Paseos de noviembre. Por Diego Pardos 

Paseos de noviembre.

«Por la mañana, en el cementerio, me habían empujado las prisas; el sol en lo alto, el suelo humedecido y como de tempero, la soledad del camposanto…»

 A lo lejos, emborronando levemente el lienzo gris del atardecer estaban pintadas como a paleta las manchas nubes. Tan imperfectas, tan lucidas al humano modo que me parecieron obra de un pintor; creí ver en ellas parte del foro o el lejano escenario de un teatro: tan pegadas parecían por un niño en sus juegos de dibujo. 

 

A la vuelta de mi paseo, ya nocturno o casi: el quejido, o el cantar de las grullas que regresan a los humedales, a los nichos templados y seguros de un lugar de Aragón. Arrancando el tardío paseo (solitario, moroso, ya fresco) alcancé a ver pasar un camión que transportaba en su lomo un pequeño tractor. Me pareció una metáfora, la imagen de la desolación en estas tierras de la España interior, de la España en barbecho. 

 

Por la mañana, en el cementerio, me habían empujado las prisas; el sol en lo alto, el suelo humedecido y como de tempero, la soledad del camposanto… Iba a salir, pero ¿a qué tanta prisa?, ¿no merecían los muertos unos minutos  más? ¿Era cualquier otra tarea más trascendente que permanecer, siquiera por unos minutos, en la futura casa, que será la definitiva y en donde no habrá premura y sí eternidad? Son momentos de calma e introspección. Por eso, qué distintos y qué diferentes los atardeceres de estos días de difuntos a los estivales, ligados a la voluptuosidad y al abandono. 

Paseos de noviembre por Castilla. Fotografía del autor

El paseo campestre reconforta, y el andante lector o escritor a ratos, se ve sorprendido en su ignorancia (porque quisiera ser botánico unas veces, otra entomólogo). Aquí hay una mata; allá una hierba; más a lo lejos ese árbol; una lágrima descubierta en lontananza. Jaras, matorrales, chopos, oscuros girasoles… el caminante sigue su paseo con la única certeza de columbrar el hilo de plata de una laguna, y de seguir tras sus avisos las saetas desordenadas en vuelo de las grullas. Ranas en la escorrentía de las cunetas anegadas y setas en los campos de labranza, encharcados, a la espera de una imposible cosecha de las pipas o de la siembra de cereal. 

 

Aún tenemos tiempo de entrar en Castilla y encargar cabrito y rabo de toro y comer con calma (no tenemos prisa) y volver a casa de atardecida, entrando en el pueblo con el rumor de las aves y el olor de las primeras chimeneas.  Apuramos los últimos días antes de los hielos; luego el invierno será largo y perezosa la primavera. Cuando se marchen las grullas quedarán todavía muchas jornadas de frío por estos lugaricos. Y no sabemos, en cada uno de nosotros, si serán también muchos años los venideros hasta el postrer acabamiento en una muerte cierta. 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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