
«Les da igual que todo huela que apesta, no porque votan con la nariz tapada, sino simplemente porque ya les gusta el olor»
Hay una expresión que hubo un momento en que se hizo muy conocida y ha sido usada bastante a menudo por ciertos medios informativos y también intelectuales, siempre que se venía a hablar de la fiesta de la democracia, de ese paripé del presunto deber para con la comunidad de ir a votar cada cuatro años, para convencernos de que participamos en la gestión de nuestra sociedad y también un poco, por qué no, para salvar en la medida de lo que cada uno pueda nuestra conciencia, diciendo, o pensando, que no hacemos dejación de esa obligación moral de participar —gran verbo— en las responsabilidades comunes.
Me refiero a la locución “votar con la nariz tapada”, que algunos ponen su origen en los votantes franceses, quienes ante la necesidad de normalmente tener que ir a una segunda vuelta en sus elecciones presidenciales, se veían obligados a votar a uno de los dos candidatos simplemente para que no saliera el otro. Quizá no debamos creérnoslo, dado que nuestros vecinos del norte son, para eso, como los de izquierdas: todo lo que les gusta cómo ha quedado o lo que les mola o les parece bien, resulta que ha sido invención suya. Pero así se escribe la Historia.
Es decir, supuestamente, el electorado francés se encontraba en ocasiones ante la disyuntiva de tener que elegir en segunda vuelta entre dos candidatos, que ninguno era a quien había votado en la primera y con ninguno de los cuales se sentiría identificado para elegirlo, por la simple razón de que, si no fuera así, lo habría votado la primera vez. De esta manera, bien frente al miedo superior a uno de los dos restantes, bien por pragmatismo, votaba a la opción menos mala. Y lo hacía “con la nariz tapada” para evidenciar que no lo hacía por gusto, sino precisamente en contra de sus preferencias, aunque oliese mal.
En nuestro maltratado país no existe ninguna segunda vuelta electoral, de modo que tal expresión ha quedado indisolublemente asociada a una práctica a mi juicio también lamentable: el voto útil. Es decir, una especie de voto negativo, que significa realmente el abandono de las propias convicciones, no votando a quien uno cree que debería hacerlo, para votar a otro en la confianza de que, ganando éste otro, con esta acción de generosidad no se produjese la victoria de un tercero indeseable.
Durante las campañas electorales, siempre hay partidos que apelan al denominado voto útil, y coincide que siempre son los partidos grandes frente a los más pequeños, enviando al electorado la perversión democrática de que un voto a una formación pequeña —siempre a otra— se va a desperdiciar. Pero no hablamos de matemáticas, hablamos de principios.
Desgraciadamente, nos encontramos muchas veces en la difícil tesitura, en tantas ocasiones en la vida, de tener que elegir a la francesa entre el mejor de dos males, para evitar la victoria del peor de ellos, y también en la no menos complicada de tener que elegir a la española entre el peor de dos bienes, para evitar la victoria de un mal, votando en ambos casos, al parecer, con la nariz tapada. La consecuencia es la misma en las dos situaciones: lo que consideramos bueno se deja en la cuneta. No hay que negar que ambas tesituras suelen ser difíciles; lo son, pero, sin embargo, también son absolutamente claras: hacerlo es una indignidad personal, una renuncia a las propias convicciones, una traición a uno mismo que solamente puede justificarse por elegir un mal menor para tratar de evitar un mal mayor.
Lo que ocurre es que, no obstante, no se puede estar seguro de que, tener que elegir un mal por pequeño que sea, pudiere llegar a ser bueno. Quiero decir que, eligiendo el mal menor, es cierto que incluso podríamos estar realizando una correcta elección moral (por el componente social de lo moral), pero indudablemente no es una elección ética (por el componente individual de lo ético). El problema aparece enseguida que se analiza al ser humano: habiendo tenido que elegir y una vez materializada la elección, automáticamente empezaremos a pensar que en realidad la elección no era tan mala, y, acto seguido, el paso siguiente sin solución de continuidad será que nos olvidaremos con gran rapidez de que hemos elegido —a nuestro juicio— un mal, por muy pequeño que sea. Y, así, por arte de magia, el mal se habrá transmutado en bien. Y esto es así porque el ser humano prefiere olvidar postraumáticamente que tener cargar con sus propias contradicciones. Quizás sea práctico —e insisto, hasta moral— votar con la nariz tapada, pero no me parece ético.
