
«Se da así un paso más para el proceso de singularidad vasca que podríamos resumir con este lema: Un preso, un televisor»
El domingo pasado, el periodista Enrique Recio escribía en The Objective (pseudomedio o así que pronto estará fuera de la ley como los forajidos del lejano Oeste norteamericano). Y nos daba la noticia, gozosa para todos, de que el Gobierno Vasco ha encargado la compra de 1280 televisiones y 1289 soportes para instalar en las celdas individuales de los centros penitenciarios (antes cárceles), sitos en los territorios históricos (antes provincias) de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya. Se da así un paso más para el proceso de singularidad vasca que podríamos resumir con este lema: “Un preso, un televisor”. Que vendría a ser a Instituciones Penitenciarias lo que “Un hombre, un voto” a la Democracia. Así se comprende que los colectivos de presos y presas vascas y vascos (entiéndase etarras) se hayan empecinado de antiguo en el acercamiento de los suyos a las prisiones vascongadas. Y no sólo porque ello iba a suponer -lo estamos viendo- prácticamente su puesta en libertad gracias al traspaso de competencias en esta bonita materia del tan singular sector hostelero (hasta el extremo de sembrar la duda sobre si su dependencia administrativa lo es de la Consejería de Justicia o de Turismo). Como digo, la singularidad colectiva euskalduna pasa porque los “restospañoles” (como diría doña Carmen Álvarez Vela) paguemos la factura de 235 484 euros (impuestos incluidos) por los aparatitos de marras.
Y hombre, uno no puede estar más conforme, sólo faltaría, ya que al parecer ello será “una herramienta que potenciará la socialización y el aprendizaje de los internos”, aclara The Objective. Y digo yo que siempre será mejor socializar a los internos que no -como antaño- que éstos socialicen el sufrimiento. A través de las múltiples cadenas de que disfruta el Ente Euskadi Irratia Telebista (EITB) por fin los reinsertables podrán “ver programas educativos” tales como la exhibición del deporte autóctono basko (aizkolaris/leñadores, harrijasotzailes/levantadores de piedra, remeros deudores de los antiguos arrantzales/pescadores…), las fiestas populares de los pueblos, donde salen de jaiak las nekanes y bailan aurreskus de bienvenida a los “gudaris” (los afamados Ongi Etorri) y practican la danza suelta y airosa como quería Arana Goiri desde su jardín de Abando. Para el melancólico Sabin, Begoña ya debía encontrarse en las afueras y Bizcaya una extensión quizá demasiado grande del mundo. (¿Vendrán por ahí esas bromas del “mapamundi” de Bilbao?) Llegado el solsticio de invierno, les hará mucha ilusión a los penitentes recordar su infancia viendo la cabalgata del Olentzero que se exhibe desde hace unos años junto a María Dominga, su compañera sentimental. En alguna parte he leído que esta última fue un invento -sin duda feminista- de una concejal de Herri Batasuna. Resulta creíble y conmovedor: el frágil corazón de la edil no pudo soportar que el carbonero que traía regalos a los niños de Euscalerría estuviera sin una neska que le cocinara el marmitako.
La reinserción social es, me parece, tarea loable aunque difícil. Volvemos a leer en la crónica de E. Recio que los presos se quejan porque durante la mayor parte de la jornada han de participar en multitud de actividades y “después de unos días se cansan y no quieren ir”. Ahora se añade que, al ser las televisiones muy grandes y las celdas muy pequeñas a estos clientes tan singulares “el visionado les provoca en muchas ocasiones mareos”. En esto debe consistir también el “hecho diferencial vasco”, en el agravio, en la queja, en la constante desazón. Mientras que Antonio Sánchez Gómez -pongamos por caso- lleva una vida apacible en la prisión de Ocaña haciendo músculo en el gimnasio o viendo el último torneo de Roland Garros en compañía de los otros reclusos, Idoia Bengoa Zenarruzabeitia no está conforme con los talleres afectivo-sexuales que le imparten en Zaballa ni con el tamaño de la piscina climatizada; tampoco es justo el privilegio de Martina Chaves Ferrusola, que en la penitenciaría de Brieva vive tan ricamente estudiando Trabajo Social y planchando en la lavandería. Porque a esa misma hora, en Martutene, el antiguo activista del Comando Goierri-Costa, Jokin Fernández Carballo (condenado a ochocientos treinta y seis años de reclusión por siete asesinatos, posesión de armas y explosivos y extorsión, además de un secuestro en grado de tentativa) recibe visita de su abogado que le comunica la concesión del tercer grado.
Qué mala suerte. Y es que no hay justicia en España. Precisamente ahora, justamente en este momento en que el bueno de Jokin iba a terminar el cursillo de pilates y encima a estrenar esa magnífica televisión de 50 pulgadas…

