
«En la calle la crisis se vive en los sentimientos: Incertidumbre y desmoralización. Crisis sí. ¿Pero cuál para los que llevan la inmigración tatuada en el cerebro?»
Arrebato e indignación son los sentimientos que me confunden tras el doble encuentro de hoy que en esencia me transmiten una lección de cotidianidad y esa sociología agria del momento que vivimos al comprobar que muchos llevan tatuado en el cerebro un concepto trasnochado de la inmigración.
Mi amigo Antonio, primero, me asegura que vive en su hogar la tristeza de la emigración y me pregunta qué ha cambiado en España, ahora egoísta y racista, desde aquel Blanco y Negro repleto de maletas de cartón junto a los trenes, hasta las imágenes en color de hoy en las que vemos a los supervivientes del mar llegar en cayucos a nuestra tierra.
Nos conocemos bien los dos porque hemos compartido tareas en el periodismo y, por ello, no hace falta que me diga que en su casa viven bien gracias a los sueldos de sus dos hijas enchufadas en un chiringuito socialista centrado en la ayuda a los emigrantes, el cambio climático y otras lindezas de hoy. No hace falta tampoco que me diga, aunque lleva en el sobaco el periódico El País, que no le importan las cifras, los datos y obvia que en los primeros días de este año han llegado a la isla de El Hierro cuatro mil inmigrantes ilegales distribuidos ya por toda la península. O el dinero público que todo esto supone y del que se benefician, además de sus hijas, una pléyade de amamantados. Y mucho menos quiere hablar de la relación, conocida en todos los juzgados de España, entre delincuencia, violaciones y robos con la emigración ilegal.
Como conozco, desde hace años, su especial sensibilidad por el sufrimiento que produce la injusticia social, atisbo a comprender que Antonio, por la lógica supervivencia de dormir en paz todas las noches, se ha tatuado en el cerebro el falso concepto de la inmigración y, por el mismo precio, lleva grabadas también, y para siempre, todas las consignas del poder que nos aprieta.

Yo le contesto que no son los mismos unos que otros. Que hoy en España emigran los nietos. Aquellos por los que la sociedad española, las familias le digo, se han preocupado hasta el punto de invertir en su educación gran parte del presupuesto familiar.
Y es que el Blanco y Negro estaba lleno de trabajadores sin cualificar, de supervivientes con el estómago vacío, y el Color, lo llenan, desgraciadamente, multitud de investigadores, ingenieros, médicos y jóvenes suficientemente preparados. Me lo acaba de decir doña Concha, mi segundo encuentro, con los ojos llenos de lágrimas.
Acabo de saludar a la que fue la querida profesora de mi hijo mayor, ya jubilada. Y en la calle León, en la esquina histórica del «mentidero de los cómicos» me ha confesado que su hogar ha quedado invadido por la enfermedad de la tristeza. Sus dos hijos mayores, comparten emigración en Europa. El vástago, ingeniero industrial, en Suiza y la mediana, licenciada en Filología en el Reino Unido.
¿Y esto? ¿Acaso no es síntoma de crisis social o de la política centrada en la propaganda? Y es que estamos sometidos a la dictadura de la crisis económica por los informativos que dedican minutos y minutos al déficit, las subidas y bajadas de las bolsas, al peligro de la ruina y el alto coste de la deuda. Pero en la calle la crisis se vive en los sentimientos: Apatía, incertidumbre y desmoralización. Crisis sí. ¿Pero Cuál? La económica no es más que la punta del iceberg.
