Mañana voy al sur. Por Julio Moreno López

Mañana voy al sur.

 Mañana voy al sur, y espero que allí estés tú, moviendo tus manos, y agitando tus brazos”. (“El sur”. Modestia Aparte). 

 Es extraño, peo a estas alturas del cuento, en todos los sentidos, una de las pocas cosas, cada vez más escasas, que consiguen emocionarme, es la cercanía de los días de playa, del veraneo, como siempre se ha llamado. El veraneo, al menos en mi ideario particular, no es un viaje más. Afortunadamente, a lo largo del año, tengo no pocas ocasiones de hacer la maleta y poner tierra de por medio, pero la sensación de irme a la playa es algo muy diferente. 

 

Puede que sea porque no voy a conocer nada nuevo, para eso ya están los viajes; o puede que sea porque cuando me desplazo a Campoamor, bellísima localidad de Alicante por situación geográfica, pero murciana en el corazón y el sentir, no solo cambio de lugar geográfico, sino que también lo hago de época, de sentimiento, de sensaciones. Desde que pongo el pie en ese bendito lugar, no soy otro, ya quisiera yo, pero si me siento otro. Una vez que estoy allí, tengo la sensación de que en cualquier momento puedo cruzarme con el niño que fui, camino al puerto junto a mi hermano Javier, con nuestras cañas de pescar, mientras mi madre, en un gesto que era suyo y que ya nunca más realizará, nos decía adiós desde la terraza, con esa vigilancia solapada que solo tenemos los padres, motivada por el amor más profundo y el miedo más atroz. 

 

Puedo encontrarme con Esteban Hidalgo, la persona más entrañable que recuerdo, con su caja de melocotones “especiales”, y la bolsa de fichas de los coches de choque para Javi y para mí, que nos duraban todo el verano; y la leche preparada de Lola, con su canela y su piel de limón, que es sin duda otro de los sabores que me llevaré en el alma y el corazón, aunque ya estén ambos con mis padres, en otro plano, mirando y vigilando la vida de los que seguimos aquí. 

 

O puedo cruzarme, en la noche de brisa fresca, con el adolescente que fui, camino del Roce, del Náutico o del Montepiedra, lugares que, si bien siguen ahí en su mayoría, ya no son lo que fueron, del mismo modo que nosotros no somos lo que fuimos. 

 

En Campoamor, en la playa, puedo encontrarme a mi padre, con su bañador turbo y su bigote, que solo se dejaba para ir de veraneo, llevándonos feliz a tomar el aperitivo en La Barraca. Nunca voy a olvidar el sabor de esas empanadillas, y del Bitter Kas que me tomaba con él, entre baño y baño, en uno de los momentos más felices del día, antes de volver a casa cargados con la sombrilla, las sillas, la barca inflable y la bolsa con la crema solar, las gafas de bucear, las palas y la petanca, que si bien usábamos solo en contadas ocasiones, todos los días nos acompañaban a la playa, por si acaso. Y al llegar a casa, tras atravesar las dunas del desierto del Gobi, otro aperitivo, de mejillones sobre patatas de bolsa, muy al estilo murciano, con otro Bitter Kas que nunca faltaba en casa. Y la ducha por turnos, porque no había piscina para quitarte la arena y la sal aunque, de cualquier modo, siempre acabasen en la cama, por una extraña traslación espacio tiempo. 

 

Hay muchas de aquellas cosas que hoy siguen sucediendo y, si bien los tiempos ya no son los que eran, en la playa puedo tener la sensación de que las cosas no cambian, al menos las positivas. Y llegar al sur, a reencontrarme con mi pasado, con mi presente, con mi gente, con mi patria del corazón, esa que no te abandona por muy lejos que estés. Cuando vuelvo a escuchar a Modestia Aparte, banda sonora de nuestra juventud, con tantas y tantas canciones que me traen el verano cuando las oigo, a Danza invisible y su “Reina del Caribe”, a Loquillo con su “Cádillac solitario”, a Hombres G y su “Huellas en la bajamar”, que siempre me traen de vuelta a los que ya no están y deberían estar, a Meme, a Rogelio, a los que nos dejaron por el camino, siento que hay cosas que no se han corrompido, que no se han ensuciado, que no se han perdido, y me juro a mí mismo, cuando subo al coche camino del sur, que voy a ser feliz cada minuto, y que voy a intentar que los míos también lo sean, en esa oportunidad que nos da la vida de mudar la piel, de dejarla en Madrid, si bien año tras año suelo fracasar en el empeño, por que los problemas y la mala leche se las arreglan para esconderse en la maleta y venirse con nosotros. 

 

Aún así, en un par de días, pondré Dios mediante, nuevamente, rumbo a la felicidad, o al menos a la promesa de ella, aunque este año ya no estén mis padres, ansiosos por vernos llegar, esperando en la calle para tomarnos nuestra paella en el Pony. Quizá, aún así, los encuentre en Campoamor, el lugar donde fueron más felices, acompañando al puerto a los niños que fuimos , o tomando el aperitivo con los adolescentes que éramos, en los días más brillantes y felices de su vida, demostrando que la muerte no siempre gana, aunque así nos lo quiera hacer creer. 

 “He desechado la idea, de escribir sin la marea. Tumbado en la arena, rodeado de maletas, mirando al mar azul, deseando que allí esté tu”. (“El sur”. Modestia Aparte). 

 

@elvillano1970 

Julio Moreno Lopez

Nací en Madrid en el año 1970. Aunque mi título universitario indica que soy ingeniero informático por la Universidad Pontificia de Salamanca, nunca ejercí como tal. Enamorado del mundo del periodismo y de la literatura, colaboro en diversos medios escritos y en alguna que otra emisora de radio. Ahora, miembro de este proyecto tan bonito de La Paseata. Además, soy autor del libro “Errores y faltas” Y del blog del mismo nombre. En Twitter @elvillano1970.

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