Las elecciones gallegas han sido el último evento electoral en nuestra Expaña, y nos han enseñado cómo el electorado español sabe votar con la nariz tapada: así lo han hecho los que, siendo del PSOE han votado al BNG para que no gobernase el PP, y los que, siendo de Vox, han votado al PP, para que no gobernase una nueva coalición socialcomunista e independentista. En ambos casos, miles de ciudadanos han hecho de tripas corazón y han votado a partidos que no representan su ideología. Muy práctico, pero indigno.
Porque ésa es la verdadera lectura de lo acontecido. El electorado gallego no es ni de lejos tan independentista como pueden sugerir los resultados del Bloque. Lo que ocurre es, sin duda, que miles de socialistas, por fin, han decidido no votar a un partido que ha emprendido el camino de la autodestrucción. Porque no se puede llamar de otra forma la estrategia de Sánchez. Sánchez es el tipo que pide que le saquen un ojo, para que al PP le saquen los dos. Su objetivo no es ganar elecciones, porque, en realidad, Sánchez nunca ha querido ser presidente: su más vívido deseo ha sido ser expresidente. Sí, disfrutar una temporada de las mieles del poder, del BOE, de su falcon, y dejar como unos zorros al partido que lo echó a la calle y al país que, elección tras elección, nunca le vota mayoritariamente a él. Y, luego, largarse de España, a la Internacional Socialista, a la Unión Europea o al sofá del salón del estupefaciente Zapatero, si hiciese falta, y reírse como un demente en el Congreso el resto de los días de su vida bien pagada por todos nosotros.
Pero todavía hay otros miles de psocialistas que compran su mercancía averiada y que, tras el desastre del partido en Galicia, siguen babeando cuando su amado líder tiene la cara dura de decir que el resultado del PSOE ha sido malo por culpa, ¡sí, del PP!, que ha sido tan canalla de adelantar las elecciones, porque eso no debe hacerse, excepto si se adelantan para celebrarse en plenas vacaciones de verano, que, entonces, es perfectamente legítimo; o cuando tiene la poca vergüenza de decir que el resultado no ha sido tan malo, porque la izquierda ha aumentado un escaño respecto de las anteriores, como si ellos no hubieran perdido cinco, además, chivándose él solo de lo que de verdad piensa y quiere: diluir el PSOE en una piara de partidos antisistema; o cuando no se pone ni colorao afirmando que los resultados no han tenido ningún componente nacional, sino meramente regional, cuando, si el PP no hubiese revalidado la mayoría absoluta, le habríamos tenido un mes escupiendo a los cuatro vientos, él y toda su clac mediática, que era el fin de Feijóo.
