«La insoportable levedad del ser». Por Teresita Ávila

La insoportable levedad del ser. Milan Kundera

No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. 

El hombre, llevado por su sentido de la belleza, convierte un acontecimiento casual (la música de Beethoven, una muerte en la estación) en un motivo que pasa ya a formar parte de la composición de su vida. Regresa a él, lo repite, lo varía, lo desarrolla como el compositor el tema de su sonata.

Milan Kundera, La insoportable levedad del ser.
La insoportable levedad del ser

«Antes de rendirnos del todo, de desaparecer en las aguas cenagosas, podría caber una posibilidad si así lo deseamos, manteniendo a salvo la esperanza»

A punto de darle la vuelta a la hoja del calendario —otro mes que se ha ido como un soplido—, este mayo loco cual émulo de febrero nos dejó en la retina imágenes de felicidad para las familias. Fiestas tradicionales, las comuniones de los pequeños, y la veneración de los nuevos tiempos que han traído consigo esas ceremonias laicas que culminan cada etapa, denominadas ‘graduaciones’. Asisto con más frecuencia a las últimas que a las anteriores. Y algún curso que otro toca honrar a la alegre muchachada con unas palabras de aliento en uno de los días imborrables de su vida. Esta encomienda no es nada fácil, créanme. Participé a mediados como público, en medio de una multitud de orgullosos padres, porque festejamos el final de los estudios universitarios de la mayor. Y mantuve bien abiertos los ojos y oídos durante las distintas intervenciones del acto académico. El mensaje principal fue unánime: felicidad. Ante todo, ser felices. Ello representa la máxima o el principio de la existencia humana. Lo demás orbita cual si fueran satélites minúsculos que complementan o le otorgan lucimiento a lo anterior. Unos pocos días después, frente al atril y al micrófono, en el salón abarrotado de familiares y alumnos, tuve la ocasión de dirigirme a los míos para intentar de nuevo eso tan difícil de darle el sentido exacto, la inteligencia, a la expresión más o menos hilvanada de frases en las que, por supuesto, nunca debe faltar ese deseo de ventura.

No quise en mi caso, sin embargo, desaprovechar la ocasión que se me brindaba, tan ciertamente feliz, para deslizar alguna de las inquietudes que dejo asomar en mis escritos aquí, en La Paseata. Temas no exentos de controversia como la modernidad, nuestra compulsiva sociedad contemporánea —vestida para matar, como si fuera de fiesta— que oculta bajo las galas un objeto peligroso, una daga o un pequeño revólver. Pero, también muy especialmente la alusión a los retos que enfrentarán en forma de gigantes, mejor dicho, gigas: El Big Data. Los pasos a los que avanza esta revolución implacable exceden la asimilación calmada de los cambios, dando paso a una agitada transición que provoca encendidos debates. Del entusiasmo de los tecnócratas al escepticismo de los humanistas. Generalizaciones aparte, llegarán inevitablemente y de nuestra atención depende que su uso sea adecuado, a escala humana.

El diseño de este ‘mundo feliz’ ofrece, llamémoslo así, «un paisaje con pocos relieves», eliminando los estorbos, los accidentes, las montañas y las rutas sinuosas, con la pretensión, quizá, de educar en la confianza puesta en un itinerario amable. Nada más lejos de la realidad. Las mejores trampas son invisibles y lo saben los exploradores más experimentados. Así, la búsqueda del perfil ideal del usuario incluye entre otras características la presunción de la bondad de un sistema que dispone la colaboración activa del individuo con esa hoja de ruta actualizada llamada ‘programación’ en la que se deslizan rutilantes novedades, sofisticadas formas, y la promesa de la adquisición de competencias que se celebran por todo lo alto, acogidas con entusiasmo por los nativos digitales y otros fieles. El reconocido sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman puso también su atención a esta materia en su obra Generación líquida: transformaciones en la era 3.0. Las que hubieran sido reflexiones finales de la obra, quedaron pendientes por la muerte del autor en 2017, en plena redacción del libro. La Web3, o Web Semántica abren un abanico de posibilidades que llevan aparejados «el aprendizaje automático, el procesamiento de lenguaje natural, la tecnología blockchain y la inteligencia artificial» (Wikipedia).

