
«Pudo verse cada vez más a don Narciso dando al aire palmetazos, con visible aturdimiento: que espantaba moscas en torno suyo se habría dicho»
(1)
Cuesta de creer; pero debo, al cabo, admitirlo:
anoche, en el debate, se dio una suerte de prodigio.
Cierto, no todos esperaban tanto de Feijóo,
pese a su bien ganada fama de hombre calmo;
pero sabido ya cómo el asunto comenzó,
parecía que podía acabar en el camposanto:
(2)
Empezó, Sánchez, dando cuchilladas y machetazos,
y el acero de su aviesa espada silbaba en el recinto.
Y viendo la ferocidad que su rostro estaba animando,
a ninguno de cuantos observábamos el espectáculo
habría extrañado verle sacar un revólver del cinto.
(3)
No hubo tal, sin embargo -¡loado sea Dios!-,
y se conformó con apuñalar el aire don Narciso.
Instante que aprovechó el bueno de Feijóo
para asestarle una sonora bofetada en cada carrillo.
Tal fue la trompada, que casi pierde Sánchez el equilibrio
(4)
y un morrazo se da contra la mesa inmaculada.
Se rehízo, no obstante, y le endiñó, a su contrincante,
una lluvia de sopapos que el gallego encajaba como si nada:
se diría que se protegía tras un parapeto infranqueable.
Sánchez seguía golpeando duro, fiel a su ‘resiliencia’,
(5)
sin que pareciera, el templado Feijóo, darse por enterado.
Más aún: cuanto más fiero era el zambombazo,
más calmosa y bonancible era su apariencia,
sin que ello disminuyera, empero, la ‘sutil’ contundencia
y el ímpetu ‘etéreo’ de sus propios castañetazos.
(6)
Al punto que pudo verse cada vez más a don Narciso
dando al aire palmetazos, con visible aturdimiento:
que espantaba moscas en torno suyo se habría dicho,
sin que ni una sola recibiera el golpe de gracia
o siquiera una buena trompada de escarmiento.
El rictus de Sánchez, tirante,
(7)
como una escayola de yeso,
por instantes parecía agrietarse
por la inutilidad de sus esfuerzos:
ora reía, ora se enfurecía,
farfullando palabros que ya nadie entendía.
Hasta que su semblante devino una suerte
de espasmo grotesco y patético
en el que -¡oh espanto!- ya casi nadie
(8)
su faz habitual reconocía:
un amasijo de rígidos alambres
diríase que la recorrían.
Y créanme: fue entonces
que me di cabal cuenta:
A tal punto podía llegar a estar
su persona descompuesta,
que, de no haber hallado, él, feliz refugio
en el mundo de la política,
sin duda llevaría
(9)
ya muchos años majareta:
los inauditos ‘logros’ alcanzados en ella
pusieron ‘dique de contención’ a su mente enfermiza,
que no aspiraba sino a ver hecho realidad concisa
el sueño vagamente inconsciente de toda ‘Cenicienta’:
ver encajar en su pie el lindo zapatito de princesa,
(10)
que tanto creía merecer en sus delirios de grandeza
de incurable narcisista.
Y, ahora, viendo de repente su sueño hecho realidad tan malherido
-cada vez más adversos y hostiles le son los vaticinios-,
de vez en cuando un atisbo de insania cruza su mente
(11)
y su marmórea quijada templa
cual si fuese acero en aceite.
¿Y por qué no decirlo?:
Un hombre así, como poco,
para la política está ya perdido;
tanto más si, en su egolatría impenitente,
hizo todo para ganarse el odio
visceral o el desprecio sin cura de la gente.
(12)
Y digámoslo claramente:
En el muy docto caso de Sánchez,
sin duda podríamos darle
un rotundo sobresaliente.
En fin: que Dios se apiade
de quien, sin merecerlo un ápice,
recibiera tantos ‘honores’;
pero que se apiade, antes,
de todos los españoles:
-¡QUE LE VOTE TXAPOTE, cojones!
