Procusto y la Izquierda Descolocada. Por Manuel Jesús Pérez Lorenzo

Procusto y la Izquierda Descolocada

  «La Izquierda está descolocada, y el problema siempre es su incapacidad genética para admitir la posibilidad de que se pueda pensar de forma distinta a como establece su ideología»

La incapacidad de la Izquierda para entender los procesos mentales e ideológicos que se escapan de la hoja de ruta que les diseña su partido y su amado líder, deja muestras pintorescas y dignas de cierta compasión intelectual. Los progresistas están tan acostumbrados a pensar, a opinar y a actuar después de leer las instrucciones que les son dadas, y que siguen a pie juntillas aunque el Flautista les lleve a ahogarse al río Weser, que, cuando la realidad les parte la cara, no solamente se les queda rota, sino con un rictus de incomprensión que les lleva a que las palabras que pronuncian suenen sin sentido, como si un ictus les hubiera lesionado el hemisferio derecho del cerebro. Y lo peor es que esa sucesión de palabras intelectualmente cacofónicas, en una gran cantidad de ocasiones los lleva a articular pensamientos y discursos que difícilmente pasan el filtro de la coherencia lógica, perdiéndose en simples manifestaciones de voluntad, haciendo pasar la realidad por el tamiz de sus deseos, en vez de por sus ojos. No estoy muy seguro de si la primera víctima del sectarismo es la argumentación racional o la pérdida de la realidad, porque, para los progresistas, la realidad no es como es, sino como desean que sea; no es como es, sino como tiene que ser. 

 

Después de más de seis decenas de años pateando el mundo, claro que entiendo la pulsión humana de intentar acomodar la realidad a nuestros pensamientos o a nuestros deseos, en vez de hacerlo al revés. Todos caemos en ello, pero la clave está en hacerlo sólo si no queda más remedio y salvando un poco las vergüenzas. Es decir, aunque sólo sea por vergüenza torera, hay que intentar ser, al menos, un poco estéticos. La diferencia entre los librepensadores y los sectarios es, entre otras, que aquéllos no siguen consignas (o procuran no seguirlas), mientras que éstos las simbiotizan con su pensamiento y están tan contentos de haberse conocido, recitándolas como loritos bien alimentados.  

 

En la mitología griega, Procusto era un bandido que tenía su casa en las colinas de Ática, y allí daba posada al incauto viajero solitario. Ocurría que este posadero tenía una idea muy firme de lo que debía ser una cama, y solamente tenía un modelo, de unas dimensiones determinadas y de material de hierro. Cuando alojaba al viajero, le ofrecía la cama, y, mientras dormía, lo ataba a las cuatro esquinas del lecho. Si la víctima era alta y su cuerpo era más largo que la cama, simplemente le aserraba las partes que sobresalían: pies, manos y/o cabeza. Sin embargo, si el cuerpo era de menor longitud que la cama, lo descoyuntaba a martillazos hasta estirarlo. Al fin, todo viajero se ajustaba a la cama. 

 

Para el progresista Procusto, el tamaño de los viajeros tampoco era como era, sino como tenía que ser. 

El mito de Procusto

Al progresismo no le importa la altura de los viajeros, sino la dimensión de su cama deseada. El progresismo ha decidido adónde quiere llegar, y cualquier camino vale si le lleva allí. No hay opción, no hay alternativas, no se plantea la posibilidad de que haya destinos mejores. Es más, quien no quiera ir a ese destino es alguien, que, inexplicablemente, no elige sus vacaciones al lugar debido, y al que hay que salvar, quiera o no quiera, alguien al que hay que obligar a ser libre. Y, al final, todo termina siendo mucho peor: quien prefiere el mar a la montaña progresista, termina siendo no alguien que piensa distinto o que le gusta meter los pies en el agua salada, sino el enemigo fascista que tala árboles, quema bosques y extermina especies protegidas; y si un día, un progre se cae del caballo y ve la luz, termina siendo no una persona que despierta de un mal sueño o que, incluso, le guste el destino pero no el camino elegido, sino alguien que ha sucumbido al pecado, que ha sido vencido por los oropeles del capitalismo salvaje, que ha vendido su alma al Diablo de la Extrema Derecha por unos minutos de gloria. 

 

El verdadero problema de la Izquierda es que ya no entiende nada. Se ha quedado obsoleta en el camino de las ideas, utiliza recetas preantibióticos y solamente puede sostener su andamiaje oxidado sobre la base de tratar de imponer coactivamente su material averiado, de engañar y de manipular.  

