
«Muchos no quieren saber que hay en el mundo seres tan abyectos como para hacer del asesinato de inocentes arma política. Y sí, sí los hay»
Se dice que la sociedad española de este año veinticuatro del siglo XXI está dormida, flotando en la vida muelle y sosegada de la información móvil. Debe de ser cierto, ya nadie se pregunta que fue lo que ocurrió realmente el once de Marzo del año dos mil cuatro. Al parecer estaban de moda los atentados espectaculares que se inauguraron en las Torres Gemelas de Nueva York. Los que teníamos entonces los cincuenta y empezábamos a peinar canas, las pocas que se tienen cuando se es calvo, ya no parece que el tema nos interese, son cosas a olvidar, por el horror que suscitan. Cuando el único interés que había ese año, entre un gran número de españoles, un par de días después de estas explosiones, era que ganara unas elecciones Zapatero y dejara de gobernar Aznar. ¿Qué mejor asunto para variar el resultado, que se preveía inevitable de una nueva victoria del centro derecha, que un atentado con muertos, muchos muertos? ¿No es lógica mi pregunta?
Parece imposible que alguien desde su propio país fuese capaz de organizar semejante abominación y por eso nunca se ha sabido, ni se sabrá por el momento, mientras vivan las personas que teníamos uso de razón en esa época, es la única verdad. Los que murieron aquel día, está claro que no volverán, y si existe otro plano de existencia, en el que yo no creo, ellos sí lo sabrán y si fuera así, estoy seguro de que esperarán a los verdaderos responsables para hacerles morder todo lo peor que se pueda morder en esa supuesta vida post mortem, ya que no será el polvo.
La verdad, la que no interesa a algunos que se conozca, y que no es ni mucho menos la inventada por ellos, es otra muy distinta a la narrada. Inteligentes mentes interesadas en ocultar la verdad, por la cuenta que les tiene, nos han tratado de engañar desde entonces, a troche y moche, tras veinte años de vendernos la burra de lo malísimos que eran unos islamistas, sino iguales a los de los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York en el año veintiuno, sí sus primos hermanos. Que piensen los demás lo que quieran, yo ¡no me lo creo, ni lo creeré nunca!
Es demasiado evidente que detrás de todo aquello había un interés político, que fuera esta la causa o no me es indiferente, el caso es que consiguió variar el resultado de las elecciones de dos días después. Puestos a creer en todas las mentiras de las que vivimos rodeados esta será una más, y desde luego, ya ha sido asumida por casi la totalidad del pueblo Español. La alternativa sería inasumible para muchos que no quieren saber que hay en el mundo seres tan abyectos como para hacer del asesinato de inocentes arma política. Y sí, si los hay. No hay que ir muy lejos para comprobarlo, en Rusia tenemos el ejemplo perfecto en la actualidad. Lo bueno de la información móvil a la que me refería antes, es que es inmediata y puede minar la seguridad de las creencias, con que solo deambule por las ondas radioeléctricas unos meses.
No todo el mundo es capaz de inventar historias, pero yo que suelo inventar mundo extraños en mis novelas, si soy capaz de creer en lo más raro e irreal que pueda tener un asunto, de hecho hay que hacer oídos al refrán que dice que: “la realidad siempre supera a la ficción”. También habría que hacer caso al pensamiento de que cuando todo es muy complicado, la verdad suele ser lo más simple. De todas formas, y ya sé que no sirve de consuelo, la realidad, lo que vemos, intuimos y creemos ser, no son más que estructuras de gluones, leptones, cuerdas que vibran produciendo lo que parecen estructuras, moléculas. Para nosotros, éstas vibraciones del espacio y del tiempo configuran el mundo en que vivimos y del que creemos formar parte, sin que nada ni nadie pueda probar que es real. No se puede porque para comprobarlo tendríamos que salir de nosotros mismos y estudiar ese mundo desde fuera. Tendríamos que salir de nuestra propia física para ello. Vamos que es casi lo mismo que cuando alguien no quiere que sepamos una realidad, se pueden transformar en una serie de incertidumbres, que juntas nos darían una respuesta, pero por separado y a gran distancia y tiempo siempre serán un misterio.
Es quizás por eso por lo que la sociedad española de este año veinticuatro del siglo XXI está dormida, flotando en la vida muelle y sosegada de la información móvil. Somos como partículas flotando en la inmensidad del espacio que no comprendemos las mentes frías tan alejadas del común que causan espanto. Y debe de ser cierto porque ya nadie se pregunta que fue lo que ocurrió realmente el once de Marzo del año dos mil cuatro y a muchos, ni falta les hace.

