
«Estamos aún en el mes de noviembre y puede parecer que me anticipo, pero es por el bien de ustedes, estimados lectores»
Estamos aún en el mes de noviembre y puede parecer que me anticipo, pero es por el bien de ustedes, estimados lectores. Pues ahora se acercan esas fechas tan señaladas, y no me refiero a las de Navidad, de honda tradición española, ni a la celebración del solsticio de invierno (solsticie, que diría la señora Irene Montero), término entre pagano y cursi. No me refiero, ya les digo, a estos días tan entrañables que parecen no tener fin, pues ya están los preparativos funcionando meses antes en calles y tiendas, ya están los turrones a la venta y las luces colgadas. Ahora que se acuerdan las cenas y comidas de empresa he de ponerles en guardia, he de advertirles seriamente de la gran estafa que puede esconderse tras ese pomposo lenguaje con que se redactan las cartas de los más reconocidos restoranes de la piel de toro. Desconfíen ustedes de esos menús que nos cuestan medio riñón y parte de un ojo, más el impuesto correspondiente a beneficio de la señora Montero, doña María Jesús.
Un día cualquiera, por mucho menos, en nuestro figón o taberna de confianza podremos comer por un módico precio unas chuletas de ternasco de Aragón o una paletilla de cabrito (de la cría de la cabra, no me vayan a entender mal). No dejen de saborear un lomo de bacalao al Orio, que se hace muy bueno en Gijón, y disfruten de la cuajada o del tocino de cielo. Huyan pues de esas excentricidades que les hablan de lingotes de pato con chutney de frutos rojos; desechen el envoltini de calabacín y las gambas al suquet (excepción hecha, como es natural, de la clase sindicalista); no hagan caso del helado al gin-tonic de la India servido al cuenco. Si el surtido es de panes, mal; si el agua es mineral la venderán como artículo de lujo; si la bodega es elección del sumiller, beberán ustedes cualquier vino barato embotellado en caros vidrios etiquetados en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre.
No es preciso gastar mucho dinero. Quienes tenemos el bolsillo lleno de telarañas, como en los tebeos, podremos optar siempre por una sabrosa tortilla de patata (sin cebolla, ojo) con el único aliciente de una alegría riojana (y no me refiero, aunque me caiga muy bien, a doña Cuca Gamarra). Unas morcillas con piñones de Monreal del Campo, provincia de Teruel, serán suficiente complemento antes de disfrutar de las natillas y el café. O de pedir “helado, flan, piña, melocotón en almíbar, queso, membrillo o fruta del tiempo”, clásicos de los ochenta que nos ofrecía el atento camarero de El Sauce, el bar de carretera de El Crack, tras la intentona golpista perpetrada por Vareta y su compinche. El atraco, es bien sabido, acabó mal para los dos macarras. En cuanto a los licores, seamos también austeros: un chorro de Fundador, un moscatel o una copita de pacharán de aranes será suficiente. Nada de cavas o champanes, pues esas burbujeantes bebidas casan mal con el carácter mesetario o celtíbero.
Mi buen amigo Genaro está encantado, sin embargo, con estas cenas de empresa. Y es del parecer de que uno se encuentra como si dijéramos en el extranjero a la hora de leer el papelito, pero en estos casos con la ventaja -me asegura- de no tener que elegir haciendo el ridículo ante un mesonero que seguramente sea de Aranda de Duero. Ha descubierto, además, un truco para no pasar hambre: elige un sitio al lado de esa compañera de trabajo que es vegana, vegetariana o florista y que no prueba bocado, de modo que siempre se lleva al paladar algo más de la cuenta. El pasado diciembre se zampó, como quien no quiere la cosa, tres bloques de foie gras sobre lecho templado de meloni y el plato entero de croquetas líquidas con pantus, que eran inicialmente para compartir. Así que me asegura que este año volverá a compartir mesa con esas mujeres tan rentables como gastronómicamente desconfiadas.
Por mi parte, ¿qué les voy a decir ya? Conocen mi opinión. Vayan si quieren a esa reunión de Navidad, pero tengan en cuenta todo lo anterior. Si son periodistas y piensan asistir a la cena de la Asociación de Cronistas Parlamentarios (APP) procuren la cercanía de doña Jone Belarra o Cayetana Álvarez de Toledo. Y eviten -ocioso será advertirlo- la mesa de don José Luis Ábalos Meco si desean comer en abundancia. A no ser, claro está, que lo que prefieran sea pasar una noche divertida en compañía del exministro.