Sí, todavía hay unos miles de terraplanistas psocialistas que no ven que ha elegido jibarizar su partido, buscando convertirlo en un simple apéndice de partidos comunistas separatistas, en cuyos idearios está la desmembración de la nación española y la sustitución de nuestro Estado de Derecho por un régimen, sí, marxista-leninista; que no ven que lo daría todo por sacar adelante una ley de amnistía que “ha traído la convivencia a Cataluña”, y que esa simple falsedad no la va a estropear, no ya que hayan repetido por activa y por pasiva que volverían a intentar el golpe sedicioso, sino que el Parlamento Catalán haya sacado adelante, ya, esta semana una iniciativa para volver a proclamar la independencia; que no ven que está dejando en ridículo internacionalmente a nuestro país, siendo felicitado por los asesinos de Hamás y por los piratas hutíes; que no ven que no es verdad que la economía vaya como una moto, sino que el aumento de la deuda pública es tan bestial que la tendrán que pagar, no nuestros hijos, sino nuestros nietos, que crecemos a mayor ritmo que nuestros socios porque partíamos de tan abajo que cualquier tasa de crecimiento parece ahora enorme, que los únicos puestos de trabajo que han crecido han sido los públicos, mientras que los datos del paro privado han sido disfrazados y ocultados, que las grandes empresas están huyendo de España y no es porque estén regidas por empresarios fascistas egoístas de frac, sombrero de copa y puro, sino porque la seguridad jurídica de nuestro país está cayendo en picado, que todos los días cierran cientos de pequeñas empresas y autónomos ahogados por sus leyes intervencionistas…; que no ven cómo ante el enésimo affaire de corrupción del PSOE, esta vez lucrándose con millonarias comisiones por la venta de mascarillas durante la pandemia (que no se puede ser más miserable) a ministerios y comunidades autónomas socialistas, sale en los medios Sánchez, desencajado, diciendo que no se explica que la Justicia les investigue a ellos, mientras nadie investigó al hermano de Ayuso (habiendo sido archivadas las investigaciones —que sí que las hubo— en España y en Europa): Sánchez lo sabe, pero ya miente como un salvaje desaforado y sin recato que huye hacia delante, y qué razón Ayuso con su respuesta y su nuevo “Me gusta la Fruta”). Sánchez llega ya a ser repugnante. Y, sin embargo, miles de compatriotas psocialistas, que he dicho que todavía no lo ven…, o lo que es mucho peor: que sí que lo ven y les da igual. Que les da igual que todo huela que apesta, no porque votan con la nariz tapada, sino simplemente porque ya les gusta el olor.
Es todo tan asqueroso que ya pierden significado los calificativos, y nos van a vencer por puro ahogamiento de lisos y llanos montones de mierda. Sánchez es un tipo infame, con aires de chulo de piscina que sólo encandila a las chonis de su partido, que cualquier día le tiran las bragas en el Congreso tras la faena (con todo respeto, incluso algunas ministras; bueno, y ministros), pero que lo hace muy bien para los suyos. Infame, sí, pero son peor éstos —los suyos—, relamiéndose como chuchitos contentos de esas montañas de mierda, pese a tener conciencia de su propia putrefacción y hedor.
Los seres humanos producimos olor corporal. Olemos. Y, por lo tanto, lo hacemos bien o mal producto de nuestra higiene corporal. Y tengo para mí que, por fortuna, los seres humanos también exhalamos olor ética y moralmente, y, por lo tanto, olemos bien, o mal, en función de nuestra propia higiene ética o moral. No me pueden dar más asco (y ya he resuelto mis dudas sobre si hay que respetar las ideas y despreciar al hombre, si hay que despreciar las ideas y respetar al hombre, o si hay que despreciar hasta la falta de respeto ambas cosas). Y, simplemente, lo he resuelto utilizando la nariz, para meterme olor ético y moral ajeno, y no tiritos como ellos en sus tramas de corrupción y sus fiestorros indecentes de coca y putas con el dinero ajeno.
Así que, volviendo al principio, discrepo: sí que hay que votar con la nariz, pero no con la nariz tapada, sino, al contrario, totalmente al aire, completamente destapada, para que el hedor nos alerte. A la vista se la puede engañar con suntuosos ropajes, y al oído se le puede confundir con los cantos de los acólitos, pero el olor no se puede disfrazar: quien huele mal, huele mal siempre, y torrentes de perfume solamente amargan y acrecientan la hediondez. Una bocanada inspirada al lado de Sánchez o de cualquiera de sus muchachos enseña más que el estudio de cien programas electorales. La nariz nos puede salvar del desastre.
Al final, inevitablemente el infame Sánchez y sus lobotomizados muñecos quedarán sólo como un borrón en la Historia de nuestro país, desenmascarados, denigrados y negados incluso por los pocos suyos que hayan sobrevivido a la indignidad, pero, por suerte, mientras, seguirán regando el día a día de un hedor tan miserable y repugnante que a los demás nos servirá, por lo menos, para identificarlos hasta en la oscuridad, y no olvidarlos. No hay que olvidar jamás.
No hacer caso a la nariz realmente sólo está alcance de la Secta: el PSOE es nuestro Dios y Sánchez su profeta.
