La jaula. Por Manuel Sanz Real

La jaula. Foto de Johanes Plenio

«Accedí a la planta superior por unas desvencijadas escaleras. El eco, al pisar la madera, resonaba como si alguien viniera detrás de mí»

La pastosa boca me impedía tragar algo de saliva para consolar mi avidez por ingerir algún líquido. En un ataque de desesperación, comencé a restregar esa acartonada lengua contra el frio suelo lamiéndolo con ansiedad, buscando alivio a mi tormentosa sed. La debilidad me sumergía en un sopor que proyectaba todos los recuerdos que me habían llevado hasta ese lugar. 

Siempre me había gustado la exploración de lugares abandonados para fotografiarlos e imaginar la vida que allí se hacía y, detenerme en el tiempo. 

Aquella casa solitaria me llamaba mucho la atención. Alejada de toda civilización, en medio de la nada, donde la naturaleza iba tragándola poco a poco recuperando lo que algún día le perteneció. Una tarde, armado con mi cámara fotográfica y varias linternas me dispuse a inspeccionarla. 

Conforme iba llegando, los árboles parecían apartarse para dejarme paso. Y allí, emergiendo de la nada, se alzaba mi sueño, mi desafío. Permanecí un rato observándola dando varias vueltas a su alrededor, buscando algún posible acceso, ya que todas las ventanas y puertas exteriores estaban tapiadas para evitar la ocupación.  

Casi pegado al suelo descubrí un pequeño hueco formado por unos ladrillos rotos. Reptando como una lagartija conseguí introducirme. La casa constaba de dos plantas, unas estrechas escaleras de madera conducían al ático. El fuerte olor a moho invadía toda la estancia, lo que hacía que la respiración fuera opresiva. El foco de la linterna hacía que una sombra permanente en las paredes siguiera mis pasos. 

Accedí a la planta superior por unas desvencijadas escaleras. El eco, al pisar la madera, resonaba como si alguien viniera detrás de mí. Con mirada periférica, guiado por el haz de la linterna, pude ver en un rincón varios cestos de mimbre tirados. Las telas de araña se enredaban por todos los sitios. A los pies de un baúl, encontré una fotografía en blanco y negro de una joven pareja, tomándola en mis manos pude ver una dedicatoria, que por la ortografía mostraba haber pertenecido a alguien de escasa cultura. En el suelo, muy cerca del baúl, se extendía un pequeño agujero con el cañizo roto, dejando ver gran parte de la planta inferior.  

Aquella oscuridad que me envolvía con su siniestro manto, sin embargo, me producía una sensación de paz. Me senté con tranquilidad a disfrutar de aquel momento.  

Unos golpes secos acompañados de un griterío ensordecedor me sobresaltaron. Con sigilo me acerque a mirar por el agujero del suelo.  

Eran cuatro hombres que, tras alumbrarse con unas velas, no paraban de increpar e insultar a uno de ellos. El cabecilla, un tipo flacucho y desgreñado, con ojos hundidos en unas negras cuencas le descerrajó un tiro, ordenando a los otros que no le tocaran mientras comentaba con una risa cavernosa: “aquí no encontrarán su cadáver”.  

De sendas bolsas extrajeron fajos de billetes, haciendo varios montones los introdujeron en un armario empotrado de uno de los muros. Pasadas unas horas abandonaron la casa gruñendo como animales enloquecidos. ¡Al fin pude respirar aliviado en medio de tanta locura! 

Unos golpes de pala rechinaron al rozar el suelo y me congelaron la sangre, al ver que estaban sellando con cemento la única salida de la casa.  

  

(© 2024 Manuel Sanz Real) 

Manuel Sanz Real

Nací en Madrid, en 1958. Mi vida profesional ha transcurrido mayoritariamente en la Administración Pública. He cursado diversos estudios de Derecho Tributario y Asesoría Fiscal. Mi afición por la escritura ha estado siempre latente, escribiendo de forma amateur y realizando diversos cursos tales como: “Creación del personaje en la novela”, “Un relato de terror contemporáneo”, etc. impartidos por el profesorado del Taller de escritura Fuentetaja, convocados por “El Portal del Lector de la Comunidad de Madrid.

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