 

A partir del tercer tercio del siglo XX, la Izquierda se llevó la primera sorpresa: el proletariado, la clase baja, los suyos, dejaron de optar por el paraíso socialista y comenzaron a votar a la Derecha. ¿Cómo era posible que no votasen como debían? ¿Habría que obligarlos en el futuro a ser libres, a lo Rousseau? 

 

Finalizando el cuarto tercio del pasado siglo, cayó el Muro de Berlín y la Izquierda se quedó huérfana de referentes ideológicos. ¿Cómo había sido posible que el paraíso de leche y miel socialista implosionara frente a la presión del capitalismo salvaje, que tenía que haber sido el autodestruido, Marx dixit. 

 

Ya en nuestro joven siglo, la Izquierda sorprendida se echaba las manos a la cabeza, tras advertir que su nuevo engendro ideológico, el Socialismo del Siglo XXI —Populismo y Comunismo en vena— disparaba como reacción un Populismo de Extrema Derecha que utilizó sus mismas armas y de forma mucho más efectiva, apareciendo lo que con horror Chantal Mouffe e Íñigo Errejón en su obra conjunta Construir pueblo denominaban gramscismo de derechas y todo lo que ello implicaba para la lucha cultural e ideológica. Pero las manifestaciones sobre la preocupación de la Izquierda en este fenómeno no se quedan ahí. Por ejemplo, Enrique del Teso, en su Más que palabras. La izquierda, los discursos y los relatos, cuando afirma que ambos discursos extremistas ya son iguales por momentos y cómo a la Izquierda le frustra que alguien pueda decir con palabras mejores que las suyas aquello que era de su patrimonio. O Miguel Urbán, en su La Emergencia de Vox. Apuntes para combatir a la extrema derecha española, cuando denuncia que ya se habla más de los problemas que le interesan a la extrema derecha y, además, tal como le interesan a la extrema derecha. O Jano García, en su El Rebaño. Cómo Occidente ha sucumbido a la tiranía ideológica, cuando señala la preocupación progresista por la aparición de los nuevos subversivos. O Pablo Estefanoni, en su ¿La rebeldía se volvió de derechas?, cuando afirma que la transgresión ha cambiado de bando. 

 

Y, en este estado de cosas, por fin ahora en Expaña, nuestro maltratado y querido país, después de todas las mentiras, las traiciones y las tropelías de esa Izquierda Descolocada, por si fuera poco que la masa vote a partidos de derechas y no como debiera, que se hayan quedado sin referentes de lucha ideológica y que cierta corriente de derechas les esté pasando por la izquierda, resulta que es incapaz de asumir sin nerviosismo y estupefacción de accidente cerebrovascular que, encima, parte de los suyos se estén convirtiendo en fascistas irredentos. 

 

Un detalle más de ello, y muy educativo, me ha venido —cómo no— del BOE, perdón, de El País. Un artículo de Jordi Gracia, del día 3 de este mes de diciembre, titulado No es la edad, es el poder, refleja de maravilla este descolocamiento zurdo (como diría Milei), que le lleva a disparar contra intelectuales de Izquierda que, bajo su punto de vista, se han convertido al Conservadurismo, con la carga de reproche ético que le merece. Ciertamente, leer algo así deja un poso de desolación. 

 

Comienza muy bien, hablando de los intelectuales como revoltosos e imprevisibles, contradictorios e hirientes, rebeldes y sobreactuados, casi siempre taxativos en sus juicios, como si tuviesen algún órgano suplementario del que carecemos los demás para erradicar el mal (muy bueno); pero, a poco que se sigue leyendo, se ve que el órgano que destila el sectarismo en el cuerpo, del que sí que carecemos los demás, se va poniendo en marcha y queda claro que irónicamente lo describe así porque se está refiriendo a los intelectuales de derechas o a aquellos intelectuales de izquierdas que ya no escriben, dicen o piensan como a este soldado de la Secta le han dicho que debería ser. Por supuesto, ese órgano suplementario que tienen los intelectuales de izquierdas para erradicar el mal, en ellos le parecerá perfectamente bien. Me expreso mal: no es que le pareciere bien, es que ni siquiera se plantea que pudiera no estar bien. 

