
«La única filosofía de su vida es un decidido propósito de cumplir la ley que más les preocupa acatar, la ley de olivo… ¡permanecer!»
Estupefactos leímos la carta de un narciso que se presenta como un romántico enamorado de su esposa cuando en realidad se reserva para amar algo que se quiere notablemente más alto, más legítimo, mejor y más hermoso que todo eso que no es la verdad, lo divino, la belleza misma, la perfección de las cosas sino el poder en sí mismo por el que dice no sentir apego alguno. En realidad la no renuncia de nuestro presidente filósofo por el amor menor, por el amor de su Venus terrestre, se añade a la de esos siete podridos votos que le mantienen dormitando sobre el colchón monclovita.
Ayer tarde temí por algunos amigos asistentes a la esquina de Ferraz ante la posible concurrencia de pirracas podemitas y adeptos sanchistas con ansias de violencia.
Los filósofos están condenados a amar, despertando como Sócrates el amor por las cosas más altas, ofreciéndose a sí mismos como señuelos. La esperanza está puesta en que no se ame lo exterior sino lo que el filósofo esconde, una virtud maravillosa y desinteresada. Nuestro filósofo en su sufrimiento por el amor hacia España se toma cinco días de meditación para plantearse si merece la pena seguir ante lo que él y sus corifeos citan como denuncias falsas a su amada esposa.
La tragedia del filósofo don Lindo es su intento desbocado por despertar en la ciudadanía a la que se dirige por carta compungido para mostrarnos su amor por lo más alto, para ofrecerse para ser respaldado, defendido y amado por socialcomunistas, separatistas y filoterroristas, y hasta del delincuente Ábalos, frente a una corrupta derecha y ultraderecha que actúan con el contubernio de sus cloacas y el estado profundo que no comprenden y emborronan su compromiso personal con el avance y progreso de España, su deber, el compromiso político y servicio público, «para transformar y hacer avanzar al país que quiero».
Se siente víctima de un burdo ataque sin precedentes, embarrando con ello la derecha y la ultraderecha la vida pública, por lo que se pregunta ante el espejo si merece la pena su esfuerzo.

