Lugares de Madrid: El hotel Ritz. Por Diego Pardos

El hotel Ritz.

«Un grupo de poetas, dramaturgos, tertulios del Café Gijón, miraban el rostro pálido y adormilado del recepcionista del hotel Ritz»

En alguna parte del “tiempo amarillo” de Fernando Fernán Gómez  se dice que el hotel Ritz de Madrid no permitía hospedarse a los actores. Eran los años en que Balarrasa cedía la juventud -si hemos de creerle- al grupo de “existencialistas” del Café Gijón, en donde hacía tertulia con el poeta José García Nieto. Ese año en el cual decidió no trabajar lo dedicó en parte a esperar ofertas de trabajo sentado a la mesa del café. Ofertas que no llegaron y que por tanto no pudo rechazar. 

Una tarde templada salió de aquel templo de las vanidades, cruzó el paseo y bajó por la acera de la Biblioteca Nacional hacia Cibeles. Y así entró, por la noria del hotel, mientras pensaba en que no parecía mala idea, en que había que hacer un gesto, un ademán hacia el mostrador de la recepción, donde una mirada adusta disfrazada de actitud amable le dijo: 

 -Buenas tardes, señor. ¿En qué puedo servirle? 

 -Verá -le contestó nuestro amigo-, soy el actor Fernán Gómez… 

 -Lo lamento, señor, la dirección es muy estricta en… 

-Lo sé, lo sé, no se moleste. Lo cierto es que yo venía por otro asunto… 

Recepcionista en el hotel Ritz, qué cosa tan ridícula, comentaba Laurita Cella mientras daba vueltas a la cucharilla de plata. A lo mejor es que están filmando una película, mujer… No conviene exagerar. No exagero lo más mínimo querido, ¿o acaso ves por algún lado la cámara, ves a un señor vestido de sport o de golfista haciendo de director? Qué horror –Conchita Montesdeoca-, estropeando el vestíbulo con tanto foco y tanto trasto. Tampoco es imposible (se atrevió a replicar Juan Mayalde, que era hijo de marqués, que tenía un extraordinario sentido común, que tenía un extraordinario sentido del humor, que tenía un extraordinario Hispano-Suiza, que tenía una extraordinaria cuenta-corriente, que saboreaba un exquisito martini seco); digo que tampoco es imposible que Fernán Gómez esté actuando porque no veamos el equipo cinematográfico; fíjate que tú misma Laura, le das vueltas a una taza sin té… Lo que sucede es que ya no hay caballeros para servirlo, y ni aún para pagarlo.  Los caballeros andan despistados con las piernas de las Conchitas -importunó el golfo de Jaume Salopette, que era un guapo con poca gracia y mucho deseo-. 

Pero desde la simpática mesa de estos jóvenes desocupados podemos ver el escenario en que, como en un teatro, sucede la obra: 

-Buenas tardes, señores. ¡Cómo…! ¿una habitación para su esposa? Actriz me dice usted… no, no es posible, son las normas; el señor Alexandre, ¿cómico? Ni hablar, ¿qué telegrama? Está completo el hotel, ya ve… Madrid es imposible estos días. 

Y hasta por teléfono: 

-Sí, aquí el hotel Ritz, buenas ta… sí, le oigo perfectamente señor, que usted hizo de extra con Laurence Olivier… me hago cargo, pero no puede ser, no se admiten cómicos en este hotel, quizá en el Palace, que tenga suerte señorita. 

Sin embargo, el día en que Ava Gardner se alojó en el Ritz, Fernando la vio aparecer por la escalera. La esperaban unos impacientes; iban a salir; Fernando, enfebrecido, fuera de sí, siguió tras ellos y logró tocar a la mujer en el hombro con la yema de sus dedos. “Usted no -rogaba-, no se vaya, a usted se la recibe con agrado en esta casa, yo me encargo de todo…” Antes de que saliera por la puerta del hotel, era zarandeado por unas manos poderosas: 

 -¡Despierta, Fernando, que todo ha sido un delirio, un sueño! 

Ya habrá anochecido y por los visillos de los ventanales no vendrá la luz antigua. La taza de café, y el humo de tabaco en el ambiente, y un grupo de poetas, dramaturgos, tertulios del Café Gijón, miraban el rostro pálido y adormilado del recepcionista del hotel Ritz. 

Luego los tiempos cambiaron. Por las mañanas la flor y nata de la política, de la empresa, del sindicato, llenan el vestíbulo de gente y pisotean la alfombra. Llevan detrás multitud de técnicos de sonido, de imagen y periodistas sin afeitar, en zapatillas y camiseta, como si fueran diputados. 

(Un momento, parece que un señor entra por la puerta giratoria.) 

-Buenas tardes, señor Fernán Gómez: ¿estaba a su gusto la habitación? Disculpe, llaman al teléfono… Sí, ¿me dice del Gabinete del ministro? Lo siento, hace tiempo que no se admiten políticos, lo siento… quizá en el Palace. 

-Es usted afortunado, amigo Fuertes. Veía yo, fíjese, desde donde está usted ahora, veía yo descender a la mismísima Ava Gardner… 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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