(Y II) Lugares de Madrid: La Real Academia Española de la Lengua. Por Diego Pardos

Edificio de la Real Academia

«Hace un siglo hubo una época muy precipitada. A consecuencia de ello y de llover con abundancia aparecieron unas terribles goteras en el palacio de la Academia»

Cuando yo era niño me preguntaban: “Dieguito, tú de mayor, ¿Qué quieres ser?” Yo les respondía que “académico, para mirar por encima del hombro al director del museo del Prado”. Era una frase cursi ensayada con la ayuda de mi tío Isidro, que era un mal poeta, y que yo no entendía debido a mi inmadurez. Ya de mayor a quien no he llegado a entender es a mi tío, que se hizo pintor de arte moderno. 

Ni he logrado -por ahora- esa ilusión infantil, pero a veces, cuando paseo por esa parte tan bonita de Madrid, bajando por San Jerónimo el Real y me planto ante las escaleras y las columnas de este edificio de 1894, en esa especie de altozano que es la calle Ruiz de Alarcón, me admiro del panorama que tengo ante mis ojos: a mi espalda el Casón del Buen Retiro, y el parque; abajo, el museo de pinturas; a lo lejos, la subida a la vieja ciudad de los Austrias; y bajando hacia Atocha el Jardín Botánico. Entonces, digo, ya he mirado por encima del hombro y me siento feliz y entro en un café a escribir mi crónica para el periódico y a tomar un descafeinado con leche. 

Hace un siglo concretamente (década arriba, lustro abajo) hubo una época muy precipitada. A consecuencia de ello y de llover con abundancia aparecieron unas terribles goteras en el palacio de la Academia. El entonces director, don Ramón Menéndez Pidal, andaba de los nervios, ya que el personal de limpieza (que pasó a llamarse personal de sequeza, por los cubos de agua que distribuían y los charcos que tenían que secar), digo que el personal de limpieza no daba abasto para retirar la suciedad de las obras: los restos de yeso, los trozos de ladrillo y argamasa, el polvo y la ceniza del tabaco. Porque estos señores albañiles se pasaban el día con un cigarrillo entre los labios y parecían médicos de lo que fumaban. Aunque los había tan ahorrativos que no lo encendían y se limitaban a morderlo como si fuera un palo de regaliz, y de este modo les duraba toda la mañana. 

El caso es que cuando se pagó el estropicio causado por la inclemente lluvia, la Academia se quedó sin presupuesto. ¡Hasta la escalinata que subía a la planta noble y al salón se desnudó, pues hubo que retirar la alfombra, echada a perder por la humedad! Los académicos rezongaban, pero se aguantaban sin cobrar sus dietas (así que muchos de ellos engordaron a causa de ello). 

Curiosidades 

 De modo que muchas y muy bonitas historias se podrían contar sobre esta noble institución. Otro día narraré el caso de un filólogo con muy mala uva: por ahora no diré su nombre. Estaba enamorado de una compañera y como sus sillones no estaban juntos ni situados de frente (y la señora le dio calabazas), tomó venganza y se dedicó un año entero a negar la negación expletiva y a sugerir que no fuera borrada de todos los libros, incluido el Quijote. Creo que se encuentra en un sanatorio mental, pero como ya he dicho, esa historia ha de ser para otro día… 

Aunque la crónica más extravagante quizá sea que de don Eugenio García-Eolo (que heredó el sillón Ñ al morir don Gerundio a causa de un calamar que se negaba a ser tragado). Este ilustre señor era de ascendencia cubana y vivía en la cercana calle de Alfonso XII con sus padres y hermanos. Consiguió el empleo de académico gracias al conserje don Aforismo Linajes Cunqueiro, que era un santo varón cuyo oficio era el de sereno. Con lo cual puede suponerse que su función en la portería de la Academia era la de quedarse dormido sentado en su silla de madera. 

Fue muy célebre don Eugenio en el barrio del Retiro. Lo sacaban a dar una vuelta por el paseo de coches con una cuerda atada al tobillo y permanecía como un globo suspendido en el aire y contemplando la ciudad. Cuando acudía a las sesiones plenarias se tenía mucho cuidado con él; había que amarrarlo bien al sillón para que no saliera disparado por alguna gotera y nadie pudiera decir, al verlo flotar en el cielo velazqueño: “Aplícate mucho en el estudio Miguelito, que así llegarás tan alto como don Eugenio… 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020).

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