
«Escribir una columna, tan efímera como el avión de papel lanzado por el niño que observa palpitante su incierto vuelo»
Escribir una columna, ¿no es acaso, en algún momento, como volver atrás? ¿No será un regreso a nuestros mentores, a los maestros? Recordar los bellos nombres que a pie de aquélla tanto nos apelaron, nos inquirieron y no pocas veces nos divirtieron. Los leímos durante años -y aun ahora- hasta que acabaron o mudaron al periódico de la competencia, esa cabecera que desde entonces también buscábamos en el quiosco. Escribir una columna fue primero leer y sentirse vivo soñando que al hacernos mayores, también nosotros pintaríamos lo que del mundo pensábamos. Y cómo debería ser éste, pues al cabo, nuestra firma sería suficiente autoridad. Sacar de nuestro bolsillo el desplegable de las tiernas pulsiones literarias; escribir en una hoja para quien nos leyere y alcanzar el relevo que dejan los años, las puñaladas y la muerte.
Ya avanza la semana; ya los jueves quieren ser viernes; ya el tiempo apremia y lo acorrala a uno, lo pone entre el amor y el deshumor. Ha de entregar su columna sabatina y no tiene argumento, ni chisme, ni invento donde rascar… Lejos quedan los tiempos en que el artículo salía solo, donde la anécdota remitía a otra encadenada que llenara el papel prensado con una pretenciosa sangre de la vanidad.
De modo que así estamos, desamparados, huérfanos del hada de la inspiración, faltos del espíritu del talento, cabizbajos y ya con el nerviosismo de la falta de ideas. Si en un par de días nada acude a mi cabeza, y si ni a la escritura automática puedo apelar, mi corta vida de columnista habrá terminado. Ni siquiera podré -privilegio del rico y del hombre sin escrúpulos- acudir a un negro que escriba por mí.
Pensarán ustedes que es tarea fácil, tantos y tantos son los acontecimientos sociales y políticos que nos circundan. Y no les falta razón. Abramos sino la prensa económica; leamos la crónica rosa; veamos los últimos eventos deportivos o taurinos. Salgamos –locus amoenus– al campo (o a la ciudad, según el caso) ahora que es primavera. Todo moverá nuestra voluntad a escribir, a contar a nuestros lectores ciento y una variedades de lo mismo. Pero es inútil: no hay modo, no sale ese brillante texto que tanto se desea…
Quizá esta noche, durante el duermevela de la antevíspera salte una chispa de gracia y no tenga el desgraciado ponedor de palabras que esperar hasta un último minuto en que la sutil ocurrencia de alguna ministra, el exabrupto del diputado, o el vestido atrevido de una presentadora nos sirva en bandeja esa pequeña historia que esperamos -tan esperanzados- que lean con el café de la mañana o el vino de la tarde. Escribir una columna, tan efímera como el avión de papel lanzado por el niño que observa palpitante su incierto vuelo.
Pero no se impacienten; no es preciso acompañar al quiosquero en la tarea de cortar la cuerda de los fardos todavía caliente; ya sean las seis de la mañana o las once, La Paseata estará a la venta puntualmente. Para ello he de encerrarme en mi biblioteca (clausurados la mayoría de los cafés, las criptas de los hampones de la bohemia matritense de hace lo menos 100 años) para erosionar el papel, para arañarlo con uñas de tinta y fijar una pobre crónica, sumergida entre las miles que no pasarán a la historia del periodismo literario.

