
«Los días de terral, no sólo en los pueblos, podías ver a la gente con sus sillas en las puertas de las casas, de puertas abiertas»
Recuerdo con pena aquella época franquista cuando los niños bajaban a la plaza a jugar a las bolas, al pincho, a poli-ladro o al mate con las niñas, aquellos bocadillos de mortadela, chorizo o salchichón, cuando tú madre, ya que no existían los móviles y desde la ventana a puro grito te daba dos minutos para estar en casa, bajo amenaza de decírselo a tu padre.
No te acompañaban al parque, no había peligro, tampoco te acompañaban al colegio, tu mochila sin ruedas, a la espalda con todos los libros y libretas de cada asignatura ya te empezaba a mostrar que la vida no era fácil.
Los profesores no eran tus amigos se les hablaba de don o de usted y te preparaban para la «ciudadanía» con matemáticas, historia, latín y una biología donde solo había dos géneros.
Ni venían hombres disfrazados de mujeres al colegio, con 11 o 12 años, ni profesores ni padres te hablaban de sexo , tampoco te importaba, se disfrutaba jugando con los amigos.
Las niñas siempre más maduras, hacían sus corrillos y suspiraban por los malotes de octavo.
Los días de terral, no sólo en los pueblos, podías ver a la gente con sus sillas en las puertas de las casas, de puertas abiertas.
Recordaba mi madre una noche, mi padre con un cólico nefrítico y ella salió a la farmacia de guardia, una voz ¿Señora dónde va?, a la farmacia, pues vaya usted que yo voy detrás, bendito Sereno.
Te comprabas tú 600, 850 o el de las viudas, el gordini, ni había zonas de bajas emisiones ni se las esperaba, la tasa de alcoholemia no era recaudatoria y en más de un caso la guardia Civil, llevó a su casa al borracho de turno.
El país crecía con los impuestos especiales (alcohol, tabaco e hidrocarburos) y el famoso ITE , impuesto de tráfico de empresas. Ni renta, ni retenciones IRPF y mucho menos IVA, herencias y donaciones.
El trabajo duro creaba riqueza, en tu casa había ilusión por mejorar, nadie trabajaba siete meses para pagar impuestos.
Tú madre, tu tía o tú hermana, se colgaban el oro que les parecía, sin preocupaciones a robos ni atracos, las palabras ocupación, violación grupal y patera no las conocía ni Pérez Reverte.
Tener una sola tele, lejos de ser una tragedia, unía a la familia, no teníamos la posibilidad de ver anuncios de compresas ensangrentadas a la hora de cenar ni publicitaban condones dos orgullosos hombres, supongo que no por buen gusto, más bien por puro «franquismo«.
Los tomates sabían a tomate y se freían patatas con virgen extra (lo juro).
Ahora podemos votar aunque lo importante sea quién cuenta los votos, tenemos niños gordos, cobardes y malcriados a base de muchas horas de play y falta de autoridad en colegios y hogares.
Viva la libertad Carajotes.
En cumplimiento de la ley de memoria histórica, les aconsejo olvide todo lo leído.

