
«Lejos de pretender que esta columna sea un tratado de chalecología, ni siquiera una introducción a dicha ciencia, sí al menos quiere prestar un servicio público informando de lo que se lleva hoy»
Si de “estrafalario” fue tratado por el general Primo de Rivera don Ramón del Valle-Inclán, según cuenta Rafael Cansinos (poco amigo como era de “Miguelón” y de su dictadura, aunque reconociera que nunca había habido mayor libertad de costumbres), estrafalario me parecía a mí también aquel mago Tamariz que salía en la primera cadena de Televisión Española. Feo como el marqués de Bradomín, llamaba nuestra atención con un ¡tachán! Y gastaba, creo recordar, chaleco. Que digo yo que sería para no ocultar los ases en las mangas -cerrando de este modo su acceso a la política- y así entretenernos con sus trucos. (Mayor simpatía que Cansinos Assens le tengo yo a don Miguel y he de proclamarlo aquí, venga o no a cuento.)
No es el chaleco una prenda nueva, ni mucho menos. Ha servido históricamente para disimular las prominentes barrigas de los caballeros, que introducían en sus bolsillos sus relojes, amarrados a una cadena atada a un ojal y donde reposaban sus dedos pulgares. Hace un tiempo se puso de moda un modelo acolchado de múltiple variedad coloril que ha sido calificado como “fachaleco”, sin duda por antiguos clientes de la taberna Garibaldi, que por cierto, parece que ha echado el cierre. Oportunidad que pierdo para mis “Lugares de Madrid”.

He pensado que este del chaleco era un tema interesante para escribir, viendo un anuncio mediante el cual una joven muy agradable de las Nuevas Generaciones del Partido Popular trata de informarnos sobre la conveniencia de ir a votar en las próximas elecciones al Parlamento Europeo. Porque la señorita en cuestión lleva un chaleco liso azul, ropa que es del gusto también de la señora Díaz Ayuso, aunque ella elija más bien tonos rojizos o granates, salvo para la fiesta de San Isidro, que utiliza el más formal de chulapo. Personalmente muestro mi preferencia por la campaña publicitaria de 2021, donde doña Natividad recorría Madrid trotando envuelta en un atractivo traje de deporte negro. El chandayuso era mejor para este tiempo -todavía traicionero- que estos chalecos femeninos que exponen la blancura de los brazos al aire del Guadarrama. Veremos si Escarlata Johansson no se nos constipa antes de los comicios de junio (esto es, el cuarenta de mayo, día arriba, día abajo).

El capricho de la moda es algo verdaderamente curioso: Dos buenas amigas y exministras como doña Juana Belarra y doña Irene Montero (y no serán las únicas) también han decidido cambiar de look. Han desterrado los flequillos euskoflautistas en favor de un corte de pelo muy mono, de media melena, cual si fueran compañeras de colegio de la pequeña Madeline, esa encantadora niña de los dibujos animados. Quizá ya fuera demasiado aconsejarles el uso del sombrero con lazo y por ser todo ello un exceso retiraré la idea.

Y lejos de pretender que esta columna sea un tratado de chalecología, ni siquiera una introducción a dicha ciencia, y sin ánimo alguno de hacerle sombra a la sección “Fashion Corner” que Alba Vila tiene en El Progreso de Lugo, sí al menos quiere prestar un servicio público informando de las últimas novedades, de lo que más se lleva hoy.

Nada menos que la reciente presentadora del histórico programa Informe Semanal de Televisión Española (donde tantos años trabajó el editor de La Paseata Manuel Artero) se apunta también a esta tendencia. Así la podemos ver en la puesta de largo de su programa de entrevistas En primicia, y en alguna de ellas como las realizadas a Raúl del Pozo y a Federico Jiménez Losantos. Hay que decir a favor de doña Lara Siscar que debajo de sus variados chalecos lleva -según los días- una blusa o un suéter . En eso se diferencia de la atrevida prenda de la derecha política, al tiempo que se resiste a la moda de la media melena que pretende imponer la izquierda podemita. Difícil equilibrio el que tiene que mantener la bella periodista, aun en los asuntos aparentemente más intrascendentes.
Y difícil decisión también la de los señores que, en lo sucesivo, ya pueden ir descartando de su guardarropa el anticuado chaleco, y más si han pensado llevarlo sin la reglamentaria chaqueta. Porque a las mujeres, hay que reconocerlo, siempre les quedará mejor que a nosotros la discutida prenda.

