«Cuando han pasado muchos años, o incluso no tantos, la gente se cuenta los hechos como le conviene y llega a creerse su propia versión, su distorsión».
— Javier Marías, Así empieza lo malo
Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
mas que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera.
— Jorge Manrique, Coplas por la muerte de su padre. (Copla II)

«El continuo ataque a las verdades más elementales exige una revisión profunda, un acto de contrición que examine los movimientos erráticos, los pasos perdidos, dados con una venda en los ojos o sin ella»
Hace falta una dosis masiva de ingenuidad para no percibir quiénes, cómo y por qué marcan el ritmo del cuándo, dónde y para qué. La masa informe que han conseguido crear —y que ha sido desposeída de instinto a conciencia— actúa con una cronometrada unidad en lo por venir y, de igual forma, se lamenta al advertir las consecuencias, tarde. Algunas veces lo hace en el mismo plano de sincronicidad, pero como si fuera ya el pasado, las verduras de las eras manriqueñas. Entiendo que algo pegajoso se habrá quedado en las manos, por muchos lavados que se hayan hecho al estilo de Pilatos. Y que, siquiera, un resto de dignidad, de cordura, de respeto por uno mismo permanezca adherido y sirva, ojalá, para recomponer algún día no lejano el destrozo que entre todos y todas se ha cometido, y que ha ido parar a ese pozo negro que nadie mira, pero que sigue ahí, delante, ocupando un terreno cada vez mayor, como un elefante en la habitación.
El continuo ataque a las verdades más elementales exige una revisión profunda, un acto de contrición que examine los movimientos erráticos, los pasos perdidos, dados con una venda en los ojos o sin ella. No se puede ser cómplice de los contravalores que derrumban lo poco bueno que permanece en la materia, en el barro del que fuimos hechos. Y cuánto se ganaría si el pesar, el dolor sincero, fuera un espacio común en el que hallarnos, con independencia de creencias políticas o religiosas. Porque el fracaso siempre es molesto, y argumentar con un leve maquillaje tal o cual postura solo pone de manifiesto una servidumbre idiota que se aferra a la esclavitud como algo incompatible con la independencia. Allá cada quién, y sea con gusto reo del amo que elija. Pero a los demás, al menos por ahora, no nos queda otra que el recurso a la práctica de un ejercicio militante y antipático, a la tenacidad de un Sísifo para señalar otras vías posibles y mejores. Esta vieja Europa, cobarde e incapaz, también es constante y siempre adelantada en la utilización del procedimiento contrario, al ensañarse con los más débiles y mostrar sus garras. Los avances en materia de la denominada eufemísticamente como «salud reproductiva», el aborto, ofrecen a la vista toda una declaración de los principios que regirán en breve el marco legal europeo. En Francia, Macron no ha tenido empacho alguno al mostrar ostensiblemente su apoyo para consagrar el derecho al aborto, utilizando a propósito esta blasfema expresión que debería por sí misma despejar las dudas de los más tibios:
La Asamblea Nacional de Francia aprobó el martes por una amplia mayoría un proyecto de ley destinado a consagrar el derecho de la mujer al aborto en la Constitución francesa, el primer paso clave en un proceso legislativo que también requiere una votación en el Senado.
El proyecto de ley fue votado el martes por la tarde en la Cámara Baja del Parlamento por 493 votos a favor y 30 en contra.
Esta ha sido la avanzadilla que actúa como la brigada de demolición —que ha decidido arrogarse la misión de disponer los andamiajes necesarios— a la que ha seguido en abril la propuesta de la Eurocámara, que recoge el mismo maligno espíritu de la propuesta francesa. Nada es casual en esta coordinada presentación de hechos consumados cuyo triunfo se celebra por anticipado: El acceso al aborto como derecho fundamental de la UE. Más bien se trata de arruinar o demoler el edificio sobre el que tendría que asentarse sólidamente la identidad común, echar abajo, por desgracia, los valores que servían a fines más nobles, como escudo contra lo malo, garantes de la debida protección, seamos vulnerables o no, más o menos necesitados de ella. Así lo escribe Gracia María Pellicer de Juan, en Sin cimientos se derrumba el edificio. La Crisis de Identidad y Valores en Occidente:
No le demos más vueltas, cualquier edificio sin cimientos se derrumba y ese es el futuro de Europa que edifica en el aire, sobre sus quimeras laicistas y bajo los postulados de Gramsci y su marxismo cultural, negando el humanismo cristiano que la hizo grande.
Hace muy bien Religión en Libertad en llamar a las cosas por su nombre. No queda más remedio. Ante la osadía de los otros, el contraataque exige, en igualdad de condiciones, el mismo descaro: El aborto en la Constitución es «la afirmación pública de la masonería como Iglesia de la República»:
«Debemos tener el valor y la lucidez de enfrentarnos a este trasfondo ideológico para comprender el significado de consagrar en la Constitución la afirmación de que el aborto es una libertad. A veces se ha argumentado que el aborto no tiene cabida en la Constitución. Desde un punto de vista jurídico, sin duda, pero desde un punto de vista simbólico es otra cosa. Una Constitución define a un pueblo y contiene y expresa su identidad y sus valores. Las leyes fundamentales del Reino de Francia reconocían el catolicismo como religión oficial. Al declararse laica, la República adoptó un componente esencial del pensamiento masónico. Ahora ha dado un paso más al declarar la «libertad de abortar«.
