Que Dios nos pille confesados. Por Julio Moreno López

Que Dios nos pille confesados

 Prefiero el trapecio, para verlas venir en movimiento”.(“Prefiero el trapecio”. Manolo García). 

 Una de las supuestas ventajas de la madurez en la que me encuentro no solo sumergido, sino más bien inmerso, debería ser el haber alcanzado ciertas certezas, ciertas seguridades, aunque solo fuera por la experiencia acumulada. Se supone que, a los cincuenta y tantos que ya cargo a las espaldas, ya debería saber lo que es seguro, lo que es probable y lo que es más que improbable. 

 

Pero este último año, 2024, se está empeñando una y otra vez en demostrarme que, cuando más cómodo empiezo a sentirme en una situación, más cerca estoy de abandonarla; que la palabra certeza queda únicamente para dos circunstancias en la vida, el nacimiento y la muerte y que todo lo que discurre entre estas dos verdades es volátil, es incierto, y puede desaparecer de la noche a la mañana. 

 

Podríamos decir que la incertidumbre es una certeza, si no fuera una entelequia. Yo, este año, me siento como un gato al que cuando más cómodo está en su cojín, le cogen de las patas y le lanzan al aire para ver si cae de pie. Y si bien es cierto que sí, que caigo de pie, también es verdad que me gustaría un poco de tranquilidad. Ya no estoy para muchos trotes, o al menos, para tantos trotes.  

 

¿Se acuerdan ustedes de ese problema de matemática básica en el que un caracol sube cinco metros al día del pozo en el que está sumergido, pero por la noche se duerme y baja cuatro?. Pues eso me pasa a mí, pero en la vigilia. Yo me despierto en la certidumbre de haber encontrado una estabilidad, y a los pocos minutos me empiezan a caer unas ostias como panes, que a las once de la mañana ya estoy deseando que llegue la noche para meterme en la cama. Eso, teniendo en cuenta que en el noventa y nueve por ciento de las veces la cama es para dormir. Aunque bien es verdad que algo debe pasar también en las horas de descanso, porque me levanto como si hubiera estado descargando camiones en Mercamadrid. 

 

En cualquier caso, es más deseable ese cansancio que el cansancio mental de tener que reestructurar tu vida constantemente, créanme. Al final, uno viene a darse cuenta de que la sabiduría popular es aplicable en todos y cada uno de los aspectos de la vida. “¿No quieres sopa?. Pues toma dos tazas”. 

 

Miren ustedes, como ya he dicho en otras ocasiones, yo no necesito lanzarme en parapente, no necesito hacer puénting. No soy de aquellos que necesitan reafirmarse continuamente, créanme. A mí me basta con seguir igual, igual que ayer o que antes de ayer, y no lo consigo. Muchos días mi momento de mayor excitación consiste en abrir el buzón, cuando llego a casa, o en mirar en el teletexto la lotería el domingo, a ver si me ha tocado algo. Con un reintegro ya he hecho el día, imagínense. 

 

Pueden hacerse una idea, si están leyendo este texto con la debida atención. Yo miro la lotería en el teletexto. En la era del Chat GPT ¿Quién coño usa el teletexto?. Pues yo, señores, yo. El hombre analógico. 

 

Esto es muy cierto. Y me hace desviarme a otra reflexión. Las tecnologías son las culpables, con toda seguridad, de una gran cantidad de infartos de miocardio. Mi mujer, por ejemplo, empieza el día desayunando, buena costumbre, y mirando en el móvil todo aquello que puede destruir la tranquilidad del hogar en un instante, como el email y las cuentas del banco. Créanme, cuando veo a mi mujer mirando el banco solo espero un silencio, como una densa niebla que no te deje ver nada en un metro a la redonda. Un simple carraspeo no es una buena señal. “¿Este recibo de mantenimiento de la tarjeta? Pero si nos habían dicho que domiciliando la nómina no nos cobraban. Ahora llamas y que te digan por qué” 

 

Créanme, estas situaciones, mientras me estoy calentando el café en el microondas acaban con mi paz interior en un santiamén, aunque he de reconocer que alguien tiene que poner cordura en la organización que supone un matrimonio. Y ese no suelo ser yo. 

 

Soy un hombre tranquilo, no me importa reconocerlo. Muchos días, uno de mis mejores momentos, aparte de acostarme, por supuesto, es cuando después de cenar me siento en el sillón a ver una serie estúpida, con mi mujer. A esa hora, cualquier suceso a ocurrido ya a lo largo del día y no espero sobresaltos.  Ya he descendido los cuatro metros del caracol, y llega el momento de cerrar el interruptor, de la luz y del cerebro, hasta mañana por la mañana. 

 

Y al despertar, que Dios nos pille confesados. 

 

@elvillano1970 

Julio Moreno Lopez

Nací en Madrid en el año 1970. Aunque mi título universitario indica que soy ingeniero informático por la Universidad Pontificia de Salamanca, nunca ejercí como tal. Enamorado del mundo del periodismo y de la literatura, colaboro en diversos medios escritos y en alguna que otra emisora de radio. Ahora, miembro de este proyecto tan bonito de La Paseata. Además, soy autor del libro “Errores y faltas” Y del blog del mismo nombre. En Twitter @elvillano1970.

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