
«Es el amo de la caja, cuestión diáfana e incuestionable, sólo negada por la tropa de cretinos a los que sólo les motiva el servilismo hacia su sostenedor»
En el siglo III a. de. C. uno de los tres científicos más grandes de todos los tiempos, Arquímedes de Siracusa (físico, ingeniero, inventor, astrónomo, y matemático), dijo: “Dadme una palanca lo suficientemente larga y un punto de apoyo para colocarla y moveré el mundo”.
Veintitrés siglos después, un sujeto de lo más prosaico, presumido, embustero, cursi y relamido, masculló sibilinamente: dadme el gobierno, el Tribunal Constitucional y tres manobras que me sirvan lealmente, y me encargaré de despedazar España.
El primero estudió y trabajó denodadamente por el progreso de los demás, y sus hallazgos propiciaron que la Humanidad avanzase espectacularmente. Su nombre y su trayectoria han pasado a la Historia en letras de molde escritas sobre mármol, como corresponde a un gran hombre y su obra.
El segundo provocó con su desvencijado y apolillado sectarismo, y su reconocida y demostrada desvergüenza, que su presidencia alcanzara las más altas cotas de indignidad. Pasará a la historia como uno de los mayores embusteros jamás concebidos, grandilocuente, mendaz y torticero hasta la arcada, piafante y chulesco hasta la extenuación. Nadie como él ha manoseado el espantajo del progresismo, utilizándolo como si de una maza sanguinolenta se tratase. Su nombre se escribirá en ciclostil, como corresponde a alguien banal, insulso insustancial e insalubre. Grandioso epitafio para el político más mediocre del último milenio. Por sus obras le despreciareis.
Al hilo de lo que escribió el otro día Don Rafael Gómez de Marcos, el actual inquilino de la Moncloa actúa impulsado por su propio provecho, y el protagonismo que le infiere ser el dueño del erario público, por creerse y actuar como “el amo de la caja”. Es decir, con el dinero de los españoles compra, paga y subvenciona su propio bienestar y su más que dañina permanencia en el poder. Cuestión ésta última diáfana e incuestionable, sólo negada por la tropa de cretinos a los que sólo les motiva la adulación y el servilismo repugnante hacia, su sostenedor.
Si todos los caminos conducen a Roma, en el caso que nos ocupa, todos los que pastan y engordan gracias al estipendio que les proporciona su amo, lo hacen gracias a nuestra cartera. No a su valía, no a su trabajo, no a su esfuerzo, no a su solvencia, no a su valor, no a su integridad, lo hacen gracias, al sostenedor.
Es un punto de vista, que no por contemplado, deja de ser el más importante en el andamiaje que ha tejido, el innombrable, su excelencia, el sostenedor.
Cómo llamar si no al tipo que cerró por dos veces el Congreso, siendo condenado por el TC, el mismo que hoy día y gracias a su sapiencia y sectarismo, se ha degradado hasta convertirse en un apéndice más al servicio del innombrable, su sostenedor.
Asistimos estupefactos al esperpento de contemplar cómo el Congreso, reconvertido en una vulgar sucursal cualquiera del sanchismo, permanece cerrado a la entera disposición del que cree que está por encima de todo, incluso de la ley. El espectáculo que están dando los aliados preferentes del gobierno es fantástico. Se producen como si de un puñado de mercaderes mafiosos se tratara. Para esta auténtica y genuina manada, no hay nada que no esté en venta, nada que no se compre, absolutamente nada que no se prostituya, nada que no sea susceptible de ser manoseado corrompido y manipulado. Nada que no atempere las ansias de poder del innombrable, el sostenedor.
Nunca existió un gobierno tan “unido”, ni un grupo de inútiles y fracasados mejor pagados. Ni en 13 Rue del Percebe del gran Francisco Ibáñez hubo tanto chapucero, ni tano gañán, ni tanta mugre ideológica impregnando el edificio. Si esta recua de pavisosos son lo mejor que tiene la izquierda extrema social comunista, ¿Por qué oscura razón no puede gobernarnos un grupo de aberronchos? La respuesta es muy simple, porque todos y cada uno de ellos llegaron a un común convencimiento: ¿Con quién vamos a estar mejor? ¿Quién nos va a permitir todo tipo de felonías y atropellos? La respuesta estaba clara, el sostenedor.
Estas líneas forman parte de un “artículo”, que hace el número cincuenta, para La Paseata. La verdad es que nunca pensé que lo lograse, pero, como dijo Don Antonio Machado, se hace camino al andar.