Este delirante ‘logro’ —que pretende imponer la identificación de un acto cruel como si fuera una conquista, un hito digno de aplauso— tendría que concitar el unánime repudio de cualquier sociedad civilizada. En efecto, no hay cabida para la desatención de las necesidades de los más vulnerables, pero éstas tampoco deben convertirse en una eximente de la expresión de la pertinente responsabilidad en todos los ámbitos. En la coexistencia de ambas, responsabilidad y amparo, es donde radica la madurez de dicha sociedad. La desigualdad económica, el sufrimiento y la violencia son motivos suficientes para buscar y exigir una reparación digna, nunca aniquiladora. De este modo se expresó el filósofo riojano Gustavo Bueno, quien sostuvo una posición humanista frente al aborto, considerándolo «como un regreso o ‘retroceso reaccionario’ a la época de la barbarie».
Y desde el punto de vista civil, desde los fundamentos legales, los artículos de Francisco José Contreras (¿Son los derechos humanos una idea tóxica?), Mariona Gumpert (Derechos humanos universales sí, pero no tanto) y Juan Manuel de Prada (El aborto es un Derecho Humano Fundamental) inciden en la reescritura de lo que, hasta ahora, parecía claro. Roto el consenso, sin un dique que detenga esta marea de locura, el viento de la desgracia tiene la vía expedita. Así, cobra todo el sentido del mundo el escalofriante concepto que destruye y actualiza lo que se ha sostenido como ‘derechos humanos’. La lectura de estas palabras escritas por Yuval Noah Harari en su obra Sapiens transparentan esta muerte anunciada del mundo que conocemos, del que tanto provecho sabrán obtener otros:
«Es fácil aceptar que el Código de Hammurabi era un mito, pero no queremos oír que los derechos humanos sean asimismo un mito. Si la gente se diera cuenta de que los derechos humanos solo existen en la imaginación, ¿no habría el peligro de que nuestra sociedad se desplomara? Voltaire dijo acerca de Dios que «Dios no existe, pero no se lo digáis a mi criado, no sea que me asesine durante la noche». Hammurabi habría dicho lo mismo acerca de su principio de jerarquía, y Thomas Jefferson acerca de los derechos humanos. Homo sapiens no tiene derechos naturales, de la misma manera que las arañas, las hienas y los chimpancés no tienen derechos naturales. Pero no se lo digamos a nuestros criados, no sea que nos maten por la noche».
No nos extrañemos, pues, de los furibundos ataques de apariencia diversa, de esa lluvia de flechas que silban antes de herir y diezmar a un ejército mal pertrechado, que se obceca en permanecer a la intemperie, incapaz de ponerse a resguardo, aunque lo tuviera a mano. El mal hace causa común bajo motivos y nombres distintos. Siempre es así. Tantos (malos) ejemplos aturden. Que Hughes realice una «cronología de traición» para visibilizar y poner a cubierto la verdad —que no es otra que la ignominiosa trayectoria que ha conducido a los sillones institucionales, al dinero público, y al respeto a una banda terrorista— en El proceso de asimilación de ETA revela, una vez más, la coordinación existente en ese proceso de desmantelamiento que abarca desde la esfera privada a la pública, desde lo nacional a cualquiera de los foros internacionales. El mecano contiene múltiples ruedas, piezas de todo tamaño, al servicio de los peores fines disfrazados de bienes. El éxito de esa misión consiste en programar la conciencia en la idea de que nada puede hacerse ya. Es lo que se llama indefensión aprendida (1). Hemos de admitir que, sin posibilidad de cuestionárselo, después del calentón, llega siempre el enfriamiento. Otras novedades llegarán, otras cuitas y ruinas habrá que puedan afectarnos. Y también serán disueltas como un azucarillo las intenciones que aún permanezcan —la esperanza de una acción conjunta y decidida que desvíe las flechas—. Por si fuera poco, la ausencia de una solidaridad verdadera, de una caridad manifiesta —que rehúsa el compromiso cuando es más necesario, con ese regusto amargo del desinterés, del hacerse a un lado— nos deja en una posición de mayor desamparo. Por descontado, con un leve soplido, cualquiera que se lo proponga se llevará por los aires el edificio común que, en realidad, estaba construido con materiales muy endebles.
El Partido os decía que negaseis la evidencia de vuestros ojos y oídos. Ésta era su orden esencial. El corazón de Winston se encogió al pensar en el enorme poder que tenía enfrente, la facilidad con que cualquier intelectual del Partido lo vencería con su dialéctica, los sutiles argumentos que él nunca podría entender y menos contestar. Y, sin embargo, era él, Winston, quien tenía razón. Los otros estaban equivocados y él no. Había que defender lo evidente. El mundo sólido existe y sus leyes no cambian. Las piedras son duras, el agua moja, los objetos faltos de apoyo caen en dirección al centro de la Tierra… Con la sensación de que hablaba con O’Brien, y también de que anotaba un importante axioma, escribió:
La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados.
— George Orwell, 1984
NOTAS_____
(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Indefensi%C3%B3n_aprendida
