
«Hay que reconocer que se encuentra en una bella y aristocrática zona de Madrid, y yo les aconsejo a ustedes que, pese a lo escrito por mí, no dejen de visitarlo»
Tiene nuestro Museo Nacional del Prado inmerecida fama. Como primera pinacoteca del mundo es visitada diariamente por numerosas personas que consideran obligado ese deambular febril por sus salas, ese subir y bajar por las escaleras buscando el cuadro olvidado de su catálogo de bolsillo. El turista ha preferido pasar la mañana en el imponente edificio, cuando lo que le pide el cuerpo es comerse un bocadillo de calamares rebozados y beber un vaso de vino de Valdepeñas.
Don Alfonso E. Pérez Sánchez nos cuenta que fue inaugurado sin mucha pompa en el año 1819. “El Prado es la creación más afortunada de un rey de ingrato recuerdo: Fernando VII”, asevera el director honorario del Museo. Cuya primera colección de pinturas procedía de las Colecciones Reales, únicamente 311 obras que hoy ya son varios miles y que no cabrían en el edificio de Villanueva ni aun empapelando con sus lienzos sus paredes y sus techos.
No me digan ustedes que no es una lata acudir al antiguo Gabinete de Ciencias Naturales de Carlos III. Uno se cruza por los pasillos y las salas con gentes desconocidas, de países lejanos, que siempre dan la sensación de saber más que uno y con quienes no se puede ni hablar porque no entienden nuestro idioma. Para colmo, si uno lo intenta es apercibido por los conserjes, que no tienen miramientos a la hora de echarnos una bronca monumental -dado el sitio- si sacamos alguna foto. El caso es que nos rasquemos el bolsillo en la tienda de recuerdos, y adquiramos a precio de oro unas postales de Goya o El Greco.
Si queremos estudiar El Descendimiento de la Cruz de Van der Weyden o El jardín de las de las Delicias de El Bosco será tarea imposible: una multitud nos impedirá su contemplación. En tal ocasión no será mala idea ir en pos de Mantegna y solazarse con El Tránsito de la Virgen, un pequeño cuadro que pasa desapercibido. Igual sucede con las vistas de la Villa Médici de Velázquez e incluso con Las hilanderas. Si pretenden ustedes amortizar la entrada mirando y remirando todos los cuadros y sus marcos, las estatuas, los estucados de los altos techos y las linternas acabarán con un mareo notable y un dolor de cabeza horroroso.
Pero… siempre se puede hacer un descanso tomando algo en la cafetería. ¡Ni se les ocurra! No les acudirá un atento camarero a la mesa. Tendrán ustedes que coger una bandeja, igual que en esos bares de carretera que llaman de “self service” y abonar una cuantiosa factura por un cruasán reseco y un café con leche. Las personas con buen gusto prefieren salir un momento del museo y almorzar el brunch en el vecino hotel Ritz por parecida cuantía y luego reanudar la visita notoriamente satisfechos. Qué tiempos aquellos cuando el viejo edificio del Salón de Reinos albergaba el Museo del Ejército en la cercana calle de Méndez Núñez. En su bar, que no tenía precios modernos, uno podía comer algo o atizarse un carajillo en un ambiente de cantina cuartelera, rodeado de la gloriosa historia de nuestros soldados.
Mi inquina por el Museo del Prado no es cosa de capricho, no crean. Está justificada. A todo lo escrito anteriormente podemos añadir la ausencia de grandes falsificadores haciendo sus copias delante de las obras maestras; ni siquiera alguna estudiante veremos con el cuaderno de dibujo y el lápiz. Tan sólo grupos de excursionistas con prisa por salir rumbo a El Escorial vestidos (es un decir) con pantalón corto y sandalias. Hay, además, algo que siempre he deseado en mis visitas al Prado y nunca he tenido la fortuna de vivir. Me refiero al espectáculo (sin duda acordado) que los jóvenes colectivistas del grupo de teatro “Futuro Vegetal” monta de cuando en cuando en varios museos para protestar contra la crisis climática. Y miren ustedes que siempre llevo en el bolsillo un bote de pegamento loctite a estrenar, por si se da el caso y hay que echarles (en) una mano…
De modo que, como dije al principio, tiene inmerecida fama nuestro Museo del Prado. Hay que reconocer que se encuentra en una bella y aristocrática zona de Madrid, y yo les aconsejo a ustedes que, pese a lo escrito por mí, no dejen de visitarlo. (Siempre y cuando su tiempo les permita disfrutar de otros lugares igualmente interesantes como “La Garbancita Ecológica”). Yo por mi parte regresaré algún día, suponiendo que tras la lectura de esta columna, la dirección me permita acceder y no sea calificado de “persona no grata”.