 

Así, emite juicios —con todo su derecho, eso sí— contra personajes de la cultura, que están en una posición tan alta, que, si él se cayera desde allí, se mataba del trompazo (intelectualmente hablando, por supuesto, no vaya a ser que la Secta lance a la Fiscalía a querellarse contra mi humilde persona, por hacer una metáfora con la muerte o con ser colgado por los pies). Pero eso no tenía que ser necesariamente malo: lo es porque rezuma una mala baba y un rencor que ofende a la inteligencia y que, por si fuera poco, les imputa a ellos. 

 

Si empezamos por el título del artículo, ya se ve que lo primero que les achaca, sibilinamente y para el que sepa leer, es que son gente de edad. Muy progresista: sus mayores dejan de ser sabios para convertirse en viejos gagá, en cuanto no siguen las consignas de la Secta. Ignorantemente, olvida que quizás el tiempo no lo lleve a él mismo a ser alguien, pero, ineluctablemente, lo va a llevar a tener edad. Los soldados jóvenes son imprudentes. 

 

Y, después, resulta que ese paso a la derecha lo dan por razones nada loables, sino porque, supuestamente, han perdido poder de influencia en los medios y en la sociedad, y están rabiosos. Y, también supuestamente, parece que algo de ello recuperan girando a la derecha. Quitando el alago que supone para los que somos de derechas, es decir (lo explico, por si acaso), verse obligados a tener que pasar a los planteamientos de Derecha cuando los de la Izquierda no dan más de sí, resulta que su sectarismo le lleva a la necesidad de tener que buscar una razón más o menos impresentable, carente de decencia o vergonzosa para tachar su cambio de rumbo. Así, los aludidos no critican determinadas decisiones de la Secta por el hecho de que sigan pudiendo ser librepensadores, sin que la infección les haya enfermado para siempre, y estén en desacuerdo con alguna de ellas, sino porque son viejos, han perdido influencia y, rencorosos, la buscan a cualquier precio, aun a costa de no ponerse de rodillas y con la boca abierta, y de desairar la doctrina y al amado líder. Es repugnante. 

Procusto y la Izquierda Descolocada

No hay que defender a quien sabe perfectamente defenderse por sí mismo, como, por cierto, ya ha hecho alguno, y con mucha más coherencia y respeto. Pero sí es bueno recordar cómo la Izquierda trata a sus disidentes: traidores socialistas para los comunistas, traidores revisionistas para los socialistas, traidores socialdemócratas para los revisionistas…, y, ahora, traidores derechizados para los socialdemócratas. Todos, uno detrás del otro, como traidores a la Izquierda Verdadera. Recordemos, para dejar una nota de humor, cómo tradicionalmente los comunistas y socialistas marxistas se han reído de los socialdemócratas, que cogen el violín con la izquierda, pero tocan con la derecha. Justicia poética en cascada. 

 

Como se ve, no les ocurre preguntarse si, la realidad de que tantos intelectuales que fueron de izquierdas, dejen de serlo con el tiempo, y la también realidad de que el trasvase al contrario no sea nada frecuente, no tendrá que ver más con la capacidad de seguir aprendiendo del ser humano que con la pulsión de todos esos vicios que, al parecer, trae la edad… para los de derechas, por supuesto. En definitiva, la Izquierda está verdaderamente descolocada, y el problema siempre es el mismo: su incapacidad genética para admitir la posibilidad de que se pueda pensar de forma distinta a como establece su ideología, su amado líder, su establishment o su mero cuaderno argumentario, y la de que, de repente, la realidad no está siendo como debía ser. 

 

Cuando ríe, se le ve brillar en la noche el diente de oro a Procusto. 

 

Manuel J. P. Lorenzo

Soy doctor en Derecho, abogado desde hace más de treinta años y empresario, y fui muchas más cosas, que son las que me han traído hasta aquí. Crecí de niño en el barrio de Usera de Madrid, fui Inspector de Policía en lucha antiterrorista en el País Vasco de los 80’, estuve preso y conocí once cárceles, defendí a algunos de los mayores narcos de España y mantuve contactos con servicios secretos y de información nacionales e internacionales. El resto no ha prescrito. Me gusta leer, escribir y ver series, sobre todo americanas; estudiar ajedrez y hacer deportes bestias de contacto; comer con mis amigos y reírme de mis enemigos; pensar que, como cuando era joven, sigo siendo inmortal y que, cuando llega la época de las renuncias, es mejor tener muchas cosas que dejar atrás que no haber tenido ninguna. En definitiva, un camino de mil kilómetros, que va, por lo menos, por el seiscientos sesenta y seis.

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