a lo largo de los años; es más, se transforma, adoptando en ocasiones distintos aspectos, que no dejan de ser sino sinónimos de un mismo sentimiento adecuados al entorno y el contexto. El amor, como ya he dicho, es etéreo, gaseoso, y se amolda a la circunstancia igual que el que lo disfruta o lo padece.
El amor envejece con el hombre, del mismo modo que envejece su cuerpo. Por esto, se transforma. Por supuesto que con el tiempo, la pasión va dando paso a otros sentimientos, como la admiración y el respeto; sentimientos que lo envuelven, que lo acompañan, que no son su esencia misma, pero sin los cuales, como una planta sin agua, puede marchitarse y, finalmente, morir. Por tanto, requiere de una atención, unos cuidados. Ha de alimentarse día a día, poco a poco, gesto a gesto. No puede caer en la desidia ni el abandono.
“Aunque tú no lo sepas, me he acostado a tu espalda. Y mi cama se queja, fría cuando te marchas. He blindado mi puerta y al llegar la mañana, no me di ni cuenta, de que ya nunca estabas”. (Quique González).
Es verdad que en la madurez, al menos en mi caso, uno va requiriendo de cierto espacio, de ciertos momentos de introspección y soledad, pero la vuelta a casa, esa manta en el sofá que te abriga en compañía, esos pies en tus pies bajo las sábanas, son momentos callados en los que el amor se alimenta, es más, se retroalimenta, en el individualismo de cada uno, haciéndote notar que, a pesar de los silencios, formas parte de un todo. Que no hace falta hablar, por mucho que las palabras sean más bellas que el silencio. Al menos, no siempre. Con las palabras se puede engañar, pero hay gestos que delatan si el amor sigue presente, o no lo está.
“Aunque tú no lo sepas, nos decíamos tanto. Con las manos tan llenas, cada día más flacos. Inventamos mareas, tripulábamos barcos y encendía con besos, el mar de tus labios”. (Quique González).
Por eso, aunque ella no lo sepa, yo vivo porque la quiero. No vivo porque me quiere, lo cual sería diferente. Vivo por la certeza de que la amo, que es la única certeza que aún sigo atesorando. Y espero que este amor no muera antes que yo.
Espero que el amor que siento, muera conmigo.

