
«No tenemos ya las prisas de los años jóvenes, en los que necesitábamos todos los segundos del día para tratar de comernos el mundo»
Llega un momento en la vida en el que empezamos a darnos cuenta de que vamos perdiendo muchas de nuestras habilidades físicas. Hace años éramos capaces de ponernos los pantalones de pie: levantábamos primero una pierna y la introducíamos por una pernera, después la otra. Pero, por desgracia, llega una edad en la que mantener el equilibrio a la pata coja se hace verdaderamente difícil. Entonces optamos por hacer esto sentados en una silla o en el borde de la cama.
Lo que antes hacíamos en un instante, ahora se prolonga a veces más de cinco minutos. No es que importe demasiado; tampoco tenemos ya las prisas de los años jóvenes, en los que necesitábamos todos los segundos del día para tratar de comernos el mundo. ¿Nos lo comimos? Es bastante probable que, en la mayoría de los casos, no. Tampoco es que hiciera falta. Y la verdad, la vida era lo que iba pasando, mientras nosotros estábamos obsesionados por llevarle la delantera y hacer cosas que no eran de verdad importantes. Pero de esto pocas veces antes éramos conscientes.
La delantera casi nunca la conseguimos llevar, y es lógico, porque cada segundo tiene su duración, ni más ni menos. Ahora, pasados los años, los ritmos adquieren sosiego. No vamos a morir antes de que el reloj marque diez minutos más o menos. La muerte llegará cuando tenga que llegar, ni un milisegundo antes o después. Será el instante en que, como en el nacimiento, estábamos vivos. Ahora nadie nos dará en las nalgas para que lloremos y empecemos a respirar.
En ese momento nuestro cuerpo dice que respirar no es necesario para partir y deja de hacerlo. Y, lógicamente, tampoco nos correrá prisa; tras toda una vida, si hemos tenido esa suerte, los minutos de más o de menos son una nimiedad. Tampoco esto tiene la importancia que tenía, porque no tenemos que llegar, a en punto, a ninguna parte, salvo que se trate de algo relacionado con el médico o con alguna prueba que el doctor nos haya mandado. Estando jubilado, el resto del mundo puede correr, pero tú puedes tomarte tu tiempo. Esto proporciona una ventaja intelectual que nunca antes habías poseído: tienes los minutos suficientes para ver detalles de lo que te rodea, cosas que nunca antes habías percibido y que, aunque hoy las veas, no tienen por qué significar ni importar un ápice en tu mundo actual.
Las cosas que posees —libros, adornos, recuerdos, fotografías— siguen ahí, estáticas, detenidas en un tiempo congelado que ya es irrecuperable; solo son fragmentos de instantes por los que pasaste. Son esos presentes de paso que van conformando, siempre, el instante en que pasas del pasado al futuro. Son instantes que en realidad nunca están presentes, porque en el momento en que se producen ya son pasado y antes de producirse eran futuro.
Solo existe una realidad, y es el ahora, el momento exacto en el que se está. Yo diría que la vida se puede definir como el momento presente; jamás los instantes pasados ni los instantes futuros, nada de eso tiene sentido. Solo el latido de los corazones en el instante preciso actual es la realidad vital. Aún más, solo lo es mientras el cerebro mande señales químicas y eléctricas al cuerpo que lo soporta. Por eso muchas veces he pensado que la muerte es una especie de nacimiento al revés: tu cuerpo pasa de ser consciente de tu existencia a dejar de serlo. Antes de nacer no eras nada, nada te impulsaba a estar vivo; ahora es al revés: estás vivo, pero nada te impulsa a seguir estándolo. Salvo el instinto de supervivencia, que desde luego no es algo consciente.
Muchas historias de supervivencia resultan de la necesidad de la persona que va a morir de hacer algo por otro u otros, para protegerlos o salvarlos también de la muerte. Es instintivo, es poner un justificante a la existencia, una especie de «tengo que estar para los demás, luego ya puedo irme». Puedo perder mi mejor habilidad, que es vivir. Y es por todo esto por lo que empezaba diciendo que llega un momento en la vida en el que empezamos a darnos cuenta de que vamos perdiendo muchas de nuestras habilidades físicas. Hace años éramos capaces de ponernos los pantalones de pie: levantábamos primero una pierna y la introducíamos por una pernera, después la otra. Pero, por desgracia, llega una edad en la que mantener el equilibrio a la pata coja se hace verdaderamente difícil. Y es entonces cuando la supervivencia se obtiene por la necesidad que tengan los demás de ti. Digamos que sus espíritus te dan la vida o te liberan para que puedas dejar el mundo

