De burras cojas y líderes astutos: el verdadero motor del poder. Por Rodolfo Arévalo

De burras cojas y líderes astutos

«Claro que no todo el mundo vale para mentir, trolear y engañar a los demás; para ello hay que tener tripas»

No sé por qué, a los individuos en la actualidad nos da por querer figurar, ser algo más que un simple ser humano entre los demás; cuanto más importantes, mejor. No sé si esto ha sido igual a lo largo de toda la historia humana o se ha ido agudizando en los últimos años. Pienso que siempre ha sido así, porque los seres humanos, por muy inocentes que seamos, sabemos que estar en la cúpula otorga beneficios que, de otra manera, no tendríamos.

Da igual en qué se trabaje, se vaguee o se delinca; el caso es hacerlo más y mejor que los demás. ¿Será por esto por lo que los seres humanos han evolucionado tanto? La competitividad, que tanto desdeñan los que detentan teorías socialistas y, más aún, comunistas, es el único motor —ese egoísta— que permite que las sociedades y los individuos avancen en sus vidas. No podría afirmar que este sea el único camino, pero en principio lo parece. No podría afirmar ni que sí ni que no, pero no me extrañaría que fuera así.

Cuando un ser humano decide hacer algo y se ve rodeado de competidores, sabe que, o lo hace —lo que sea— mejor que todos los demás, o está condenado a pasar sin pena ni gloria por este mundo. Esto se nota mucho entre las personas que ejercen la política, pero ocurre lo mismo en cualquier campo de la vida. Para hacer esto, que parece fácil, hay que valer. No es fácil relacionarse con los demás cuando se trata de que el valorado seas tú. Hay que tener un ego muy subido y una capacidad de engaño lo suficientemente desarrollada como para que los que te rodean no lo noten, al menos hasta que tu ascenso sea irremediable.

También puedes atraer a la gente prometiendo que, si tú subes, ellos lo harán contigo. No obstante, todo esto solo se puede llevar a cabo si tienes mucho don de gentes. Siempre me pareció raro, pero la mejor herramienta de un político es la capacidad de convencer a los que le rodean de que, si ellos te apoyan, tú mismo te verás apoyado y aupado por ellos. Por supuesto, lo que menos importa es lo que les vendas. Puedes vender burras grandes o pequeñas, pero burras tienen que parecer.

Estas burras que vendes pueden ser, en muchos casos, un engaño: pueden estar cojas, muy viejas o enfermas, pero da igual. Deben servir estas burras cojas de astucias para convencer e incluso machacar al amigo en el ascenso. No lo puedes dejar de lado a priori, pero si quieres llegar al Olimpo del Estado o, incluso, siendo más modesto, aspirar a un puesto en el famoso “hemicirco” parlamentario, sí debes tirar de alguno. Pero solamente si te va a servir en el futuro; luego tendrás que dejarlo caer si no te sirve.

Este es un juego que se desarrolla ante nuestros ojos día a día, y nos lo tragamos calladitos, sabiendo que nos cabalgan sobre monturas de muy poco valor, salvo excepciones. Claro que no todo el mundo vale para mentir, trolear y engañar a los demás; para ello hay que tener tripas. En política hay que tener conocidos que, tratando de subir contigo, te apoyen, mientras ellos intentan que tu apoyo sea mayor hacia ellos que el suyo hacia ti. Es un juego bastante complicado.

Y luego debes convencer a los demás de que, por tu inteligencia y agudeza en la escalada, eres merecedor de ser el guía, el famoso macho alfa de la manada política. Ese macho alfa que, en el origen de las civilizaciones, era la figura del mumi, el conseguidor de bienes para organizar fiestas en las cuales repartir cantidades ingentes de comida, más por conseguir el favor de los asistentes que por agasajarlos.

Hay excepciones, pero son contadas. Aunque, si nos fijamos bien, estos individuos se esconden más entre los partidos de izquierdas que en los de derechas, generalmente porque en estos últimos hay individuos, si no más inteligentes, sí más sinceros. La gente que te dice “no se puede” suele estar en los de la derecha. Ya sabemos que las izquierdas lo pueden todo: solo tienen que movilizar a las bases a la calle para que parezca que tienen razón.

Es por todo esto por lo que comenzaba diciendo que no sé por qué, a los individuos en la actualidad, nos da por querer figurar, ser algo más que un simple ser humano entre los demás; cuanto más importantes, mejor. No sé si esto ha sido igual a lo largo de toda la historia humana o se ha ido agudizando en los últimos años. Pienso que siempre ha sido así, porque los seres humanos, por muy inocentes que seamos, sabemos que estar en la cúpula otorga beneficios que, de otra manera, no tendríamos.

Rodolfo Arévalo

Nací en Marsella ( Francia ) en 1954. Viví en diversos países debido a los destinos que tuvo mi padre ( diplomático ). Estudié en colegios franceses hasta la edad de 12 años. Estudié bachillerato y COU en el colegio Nuestra Señora del Pilar de Madrid. Estudié música en el Real conservatorio de música de Madrid, formé parte y pertenecí a varios grupos musicales entre ellos “ Los Lobos “. Creé varios grupos musicales de Pop Rock. Toco el bajo y compongo canciones, música y letra. Estudié Fotografía general y publicitaria, diplomatura (dos años) de cinematografía e Imagen y sonido equivalente a Técnico Superior de Imagen y Sonido. Soy socio Numerario de la SGAE desde el 1978. Pertenezco a la Academia de Televisión. Soy un gran lector de libros de ensayo, divulgación y de vez en cuando novela. En el año 1985 Ingresé por concurso oposición a TVE. Fui ayudante de realización y realizador. En el año 2009 me pre jubilaron muy a mi pesar. En la actualidad estudio programas de tratamiento de imagen. He escrito varios guiones de cortometraje y realizado el que se llamó “ Incomunicado “, tengo otros en proyecto. Soy muy crítico conmigo mismo y con lo que me rodea. Soy autor de las novelas “El Bosque de Euxido” y "Esclavo Siglo XXI publicadas en Ediciones Atlantis. También me gusta escribir prosa poética. Me he propuesto seguir escribiendo novela.

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