
«La palabra honor está en desuso, nadie da un duro por ella, y hasta su defensa puede ser puesta en tela de juicio, por la autoridad policial»
Cuando yo hice la “mili” aquí en Madrid en el ejercito del aire, en el Ministerio, primero estuve de jardinero, recogiendo con un pincho las hojas caídas en otoño en los jardines y solo más tarde, cuando Franco enfermó, pasé a formar parte de la policía militar interna del organismo. Esto fue de la noche a la mañana, hacían falta soldados para redoblar las guardias. Hice ciento sesenta y seis de estas en un año, que aún así, a algunos le parecían pocas.
Afortunadamente un general cuyo nombre no recuerdo, dio la orden de que los del reemplazo, dos de mil novecientos setenta y cinco, nos licenciáramos con un año justo de servicio. Recuerdo una anécdota que ocurrió uno de los días anteriores a aquel hecho significativo, un grupo salió del Ministerio vestidos con el traje azul de paseo. Estaban en un bar, cuando un imbécil empezó a meterse con ellos, porque decía que iban vestidos de romano. A uno de los soldados aquello no le hizo ninguna gracia y le dijo que se metiera en sus asuntos, a lo que el propio respondió con un escupitajo sobre el uniforme. El puñetazo que se llevó el imbécil por parte del soldado fue de antología de los puñetazos. Cayó al suelo redondo y estuvo un par de minutos recuperándose del mamporro.
Como el insultado era un buen soldado fue a denunciarse a sí mismo al regreso al cuartel y miren por dónde la noticia llegó al general, no recuerdo cuál era entonces, pero para sorpresa de todos, ese soldado fue recompensado con un galón de cabo y una semana de permiso, por haber defendido el honor del cuerpo. Esto que parece lo lógico, imagino que hoy en día no se habría producido, ni la defensa del honor de la institución, ni por supuesto el reconocimiento y permiso posteriores y es que España, y lo siento, porque yo voté esta democracia que tenemos, ha ido perdiendo seriedad, orden, justicia y honor a raudales con los años.
Parece que la palabra honor está en desuso, nadie da un duro por ella, hasta el propio orgullo defendido por uno mismo, puede ser puesto en tela de juicio, por la autoridad policial. No es nada raro cuando vemos en las alturas a personajes políticos que ponen en entredicho la formalidad, responsabilidad y buenas formas de actuar. Políticos a los que incluso robar, hacer de su capa un sayo o cualquier otro tipo de despropósito parece resbalarles y no importarles nada de nada, por no poner “una mierda” que al final pongo, porque no se puede definir de otro modo.
Parece como si los españoles fuéramos de una pasta especial y quisiéramos tener razón siempre, pasando por encima de los derechos de los demás. Muchos lo consiguen, porque la leyes penales no son tan coercitivas como debieran serlo. Ya ni cuento lo de los homicidios y asesinatos, como mucho, creo que he oído que tan solo se pueden cumplir doce años de pena en la cárcel, aunque se diga que la pena es a perpetua. Dicen que nadie merece perder la vida sin posibilidad de insertarse de nuevo en la sociedad, pero me da a mi en la nariz que, no todo el mundo es nuevamente insertable, hay quienes no lo son.
No entiendo esta forma de legislar, puede que haya ocasiones en que las penas máximas sean demasiado para el delito cometido, pero hay otras ocasiones en que desde luego rebajarlas es peligroso y penoso, porque debieran por la gravedad del hecho, ¡un asesinato! cumplirse integras. Y es por todo esto por lo que empezaba diciendo que recordaba una anécdota que ocurrió aquellos días anteriores a la entrega de la cartilla y la licencia. Un grupo salió del Ministerio vestidos con el traje azul de paseo. Estaban en un bar, cuando un imbécil empezó a meterse con ellos. A uno de los soldados aquello no le hizo ninguna gracia y le dijo que se metiera en sus asuntos, a lo que el propio respondió con un escupitajo sobre el uniforme. El puñetazo que se llevó el imbécil por parte del soldado fue de antología de los puñetazos. Cayó al suelo redondo y estuvo un par de minutos recuperándose del mamporro. Como el insultado era un buen soldado fue a denunciarse a sí mismo al regreso al cuartel y mira por dónde la noticia llegó al general, no recuerdo cuál era entonces, pero para sorpresa de todos, ese soldado fue recompensado con un galón de cabo y una semana de permiso, por haber defendido el honor del cuerpo. Si alguien hoy día, defendiendo su honor o a los suyos, propina un puñetazo semejante, acaba en el juzgado de guardia y es que España evoluciona de esta rara manera