Una de las realidades más impactantes atañe a las utilidades que giran alrededor de la Inteligencia Artificial. El escoramiento social, a favor o en contra de dichas novedades, empieza a producir un debate curioso. Digamos que, de momento, puede verse un apoyo decididamente favorable por parte de los usuarios frente a los que recelan de su eficiencia. Es decir, el hecho de cuestionar las aparentes bondades de la Inteligencia Artificial coloca en posición de inferioridad al osado disidente que observa los cabos sueltos, señala las fugas de la máquina, antes de que aparezcan los problemas. Ayer como quien dice, en la plataforma «, una emprendedora en el ámbito de la tecnología digital (Laura) realizaba una oferta irresistible al descubrir nuevas herramientas para «humanizar» los textos obtenidos mediante el ChatGPT cuyo uso no se limita al ámbito académico. La sorpresa fue grande, no lo niego. Enseguida se manifestó un buen número de comentaristas que saludaban la propuesta con gran entusiasmo. Esa feliz idea, el trampantojo que faltaba por ver, apuntalaba la innovación consistente en borrar el rastro de la IA y hacerla pasar por buena, por una creación «inmaculada» fruto de la creatividad de la persona. Y otro divulgador (Mateo), unos días después, animaba a probar otro recurso para facilitar la redacción de textos de variada complejidad, apto para cualquier etapa educativa.

Quedé maravillada e incómoda a partes iguales, pues pensé: «En esto consiste la nueva magia, en enseñar el truco para invisibilizar la trampa». Esquizofrenia pura y dura que no puede extrañarnos porque, aunque con mayor culpa de unos cuantos entre todos, de alguna forma hemos contribuido a crear el monstruo, a engordarlo y a admitirlo. «Pulpo como animal de compañía». Qué frase. Y si lo piensan brevemente, antes de demoler el sistema que debilitado resiste en pie —este viejo árbol de la sabiduría con sus frondosas ramas, ahora casi vencidas— para que tenga éxito es necesario desactivar las ganas, romperlas, derrotar el espíritu creativo y cedérselo a las máquinas. La sociedad líquida ha blanqueado lo impensable y otorgado carta de naturaleza a los hechos más inverosímiles, sin apenas restricciones, sin remordimiento cuando proclaman unos beneficios innegables y, encima, ese rendimiento lo bendice el poder mismo y lo propaga su extensa red de medios. Me figuro el panorama que se cierne sobre los famosos negros de las editoriales, esos ghost writers: «Algunos ejemplos de ello son autores de la talla de H.P. Lovecraft, que escribió Imprisoned with the Pharaohs (Atrapado con los faraones) para el reputado escapista Harry Houdini. Paul Auster también dio sus primeros pasos en la literatura como negro».

No le niego el derecho a la evolución de aquellos procedimientos habituales en la Edad Media entre los clérigos —la amplificatio y la abreviatio—. Otra cosa muy distinta es elevar a categoría de obra original aquel resultado en el que el ‘autor’ no ha puesto ni media neurona. Enorgullecerse del manejo habilidoso —o directamente pícaro— de una labor automática nos trae a la memoria la fábula del burro flautista («¡Oh!», dijo el borrico,/ «¡qué bien sé tocar!/ ¡y dirán que es mala/ la música asnal!»). José Cadalso previno a los jóvenes de su época contra esa terrible especie de engreídos en Los eruditos a la violeta. No deja de ser esto un retorno actualizado y ‘democrático’ amparado por la extensión de posibilidades y conocimientos. Bien empleado podría surtir efecto. El temor proviene de ese mal uso y perversa intención que encanalla y somete el deseo legítimo de superación personal.

Antes de rendirnos del todo, de desaparecer en las aguas cenagosas, podría caber una posibilidad si así lo deseamos, manteniendo a salvo la esperanza. Una buena iniciativa consistiría en la adopción de medidas que aparten a los jóvenes de la dependencia del móvil, que los deja exhaustos y los desactiva. Ya se escucha un significativo número de voces que actúa en consecuencia, se rebela contra esa tiranía, y pretende apartarlo de la escuela (EFE: Educación prohíbe el móvil en el aula por crear problemas del aprendizaje y convivencia). 

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

«Las cosas eléctricas también tienen sus vidas. Por insignificantes que sean.»


«Tal vez sea usted el androide -afirmó el agente Crams- Con una memoria falsa, como las que les ponen. ¿Ha pensado en ello?»

Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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