
“Habrá también que saltar a la pata coja, habrá que coleccionar cromos de Nigeria. No todo va a ser follar”. (“No todo va a ser follar”. Javier Krahe).
Es curioso, pero a medida que voy madurando, en el sentido puramente físico, del otro mejor ni hablar, voy primando ciertas cosas que antes o me eran indiferentes o estaban en un segundo o tercer plano. Cosas sencillas, tales como llegar a casa en un día invernal e infernal y ponerme mi pijama de algodón y mis zapatillas de felpa, son ahora primordiales para mi bienestar, cuando hace tan solo unos pocos años, que han pasado en un abrir y cerrar de ojos, mi pobre madre, Dios la tenga en su gloria, había convertido en mantra el “ponte las zapatillas”, porque yo iba descalzo por la casa hasta en invierno, incluso en la cocina, con su suelo de baldosas de gres porcelánico.
Ahora ya no se ponen esos suelos. Ayer, sin ir más lejos, estuve viendo en Instagram, en uno de esos videos tutoriales maravillosos, que lo mismo te enseñan a freír un huevo sin que se rompa la yema que a sacar un tornillo oxidado y descabezado, que ahora la gente se hace su suelo original y exclusivo con resina epoxi. Está bien, porque con la debida imaginación y los productos necesarios, puedes hacerte en el suelo de la cocina la constelación de Andrómeda, el gran cañón de Colorado o un retrato de Camarón de la Isla.
Incluso hay gente que la aplica transparente y mete cosas debajo, que quedan momificadas para la historia, como el dedo incorrupto de Santa Teresa; cosas tales como el primer diente de leche que se le cayó al niño, el primer chupete o la piel del prepucio de la circuncisión. Lo malo en este caso es que si tienes gato, no deja de lamer el suelo en busca de tan preciado aperitivo, pensando, seguramente, que es el final del chorizo. Bien mirado, tampoco está tan mal. Si distribuyes bien según qué cosas, te puedes ahorrar la Roomba, pero igual se te intoxica el gato y te lo gastas en veterinarios.
Volviendo al tema original, el de la madurez, he llegado a la conclusión de que, como ya he dicho, solo existe la física. La mental, la intelectual, va al revés, como Benjamin Button, y en lugar de evolucionar, a partir de una cierta edad, involucionamos. Es cierto. No sé si a ustedes les ocurrirá, pero yo soy cada vez más raro, cada vez más maniático y cada vez más tonto. A veces, incluso, cuando me miro al espejo me lo digo a mi mismo, “pero que tonto eres, chico”. Será porque no aprendo, por falta de capacidad o falta de ganas; porque no quiero aprender, vamos. Además, me importa un pito. Lo bueno que tienen los años, es que no ves las cosas de cerca, pero ves a los gilipollas de lejos. Será por eso que cada vez me molesta más la gente en general.
“Eres elegante y guapo por no hablar de tu talento. Un líder innato, un capo, un auténtico portento. Triunfan todas tus ideas, en cuanto las desarrollas. Es una pena que seas, supergilipollas”. (“Supergilipollas”. Un Pingüino en mi ascensor).
El talento de los músicos para expresar, con dos frases, verdades que a Aristóteles, por ejemplo, le llevaban un tratado, es fascinante. Ayer mismo, sin ir más lejos, en uno de esos regalos que, últimamente, me hace el genio de la lámpara, tuve la invalorable oportunidad de sentarme a hablar de música y de otras muchas cosas con Pablo Carbonell. Pablo es, sin duda, una mente preclara, un niño disfrazado de adulto hasta que sonríe y le cazas. Y como sonríe todo el tiempo, el disfraz se va al garete. Y me dijo, entre otras muchas sentencias inapelables, que a él le gustan los árboles de su jardín más que las personas. Bueno, puede que no con esas palabras, pero el fondo fue ese, sin lugar a dudas.
En mi caso, es peor, y he llegado a la conclusión de que lo único que me impide ser yo mismo es el código penal. Ya me entienden. Y si no me entienden, me la sopla. Haber estudiado.
“Dicen que llovieron más de mil diluvios, para nosotros fueron dos chupitos. Pueden caernos rayos y tormentas, que la artrosis apenas nos afecta. Pasan los años y el coraje sigue intacto, con el erario hemos firmado un pacto. Siempre viviremos en el Rock´n roll, si no olvidamos tomar Omeprazol. Y a pesar de los achaques nuestra alma es inmortal. Si preparas un potaje no le pongas mucha sal”. (“Rock´n Tos”. Los Toreros Muertos).
Después de todo, al final ¿Qué es lo que queremos?. Yo, por mi parte, que no me toquen mucho los huevos, al menos en su afección figurada. Aunque, en la física, tampoco se puede decir que vayamos muy bien. Pero otra de las ventajas de la madurez es que uno, yo por lo menos, deja de interesarse por el sexo; cuanto menos, ya no es un tema prioritario. Como decía un amigo mío, sabio de los de la universidad de la vida, “los mejores polvos, los de soltero. Las mejores pajas, las de casado”. A fin de cuentas, Dios nos ha dotado de dos manos, para que si discutimos con la derecha, nos quede la izquierda, cosa que no es posible en el caso de tu mujer, a no ser que seas musulmán, y tengas varias.
Así pues, llego a la conclusión de que la madurez aporta más ventajas que inconvenientes, con la única pega de que, seguramente, cuando más felices nos sintamos, nos iremos al rinchi, para siempre jamás.
“Hijo mío, la vida es muy larga, pero se pasa muy rápido”. (Julián Moreno, artesano joyero y sabio).
Por eso, si me aceptan el consejo, gocen de la vida. Si a ustedes les gusta, no sé, coleccionar sellos de Nigeria, como decía el bueno de Krahe, pues a ello. Pero eso sí, coleccionen los mejores. Y si hay que ir a Nigeria, pues se va. Más cara es una mortaja.
Ya saben, la vida tiene muchas cosas que ofrecer. No todo va a ser follar.
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